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lunes, 9 de diciembre de 2013

La confusión del niño grande

Cuando vi que asomaste tu curiosidad y mencionaste uno de mis juguetes, emocionado niño tratando de tener un amigo nuevo, corrí a traerte todo lo que tenía, me movía como loco, llenándote las manos con juguetes iguales al que viste u otros que creía que te podían gustar. Y tengo tantos que no te caben en las manos y como te los traigo todos al mismo tiempo,  con ninguno puedes jugar. Y mi entusiasmo te abruma y la emoción me embarga. Y con una sonrisa me dejas saber que te vas justo cuando había construido un juguete para ti.

Así es mi corazón, es un niño tonto y ocioso, tonto y apurado. Un bobo que persigue mariposas de mentira, que sonríe corriendo con las manos hacia el cielo y que no mira esta tierra maldita llena de piedras y baches.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La última carta que te escribí

Me has regalado ya muchos calendarios donde están marcadas cada vez más lejos las fechas de aquellos días que junto a ti parecían feriados.  Y voy a confesarte algo: me gustas. Sé que quizá es un poco tarde, y no porque hoy cumplo treinta, sino porque te casas y decidiste invitarme.

Mientras me anudaba la corbata pensaba en qué me estaba metiendo. Voy a ahogarme con la pena, sé que la impotencia en mi contra me tomará el cogote gritándome ¡por qué carajos la dejaste, mírala, hermosa ahí, mírala! Y yo sonreiré mientras tú le regalas esa hermosa sonrisa a otro, mientras dices sí y mis entrañas griten no.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Arrepentirse toma tiempo

Hay veces en los que nos apuramos tanto porque algo suceda y empeñados empujamos y pedimos y lloramos y jodemos y matamos y amamos. Y es solo un instante, un simple instante y cuando pasa, el recuerdo no vale acaso la pena, no vale la espera. Un instante, uno pequeñito, pequeñito.

A veces nos desesperamos y exigimos y retamos. Y pasa que las cosas terminan sucediendo a su debido tiempo que, rayos, quién sabe cuándo sea, pero será. Y seguimos nosotros dale que dale… Asfixiados por nuestra propia premura cortamos ataduras, rompemos promesas, nos alejamos y justificamos nuestro enojo con nuestra propia escala del tiempo y luego vemos, apesadumbrados, que sucede eso por lo que peleamos ahora estando nosotros lejos. Las rutas que toma la vida ¿quién las sabe?

miércoles, 30 de octubre de 2013

Las verdades de las mentiras

 
-Ok. Dejemos las caretas, Paul- me dijo, seria.
Yo terminé de tomar el agua de maracuyá helado sin apurarme, mientras que en mi cabeza iba terminando de cuadrar bien la excusa. Lentamente, regresé el vaso a la mesa, pasé despacio la bebida y le miré esos ojos café tan lindos que tiene.
-¿Cómo? ¿Por qué estás tan seria?- Sonreí estúpidamente con esos gestos del que se desentiende sabiendo de qué le hablas.
Me miró con el gesto de quien sabe             que intentas desentenderte.
-¿Qué más va a ser? Quiero que me cuentes en qué lío estás metido ahora.
-¿En líos? ¿Yo?

En esos días en que el sol ahuyenta todas las nubes y el cielo es azul-azul, nunca te puedes imaginar que todo termine mal. De hecho, yo siempre que despierto con el sol en la ventana, me levanto convencido de que todo va ir bien.
-¿Qué es todo eso que está en los periódicos?
-Mentiras- mentí.
-Te quiero creer, Paul. Pero, tiene mucha información sobre ti, sobre tu amigo, sobre todo este asesinato.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Tu aroma tatuado en mis dedos

Con mi dedo imitaré un lápiz y dibujaré, temblando, la cartografía de tu cuerpo. Y tu ombligo cederá a la tentación de cinco navegantes que se lanzan a la aventura por un oasis en el desierto.

Quiero llenar el centro de tu cuerpo con un charquito de pasión y soplarle, hacerle viento e imaginarme navegando un velero con tu nombre como inscripción. Te pido disculpas por mi atrevimiento, pero es que quiero tatuado el aroma de tu vientre en mis dedos.

viernes, 4 de octubre de 2013

La bicicleta roja de mi hermano

Hoy me siento de ganas de contar algo que nunca le conté a nadie. No sé si es porque dejó de ser relevante en algún momento o si por el contrario, me sentí tan culpable que mi mente lo bloqueó. Recuerdo que fue una tarde del 97. Yo había salido del colegio, ya había almorzado, marmoteba en la cama, cuando me cruzó por la mente salir a manejar bicicleta. La mía ya estaba estropeada, me la habían regalado cuando tenía siete años.

La de Raúl estaba allí, disponible, alcanzable. No tenía por qué enterarse él, al fin de cuentas, a esas horas debía estar en el colegio. Le bajé el asiento lo más que se podía para poder alcanzar los pedales y salí a la calle. Siempre manejaba frente a mi casa, no pasaban muchos carros así que no era difícil. Cuando volví a pasar la fachada, vi que salía de su casa una vecina que me llevaba dos años. Iba de camino a ver a su mamá en el centro comercial Fiori, a unos diez minutos. De hecho, lo más lejos que habría ido solo y en bici.

Me ofrecí a llevarla y me sentí un galán, un galán de diez años. La dejé, me agradeció y di media vuelta, un poco intranquilo porque mamá se fuera a preocupar. De regreso, pasé junto a un carro estacionado con el capó delantero del carro levantado. Una señora gorda, con una bolsa de mercado en el brazo me hizo la parada, me preguntó si podía ir a comprarle esas bolsitas de agua que parecían lejía, que me fuera con la bicicleta que era más rápido así. Yo dudé.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Sé que siempre me perdonas y regresas

 
Tengo cartas sin enviar, cartas con tu dirección. Tengo sentimientos decapitados sin darse cuenta, tengo ganas de no hablar bajito, de no sentir esto que siento, de no escribir textos tristes. No quiero suspirar si no hay una sonrisa luego.

Tengo sobres que tienen tu nombre y que decidí quitar la carta cada vez, pero no me he desecho de ellos, aún me sé tu nombre de memoria. Estoy harto de quitar las palabras exactas del cuento que te escribo, estoy harto de borrar tu nombre y solo escribir ella. Lo siento, no sé qué es lo que quiero. Ahora que puedo tomar cualquier rumbo y ser el mochilero que siempre me molestaba en imaginar, termino tomando el equipaje de mano y salgo a recorrer las calles que conozco.

lunes, 2 de septiembre de 2013

La noche de los rumores ebrios


Ya había bebido yo suficiente como para sentir que la vergüenza no pintaría mi rostro de rojo por cosas que sobrio no diría. O sea, ya era un ebrio sin vergüenza. Tenía todavía un vaso de vidrio lleno de vodka con jugo de naranja. Lo repartían como si quisieran que se acabe. Yo ya no quería, pero sentía que debía tomarlo porque había pagado por eso.

Cuando la vi sentada en el piso junto al jardín, recordé que siempre me pareció guapa y tierna e inocente, además. Se veía tan delicada y tan pequeña. Sorbí un poco más de valor de mi vaso y me senté junto a ella.

Alrededor había algarabía, besos furtivos, parejas reconciliadas, parejas peleadas, ex, futuros ex y muchos, muchos indecisos. Había mucha gente y mucho alcohol, la música sonaba a toda potencia, la gente se hablaba al oído, no hacía frío, y había muchas carcajadas. Ella miraba sus zapatos sentada, acurrada bajo el límite de la única área con techo del lugar. La luz cálida de la bombilla iluminaba su espalda. Su trasero en el suelo y sus pies sobre el jardín.

jueves, 22 de agosto de 2013

Los tres minutos más largos de mi vida (Parte II)

Un minuto y medio. Ya en este punto estaba aterrado. Ya no quería café, ya no sé qué tomaría cuando ella llegara, estaba en blanco. Me puse de pie intempestivamente. Desde la puerta del local, un hombre miró a la mujer que abrazaba y luego me miraron. Fuera había una cola de personas esperando por entrar. Me volví, me senté. El concho de café pasado reposaba en el fondo de una taza blanca. No había mezclado bien mi azúcar.

No sé en qué momento había cruzado los brazos sobre la mesa, ni desde cuándo había apoyado la frente sobre ellos. En cuanto ella golpeó dos veces el vidrio, reviví. Me sonrió, y caminó, mirándome todavía, hacia la puerta. Me senté, acomodé, revisé mi peinado y esperé. Todos los costados del establecimiento son de vidrio así que podía verla en todo momento. No le quitaba la vista de encima, avanzó tranquila y en la puerta no la dejaron pasar.

El problema cuando estás nervioso es que no piensas muy bien, para mí verla en ese aprieto era mi gran oportunidad. Las personas en la cola pensaban que ella quería adelantar el turno y a pesar de que a todas vistas  indicaba que la esperaban dentro, no se lo permitían. Me levanté de la mesa y caminé lo más elegante que pude, sin apurar el paso hasta tocar el hombro del encargado. “Viene conmigo” dije, casi como James Bond. Abrí la puerta, la hice pasar y la pareja que antes me había visto ponerme de pie, se terminaba de acomodar en mi mesa de la que ya habían levantado hasta mi taza blanca sin café en menos de seis segundos. Mi tan esperada mujer y yo no teníamos dónde sentarnos. Volteé verla, desanimado, ella me devuelve una sonrisita con los labios apretados, pone su mano en la parte baja de mi espalda. “Ahora podemos irnos a donde queramos” me dice, yo sonrío.

Cada vez que he pensado en las oportunidades desperdiciadas con ella, me imagino también lo que haría yo hoy siendo como soy ahora. Sería más caballeroso, menos torpe, más amigable, menos inseguro, más arrebatado y menos avergonzado. Pero anoche, fui el mismo de hace siete años cuando fui a despedirla. Me convertí en un niño jugando a ser grande, con un disfraz que le queda inmenso y un torpe ronquido en la voz que se desafinó con cada una de sus sonrisas.

Fue nuevamente otra oportunidad perdida. Llevábamos juntos sesenta segundos y ya no sabía de qué hablar. No soy más que un farsante. Mi semblante me mostraba despreocupado, como si estuviera junto a una amiga cualquiera. Yo parecía solo un cascarón, solo una fotografía. Pero en realidad quería contarle que había querido hacerlo todo con ella: vivir, trabajar, viajar, existir. Quería que nos hubiéramos comprado un chalecito, haber discutido esas cosas tontas que la convivencia te hace conocer.

Hoy que escribo esto con la esperanza de que lo leas, esperando que recuerdes que ayer puede haber sido cualquier día, quiero decirte que adoré que me tomaras del brazo, que posaras por un segundo tu sien en mi hombro, que mi calor pareciera tu calor, que tu sonrisa contagiara la mía, que pudiera soñar andando que lo que vivía era eterno, que no era un sueño sino mi presente.

Es extraño que a pesar de tantos años, todavía con tu sonrisa tan solo, puedas cambiarme el humor. Eso no lo he encontrado, te confesaré (como no lo he hecho), porque no lo he buscado. Es que mi torpe cabeza cree que ya lo encontré, el problema es que aún no lo tengo. El problema es que aún no te tengo.

El perenne afilador del cuchillo

Al final del frío pasadizo, chillaba la piedra. El viento helaba y recorría los laberintos con su humedad, olía a mar y olía a sal, olía a sangre seca, olía a alma guardada y mohosa.

Cuando pasó por segunda vez el hierro de su cuchillo por la yema de su dedo índice ya sabía que el filo se había gastado hacía mucho tiempo, por eso era que la marca que ensayó en la pared de su celda no era tan clara, no era tan profunda. Se impaciento como también lo hizo la última vez que notó eso y la vez anterior. Se arrodilló y contra el suelo irregular  intentó afilar su cuchillo una vez más.

No quería olvidar cuánto tiempo llevaba en esa celda, no quería olvidar cuántas veces había visto esa misma ventana con barrotes, esa misma puerta con llave y con candado, esa misma cama que le parecía que se achicaba cada vez más. Quería marcar en su pared para que no le dieran un día más de esa condena, para no olvidar él mismo, cuánto le faltaba. Con la palma de la mano izquierda ayudaba al envés de la hoja a llevar una ruta uniforme. O al menos, eso intentaba.

Sus zapatos estaban bajo la cama y también su orinal, y su vergüenza estaba tapada junto a su decisión bajo la almohada esperando a que lo visiten en sus sueños.

A veces pensaba que lo habían olvidado allí, que lo habían abandonado a su suerte con la puerta encadenada, pero a pesar de que no recordaba haber visto al carcelero desde hacía mucho tiempo él aún estaba allí. Encarcelado no podría haber vivido tanto, no podría haber sobrevivido solo.

Tampoco recordaba que el cuchillo fuera de él. Quizá siempre estuvo en ese calabozo. Sí, eso debe ser. En ausencia del carcelero, alguna vez intentó romper la cadena, destrozar el candado. ¡De otras cárceles había escapado! Pero siempre que lo intentaba, el cuchillo lo lastimaba, si lo apalancaba, el cuchillo le cortaba, le hacía cada vez más marcas al candado con cada intento pero no lo lograba. No podía. Y enfadado, aventaba el cuchillo hacia la oscuridad, debajo de la cama, a donde fuera, pero siempre dentro de esa barrera que lo contenía.

Cada vez que pensó en deshacerse del cuchillo, cada vez que de la cólera de no poder romper el candado, deseo aventarlo con todas sus fuerzas, no verlo más, terminaba por desistir. No es que no le servía para nada. Le servía para recordarle que en algún momento todo terminaría, que su condena acabaría. Para eso contaba los días. Y para no olvidar cuánto faltaba, necesitaba el cuchillo. Lo necesitaba para marcar. Finalmente, le ayudaría a no pasar ni un solo día más allí, de una u otra forma, finalmente lo podría librar.

jueves, 20 de junio de 2013

Los tres minutos más largos de mi vida (Parte I)

Estando en ese café, miré nuevamente el reloj, otra vez la ventana. Estaba retrasada.

Cuando me dijo que regresaría a mi ciudad, lo primero que pensé es “la quiero ver”. Para mí, desde aquella llamada, ya había regresado. Estaba cerca y caí en cuenta de cuán rápido puede pasar el tiempo cuando piensas que has olvidado. Ya de algún tiempo a esta parte, vengo jugando a ser grande pero ayer en el café me tomaba las rodillas y sonreía como niño.

Cada vez que había escrito sobre ella había sido con un deseo oculto de ser su personaje principal, de ser para ella quien la rescata, pero vamos, nunca he actuado realmente como un héroe y siempre he vivido bajo la sombra de alguien. Sin embargo, esta era mi remisión, esta era mi oportunidad. Ahora sí. Hacía siete años que esperaba su regreso negándomelo, diciendo que ya había pasado todo, que ahora la vería con los ojos llenos de alegría, llenos de esa alegría de ver al compañero, esa alegría de ver al amigo. Pero, mi boca generaba más saliva de la que debería, me mordía los labios, ensayaba la primera frase que diría modulando mil veces la voz y mil veces me parecía infantil o muy fingida o inadecuada. Me había acabado un café. Es cierto que yo llegué demasiado pronto, pero ya ella llevaba retrasada más de cuarenta segundos.

“Llevas casi un minuto de retraso”, no, definitivamente, no es lo más adecuado cuando ves a alguien después de mucho tiempo. Siempre me complico pensando qué se debe decir primero y qué después, sobre qué girará toda la conversación, si tendremos mucho de qué hablar, si miraremos en diferentes lados buscando alguna excusa tonta para mirarnos y sonreír. Pienso siempre si será que no tenemos nada en común, que nos hundiremos en el silencio de la verdad que nos separa. Amigo, otro café.

Voy a admitir que me compré unos zapatos nuevos para esperarla en el café. Y bueno, también un gabán y unos guantes de cuero lo más finos que mi situación me permite. Es cierto que fui a la peluquería hace cinco días porque el cabello recién cortado nunca se ve bien. Desistí de comprar una rosa después de decirme y contradecirme, de juzgar la pertinencia. Concluí que no era lo más adecuado. Pero sentado en ese café, ya no lo sabía. Quizá habría sido un gesto que lograría camuflar como desinteresado. O quizá no. “Deben haber prendido el aire acondicionado” pensé, “tengo demasiado calor”. Me estaba sofocando.

Recuerdo que ella siempre fue menudita, siempre los brazos delgaditos, siempre los ojos astutos pero sin malicia, apretaba sus labios delgados cuando se enfadaba y hacía la boca chiquita, chiquita. Nunca la vi jugar con su cabello o caminar contorneándose, no. Ella tenía una coquetería que para muchos pasaba desapercibida, pero para mí no. Su andar era cadencioso y cuando conversaba siempre sonreía, pero era una sonrisa de soñadora, de aventurera, a veces se sacudía para adelante y para atrás mientras caminaba, como jugando. Me sonreí solo en la cafetería. Sorbí mi bebida, verifiqué en el espejo que estuviera bien peinado. Ya había tomado suficiente café como para que la naturaleza tomara su curso, pero no quería levantarme de ese ventanal que era mi escaparate para ella, que me presentaba para ella, que le decía “mírame, aquí estoy”, no. Nadie debía tener ese lugar, no al menos hasta que me viera. No hasta que ella estuviera conmigo, a mi lado quiero decir. Qué tonto.

No sé si fue casualidad, pero era el día más atiborrado de personas que pudo tener Miraflores en toda su historia. No la encontraba entre la multitud ¿Ella podría verme? El café se llenaba de gente, de amigos, de parejas. “Me puedo llevar esta silla” “no, está ocupada”. Comencé a sentir temor. Ya tenía casi minuto y medio de retraso. Por un momento pensé que comenzaría a pelearme porque no me quitaran la silla ¿sería bueno? Quizá podría llamar su atención, podría ver lo alto y fuerte que me he vuelto. Lo malo es que también podría caer en ridículo porque jamás en mi vida he estado en una pelea de verdad. Nunca he golpeado a nadie. Nunca he recibido un golpe directo en la cara. Ahora que lo pienso es hasta ridículo.

La primera vez que caminamos juntos fue alrededor de un campo de fútbol, en la escuela secundaria. No recuerdo bien sobre qué hablamos, pero recuerdo que fui muy feliz. Al principio anduve despreocupado, las manos en los bolsillos, por momentos la miraba a andar a mi lado y luego miraba la tierra que pisaba, estaba tranquilo. Pero cuando ella sonrió, no, cuando ella rió allí empezó todo esto. Ni siquiera sé cuál fue la estupidez que dije. La oí reír como nunca antes, se tapó la boca, pero le veía los ojos chinitos. Con la otra mano recogía los cabellos que se le caían por la frente por esa cuasiconvulsión. Yo me reía tranquilo, seguían las manos en el bolsillo, pero me detuve frente a ella para verla reír. Y por primera vez la vi. La vi detenidamente, la vi en cámara lenta.

Y sí… me enamoré. Por eso decidí esperarla hasta terminar el café.

Los pasos andados

Qué hago si aún en trozos de texto que escribí antes de conocerte, te reconozco. Si hay siempre una canción para tu recuerdo, si siempre hay un qué habrá sido después de pensar mucho en mis quizás. Ahora hay piso bajo mi cielo, pero ¿es que ya no quiero seguir volando?

¿Hay cuentos que se pueden escribir solo con finales? Hay historias completas con conclusiones a medias, hay personajes que eran felices antes de empezar. Hay esclavos sin amos que los reconozcan y hay libertad cuando tienes en tu bolsillo las llaves de tu cadena que sabes que no te quieres quitar. Hoy la llave me pesa y aunque mi cadena no me aprisiona, me ata a un cuento con guión. Pero extraño mucho las mariposas de la inseguridad, del sorteo, del azar. Improvisar, aprender a caminar al caminar.

¿Por qué si no te gustaban las cuerdas, me recuerda tanto mi guitarra a tu esperanza? Anoche que la acariciaba susurrándome melodías, lloraba ella y la consolaba yo y abrazados dormimos, ella soñando conmigo y yo queriendo vivir despierto un sueño que acabó. Mis deseos de desandar el camino pidiendo recordar mi presente me persigue desde el pasado.

Sé que hay lágrimas en mis manos porque las paredes reflejan lo que he olvidado. Hay una nota escondida tras la pintura que me he empeñado en ocultar a fuerza de obligarme a olvidar. No puedo conversar con tu recuerdo porque me convence.

Ya no tienes nombre. Eres solo un ente indoloro. Te conozco, te conocí, te conoceré. Mi guitarra y otra vez una nota melancólica.

jueves, 18 de abril de 2013

Hoy recordé por qué soy feliz

Yo he regresado al pasado y no logré cambiar nada. Y tantas noches que perdí antes convenciéndome de que si regresaba en algún momento a ese 4 de abril del 92, a esas tarde-noches del 98,  a esa noche de verano del 2004, a esa biblioteca del 2010, lo reharía todo, lo arreglaría todo, si tan solo regresara sabiendo todo lo que sé, ja, por supuesto que lo corregiría y todo iría de maravilla. Anoche regresé en el tiempo y no hice una mierda.

Bueno, principalmente porque cuando estuve allí de regreso justo a donde quería, la sonrisa se me escapaba tanto de la felicidad de por fin actuar como hombre cuando la cobardía me ganó, que sabiendo que el momento es solemne, la cara me ganaba, la sonrisa me gana y ya estaba arruinando el futuro. Porque sucede que en el futuro, por poner un ejemplo, lo que viene a ser este mi presente, recuerdo que fui un pobre y triste estúpido que se rio en ese momento solemne en que tuvo la oportunidad de actuar como el hombre que siempre quise ser en ese momento (y que juro que soy hoy). ¡Maldita sea!

Y es que cuando, ¡zas! te encuentras de pronto allí viviendo en carne propia aquello de lo que solo te quedó el recuerdo, ¡ah! ¡lo quieres hacer todo! Yo quería hacerlo todo, por dónde empezar, lo primero: ¡recuerda, recuerda! ¿Qué va a suceder ahora? Era el colegio, ya, está bien ¿Ahora qué? Ya estoy de vuelta ¡qué hubiera querido corregir en el colegio? ¿Las notas? Eso toma tiempo, estoy en la carpeta, tengo a todos los amigos alrededor, todos somos flacos y tenemos cara de pavos. ¿Qué tenía que hacer? ¡Recuerda!

Volví a cruzar los brazos sobre mi pupitre, generé una oscuridad individual. Estaba junto a la pared, esa pared marrón oscura igual que las mesas individuales que nos había dado el gobierno anterior. Mesas, que dicho sea de paso, juntábamos de a dos. Estaba sentado junto a Oscar que conversaba con el resto de la mancha. Tenía mi pantalón gris rata, mi camisa blanca manga corta. Levanté la cabeza. Si estoy en el colegio, hay algo que ahora sí me atrevería a decir. Me paré.
-¿Qué pasa, señor Medina?- me dijo ‘Pompinchú’, uno de esos tipos sin profesión que se dedican a cuidar que ningún alumno salga del aula, esos tipos que parecen carceleros de los colegios nacionales.
-No, nada.
Casi salgo corriendo a buscarla. Por la ubicación del salón me di cuenta: estábamos en segundo de media. Claro, esta vez no cometeré los mismos errores: no le prestaré mis revistas porno a Coco porque luego me echará con la profesora de Lengua; no me dejaré expulsar por mala conducta (o sea, me portaré bien) y no jalaré los cuatro cursos que jalé (felizmente, Arte no contaba para marzo, sino, repetía el año).

Pero sobre todos los errores, no me callaré. Le diré a ella lo que siento y que sea la de Dios, no viviré con la incertidumbre. Pero, apenas toca el timbre de salida, no me es difícil acercarme a ella, conversarle, recordarle que somos amigos a pesar de que no hablamos mucho. Le ofrezco acompañarla a su casa y comienzo a pensar en nosotros. La veo y reconozco a una púber de apenas trece años. Pienso en mí mismo, en lo que soy hoy y me siento un pedófilo. Y comienzo a pensar en cómo podrá cambiar esto no solo mi vida, sino también la de ella ¡quizá no llegue a ser lo que es hoy! Yo le truncaría quizá ese futuro promisorio que tiene hoy por mucho que la aliente. Quién sabe. Y pienso mucho en los años que me faltan por venir que aún quisiera cambiar y pienso en todo lo que he hecho bien y que no me gustaría que fuese de otra manera y me cojo la cabeza y ella me coge por loco.
-Eres una niña-le digo.
-Soy mayor que tú, recuerdas- me dice – y ya desde hace muchos años.
Y me río como idiota. No recuerdo que me haya hecho alguna vez alguna broma. Me río porque ahora que tengo la oportunidad de cambiar todo lo que hice, que yo siempre juré que si existe, lo haría; no, no puedo hacer nada, porque a pesar de todo, me gusta cómo ha sucedido todo esto.

Cuando me despierto de ese sueño vívido, el sueño más vívido que he tenido, me doy cuenta que pude haberlo cambiado todo y que era posible dentro de la lógica de mi sueño, pero no pude, porque no quise. Así que hoy desperté alegre de que esté donde estoy.

¡Pero acaso podrías decirme que no te gustaría volver al pasado, sabiendo lo que sabes, para hacerlo esta vez, todo bien?

viernes, 12 de abril de 2013

Sí, soy culpable

 Está bien, lo acepto, soy culpable: suelo bromear en el peor momento. Justo cuando alguien más se pone serio (usualmente, seria) conmigo, lo único en que puedo pensar es que lo que acaba de decir es tremenda broma. Y la estupidez se me escapa de los labios en forma de sonrisa. Y hay que ver la que se arma…

Hace un tiempo, muy poco en realidad, fui con mi viejo a la casa del dueño de una de las fábricas para las que mi padre ofrece servicios de electricidad industrial. El tipo es un español buena onda, yo le pongo unos 75 años encima. Es cinta negra en judo, casado con una peruana y amante de plantar cualquier tontería en su jardín.

El día que llegamos a hacer la instalación, nos dimos de cara con un huertito cuyo principal atractivo eran unas delicadas, larguiruchas y verdes hojas de cebollas. El español, a quien mi hermana llama Don Juancito (se refiere mucho a él porque es ella quien realiza las cobranzas de los trabajos de mi padre), nos habló largo rato, orgulloso, de su planta.

Ahora bien, yo no soy de creer eso de que para plantar cosas hay que tener ‘buena mano’, solo hay que ser responsable y dar los cuidados adecuados. Pero, a todas luces y a pesar del esfuerzo en su jardincito fuera de su cuarto, mi padre no logra que crezcan ni los bichos que se alimentan de las hojas.

Don Juancito quería iluminar su huerto, que estaba a la intemperie, para poder enamorar a sus cebollas incluso en la noche. Mi padre lo haría realidad. Uno de los pilares que sostendría uno de los faroles, sin embargo, estaba prácticamente encima del huerto del español. Yo imagino que fue por eso que en una de las veces que mi padre saltó, cayó de lleno sobre las princesas de Don Juancito. Juraría que escuché un  ¡Ay! desde dentro de la casa apenas mi viejo levantó las botas de las plantas y como por arte de magia, el español apareció pero no disgustado, más bien con cara de que se lo veía venir (parecía un poco obvio por cómo estaba dispuesto todo, en fin)

-qué pasó con mis cebollas- pregunta sabiendo la respuesta, estaban magulladas, ya no florecerían, ya no darían frutos y tenía al culpable en frente.
-ellas comenzaron- arguyó mi padre. Y sonrió.
Y yo que por mucho tiempo me preguntaba de dónde me salía hacer bromas tontas en los peores momentos. A veces pienso que lo hizo de pura envidia, pero no… no creo.

Chandler fue siempre el mejor de Friends. El tipo es hilarante. Pero le sucede lo que a mí: se me ocurren tonterías cuando no debería. Esos instantes en los que los tipos maduros se quedan callados o utilizan las frases prefabricadas por la sociedad como ‘lo siento’, ‘lo lamento’  o algo así, no, a nosotros, los tarados crónicos, se nos ocurre lo que consideramos la mejor broma, el mejor juego de palabras que esperamos que con una mágica sonrisa se solucione todo. Obviamente, no funciona.

Y sin embargo, seguimos empecinados. Nos entercamos, si nos lo aguantamos de decirlo de tanto que se quejan siempre nuestros interlocutores (en su mayoría, interlocutoras), nos delatan los labios con una risa que se escapa malagradecida. Y siempre parece burla, pero no los es. No lo es. Es esa inquebrantable necesidad de sentirse estúpido y reírse de uno mismo que termina pareciendo que nos reímos del otro.

Creo que deberían empezar a buscar la cura para esta enfermedad. A veces pienso que es una buena cachetada, pero luego recuerdo tantas que he recibido y aún sigo, que no creo.

miércoles, 10 de abril de 2013

Las sonrisas dibujadas

Cuando niño, me encantaban los circos y las cuerdas flojas y las mujeres elásticas y los malabares. Pero luego uno crece y se da cuenta de que ha perdido interés. Siendo sinceros, muchos solo ponemos cara de que no, pero en realidad vivimos todos en un circo y aunque ya no nos limitemos bajo unas grandes carpas multicolores, aún me encantan las mujeres elásticas, y yo mismo he aprendido unos que otros malabares para quedarme en la chamba y sortearme la cuerda floja. En fin.

También resulta que a cada tanto se encuentra uno con cada payaso. Y hasta uno mismo muchas veces sonríe con los labios y no con los ojos. Retomamos viejas manías, bebemos hasta tener roja la nariz y despilfarramos chistes de los que sobrios no nos reiríamos (nos reiríamos más de quien lo cuenta). Algunas veces no somos capaces ni de levantar nuestro propio peso con tan solo nuestras propias fuerzas y hay días en los que sientes que puedes cargar el mundo en tus hombros. En fin.

Ya no se ve animales que aprendieron ridículos números circenses. Pero en este circo que es la vida, claro que los hay, siempre hay un mono que aprendió a preparar café para que le suban el sueldo y le cambien el título aunque el hocico le apeste a boca de calzado. Siempre hay reptiles que andan al acecho, meticulosos sus movimientos, mientras fingen estar estáticos como maderos. Te sonríen para que no te des cuenta, rastreros. Y de pronto un día ¡zas! Te echan con el jefe que te levantas a la fotocopista (que para arruinarlo todo, la perseguía también él). Malditos sean. Ahora tengo que buscar trabajo.

De todos los artistas que había en los circos, el que siempre me pareció más humano fue el payaso. Y era porque no solo estaba en el circo, también podías encontrártelo en la fiesta del amigo, rodeado de caramelos y globos multicolor, sonriendo, tomándole el pelo a los adultos. Pero cuando llegaba el intermedio, se convertía en un hombre con la cara pintada, desaparecía la magia mientras aspiraba ese cigarro que se encendía con nostalgia, apoyados los codos en la nada, la mirada siempre en el suelo. Siempre que iba a una fiesta con payaso, esperaba ese momento en el que la chiquita con minifalda decía ya regresamos y ponían música de casetes. Era entonces cuando el payaso escabulléndose entre la cocina, se quitaba la peluca, la nariz roja y salía al aire libre a fumar un cigarro, a recordarse que era un hombre, a recordarse que era adulto, que estaba bien lo que hacía, qué se yo, en qué pensaría. Yo me sentaba detrás, o los miraba escondido tras una pared. Siempre me parecieron melancólicos mientras no se dieran cuenta. Un payaso fumando ¡qué imagen!

miércoles, 6 de febrero de 2013

El mundo y el olvido

Cuando el mundo avanza y no te lleva consigo te das cuenta de que te quedas muy a pesar tuyo. Por más que le cantes a la mañana, por más que no duermas en sus noches, hay un sinsabor que se escapa de la boca y va a parar en todo lo que incluye tu yo. Hay veces en los que los pies parecen enlodarse y cada paso se va haciendo más pesado, el lodo más espeso, la mierda que mancha las bastas de tu pantalón que tanto te costó, se va haciendo más y más viscosa.

Y cuando ves que el mundo avanza y no te lleva consigo, sigues mirando hacia adelante a ver si alguien acaso voltea. Esperas ver a aquellos a quienes no ayudaste que te lancen algo de lo qué cogerte, porque de los que ayudaste ya te acordaste antes, pero no aparecieron, te olvidaron.

El olvido no sucumbe. El olvido se enrosca en sí mismo  e hiberna en la grieta más oscura y fría de la memoria. Allí hace su covacha de residuos amarillentos acartonados, de sobras podridas y desechadas, hace las columnas de su casa con llantos con hipo, con alcohol en las marañas de su jardín muerto. El olvido es un tatuaje en la nuca que nunca ves hasta que no encuentres un espejo.

Ese espejo hoy son mis amigos, son mis hermanos, son mis colegas, son mis congéneres, es la humanidad. Hoy, ese espejo me muestra lo que no he vivido y debí, lo que debí haber subido y no subí, lo que debí haber visto y no vi, lo que debería tener y no tengo. Y cuando ves que el mundo avanza, y avanza rápido y no te lleva consigo, te entra unas ganas de retorcerte de impotencia, golpear el colchón sobre el que te recuestas y vomitar lisura puta y necia.

Te traigo tatuada. Y entonces eres una montaña de fotos grises abanicada por delusiones. Eres impresiones que no se dejan soplar y que se aferran fuertemente. Te traigo tatuada y no te puedo ver de frente. Pero te siento y siento que la tristeza es una soledad a medias porque te has llevado la mitad. Me has dejado la mitad más grande, la mitad más pesada, me has dejado la mitad más letal. Pero para esa mitad no hay espejo. Y entonces recuerdo que el olvido no sucumbe. Y que ya no te puedo mirar, recuerdo que ya no eres espejo, recuerdo que recordé olvidar. Y recuerdo también que el mundo que conozco es el mundo de siempre pero sin pedacitos que olvidé que se va tallando con la memoria y con el presente que saca por conchitos al pasado y le va haciendo cintura al hoy.

domingo, 3 de febrero de 2013

El pequeño detalle de La Rubia


Ayer me encontré con el Negro. Sigue teniendo la misma cara de viejo. Cuando éramos chibolos, él ya parecía mayor de edad, siempre fue chato, siempre uso el pelo corto. En cuanto lo vi, nos sonreímos, nos estrechamos las manos, le miré la cara y escapó una carcajada. Él se rio conmigo, pero yo me reía de él. Pero no era en mala onda. Lo que pasa es que recordé inmediatamente lo único que podría recordar de él después de tanto tiempo. Ya claro, luego me acuerdo otras cosas.
El Negro tenía en el colegio una novia que era Rubia al pomo. Igual, siempre la conocimos como La Rubia. Nosotros estábamos en tercero de media y la chica había repetido el quinto. El colegio en el que estábamos el Negro Botoni y yo era solo de hombres y el colegio de La Rubia estaba cruzando la plaza, unas cuadras acercándose al centro de la ciudad. Botoni era chato, yo también era bajo para mi edad, pero era más alto que él. Nos conocimos jugando fútbol. Él era de esos tipos que encajan exactos en los estereotipos: Negro, salsero, pelotero, jugadorazo. Lo que sí le faltó siempre fue agarrarse a los puños. Al tipo lo crió su abuela principalmente porque su madre parecía su hermana. Y parecía que en su casa era una suerte de espanta hombres o no sé qué porque también a las hermanas de su madre le huyeron los esposos. Las mujeres no eran feas para nada. Tenían todas un cuerpazo a pesar de ser madres de niñas morenas y flacas y larguiruchas. El Negro siempre sabía qué querían las mujeres, el tipo era un imán. La Rubia que se cargaba era un hembrón de pasarela. Y era una de las tantas.
El detalle con La Rubia eran los hermanos, tenía dos. Mayores que ella. Militares. Locos.
El Negro Botoni, siempre decía que La Rubia valía la pena del peligro porque con sus encantadores dieciocho años, le tenía adelantos de la edad que el tipo ni se imaginaba.
Una vez, a Botoni le serruchó la pierna un cajamarquino de segundo en una pelota dividida. El Negro se paró y lo miró con rabia. A Horacio lo conocía la mayoría porque era bien machetero en el fútbol y porque siempre terminaba peleando. Tampoco era que fuera el que le pegaba a todos en el colegio, solo era un tipo peliandero. Cuando se paró, lo empujó a Botoni y al coro de pelea, pelea, todos hicimos una ronda alrededor de ellos. El Negro levantó las manos en puño y comenzó a moverse con ritmo, parecía que bailaba salsa.
-Te computas Rocky- se burló Horacio.
-Rocky, tu vieja- respondió y ya entonces estaba sudando mucho más que por jugar fútbol. Comenzó a perder el ritmo de la salsa y usaba las manos de cuando en cuando para quitarse el sudor de la frente.
Pelea, pelea, pelea
El Negro se había vuelto veterinario. La verdad nunca lo habría imaginado. Ayer, cuando me dijo que se había casado y que curaba animales para ganarse la vida, sentí que me mentía. El Negro Botoni con la cabeza sentada y profesional. Me enseñó la foto que cargaba en la billetera, la chica era guapa y estaba embarazada. Cuando me dijo que esperaba una niña, eso sí que le creí. 
-Recuerdas cuando te desmayaste antes de pelear con Horacio.
-Claro, pues- se rio, el Negro-. ¿Era por eso que te reías?
-Tú sabes que no, Negrito. Me reí porque a penas te reconocí me acordé de La Rubia y sus dos hermanos.
-Ah, eres pendejito- me dijo Botoni.
-No te hagas pendejo, Negro, eso se lo cuentas a cualquiera y se mea de la risa.
-¿Le has contado a alguien?
-No. En serio, en serio, no. Negro, ¿lees blogs en internet?
-No.
Lo que le paso al Negro ese día fue esto: El tipo estaba disfrutando de La Rubia en el segundo piso de la casa de ella. Los hermanos de La Rubia jugaban billar en un centro cerca de la plaza que está más o menos lejos de su casa. Lo que pasa es que a La Rubia muchos le tenían ganas y por eso hubo un soplón que sabiendo que ellos dos se encontraban a escondidas, les pasó la voz. En ese entonces, el Negro tenía quince casi para cumplir dieciséis y los hermanos de La Rubia tenían veintitrés y veinticinco respectivamente, además eran más altos y más agarrados que Botoni. A ver, no lo quiero justificar porque es mi pata, solo pongo las cosas como fueron. El show empezó cuando los dos llegan envalentonados a la casa. En Negro estaba en el segundo piso con el short abajo y La Rubia encima. Felizmente se dieron cuenta a tiempo.
La verdad, ya no tenía por dónde escapar. Uno de los hermanos se quedó afuera de la casa y había una sola ruta de salida pero era por donde venía el hermano mayor  quién sabe dispuesto a qué. El Negro Botoni  presuroso se amarró el polo sobre las costillas, un nudo putón que dejó el ombligo con pelusa al acecho, escondió los huevos entre las piernas y esperó con las manos sobre las rodillas sentado sobre la cama. Cuando entró furioso el hermano diciendo que dentro habían visto a un hombre, al morocho le sudaba la frente. Igual, lo miró asombrado y luego le sonrió.
-Puta, le tuve que poner cara de cabro para que no me pegue, le aseguré que era el amigo gay de su hermana- nos contó la última vez que nos vimos.
Qué cara les habrá puesto, qué cosas habrá dicho, eso sí se queda con él porque él nos lo contó y La Rubia nunca abrió el pico. Pero sí supimos luego que el hermano de La Rubia se la creyó y salió como con miedo de contagiarse. Cuando se dieron cuenta del engaño, ya Botoni se había ido a Lima a la casa de una de sus tías. 
Todo esto nos contó él mismo. Debe haber pasado algo raro, porque los hermanos nunca hablaron de eso (sospechamos nosotros que era porque los engañaron como a idiotas) y La Rubia fue siempre una tumba al respecto.
-Oe, Paul, y tú ¿sigues viviendo aquí?
-No, ya no.
-Pero sabes algo de La Rubia.
-Creo que  tuvo un hijo con Horacio, o algo así escuché.
-Ese conchesumare.
-¿Qué? ¿A la próxima le pegas?
Qué tipazo el Negro, es para encontrárselo de cuando en cuando y alegrarse la vida con una carcajada.



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sábado, 2 de febrero de 2013

El salto generacional que me dejó fuera de los juegos.

Cuantos más años tiene uno, la diferencia de edades casi no se nota. Mi padre le lleva a mi madre nueve años y no pasa nada. Pero si retrocedemos hasta el año en que mi madre conoció a mi padre (no hubo viceversa esa vez), es casi pecaminoso. Gerónimo, envestido en su blanco uniforme de oficial de mar, había regresado a su pueblo natal en su moto nueva, celebraba sus veintiún años y entre toda la gente que asistió a la fiesta hubo alboroto con las tres ex enamoradas suyas que se dieron cita. Esa es la historia que él cuenta.
La que cuenta mi madre, la verdad, no es muy diferente. Básicamente, la única diferencia que existe es que en la historia de mi padre, Irene no está. Y en la historia que mamá cuenta, ella era una niña de doce años sentada junto a su madre, y que desde allí miraba todo.
Hoy en cambio, la diferencia de edad entre ellos no es relevante ni levantaría sospechas inusitadas en nadie. Pero cuanto uno menos años tiene, más se nota la diferencia. Ángelo que es el hermano inmediatamente superior a mí, me lleva dos años y Raúl, a él, le lleva un solo año. A mi Melissa, yo le llevo cinco.
De nuevo, hoy no se nota y hasta todos parecemos amigos si vamos juntos. Pero cuando salir a la calle para jugar a la ronda era lo principal, ay, nadie quería jugar conmigo y mi hermana era demasiado pequeña para obligarla.
Es bastante obvio que viejos de ocho y nueve años no quieran juntarse con un bebé de seis ¡no hay forma! Y es que ellos ya saben jugar a los chipitaps, ya tienen puntería con las bolitas, saben qué es un diris, un langas, un limpias. Ya saben hacer la voladita con el trompo. Un niño de seis (un poco pequeño para su edad como era yo), aún no sabía ni ‘emparar’ el trompo en la mano. Para mi mala suerte, todos los niños y niñas de mi barrio tenían la edad de mis hermanos o les llevaban un año.
En mi cuadra e inmediaciones, no sé yo, pero parece haber un acuerdo tácito, algo que nos tienen bien escondido, que señala que cada cuatro años, se arma alboroto a las seis de la tarde en las pistas. Y la verdad, es algo que el internet no ha podido frenar. Cada cuatro años, aparecen niños no sé de dónde, niños de ocho, nueve o diez años que juegan, saltan. El último fin de semana, mientras regresaba del trabajo, vi a una niña correteando gente con una correa en la mano ¡Chicotito quemado! Casi grité. Ahogué mi estupefacción. Frío, frío, caliente, caliente…
Veo que juegan a quitarse la pelota, juegan a que las niñas quieren jugar vóley, pero siempre se pierda la redonda por los pies de los niños quienes entonces juegan a no devolvérsela. Qué inocentes. Sí, claro.
Cada cuatro años pasa esto. Se junta toda una nueva generación de niños y niñas que juegan y se asocian por estatura, por aptitudes, por actitudes. Y cada cuatro años hay bulla y juegos y diversión. Algunas tardes, recuerdo, que jugaban todos al San Miguel, varios niños cogidos de los brazos gritando y llamando al santo. Mis hermanos hacían de los que robaban niños (niñas, sobretodo), y a la siguiente, ellos se trenzaban los brazos lo más que podían para que no se los llevaran. Yo tenía los brazos cortos y no era muy fuerte.
Cuando ya tuve ocho, había muchos niños de seis que comenzaban insipientes a salir cuando el sol se ocultaba, supervisados por sus madres que compartían entre ellas también. Cuando a los ocho ya había aprendido a hacer la voladita y practiqué mucho la puntería, a mis hermanos les interesaban más que los trompos, las niñas. Las niñas y el fútbol. Y yo no podía participar ni en lo uno, ni en lo otro porque era muy pequeño.
El último limbo que recuerdo fue cuando mis hermanos estaban en secundaria y yo todavía en primaria. Me sentía un niñito. Raúl era un enamorador y Ángelo, un futbolista al que iban a buscar a la casa para que juegue. En casa, se armaban nuevamente los niños del barrio para jugar a la ronda y San Miguel, renacía el trompo y las canicas, pero ¡todos tenían ocho y nueve años! Yo tenía doce, a pesar de que era pequeño para mi edad, se notaba mi cabeza por encima de la del resto, era obvio que no pertenecía allí. Pero cuando me juntaba a mis hermanos, les llegaba al hombro a todos sus amigos. Entonces no aprendí bien, ni lo uno, ni lo otro. Ni a enamorar, ni a jugar pelota.
Creo que como no hice jardín (yo siempre echándole la culpa a otros), no aprendí a tratar con la gente. Y además, no me ayudó mucho ese salto generacional que hubo en mi barrio. Cuatro años, cada cuatro años. Yo estaba en el medio.
Una vez que entré a la secundaria, ya la diferencia no se notaba, además, recién, caí en cuenta que la generación que faltaba en mi barrio estaba en el colegio. Sí, bueno, recién en la secundaria me di cuenta. Entonces, tuve conciencia de que los demás me llevaban ventaja, no solo en altura, sino también en cosas importantísimas en el colegio: interacción con las chicas y fútbol.
ecen a la par de cuatro en cuatro. Qué sé yo, debe haber algún acuerdo del que no me enteré por estar en el medio.


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jueves, 31 de enero de 2013

Las vidas que vivimos (II)



El Recuerdo estaba tumbado sobre una verde colina mirando hacia el cielo. Ambas manos tomaban su propia nuca haciendo con ellas una almohada para su descanso. Los músculos relajados, las piernas cruzadas, estaba descalzo. Más abajo, sobre su pecho, reposaba con una sonrisa muy sincera la Inocencia.

-A veces siento que no te merezco- dijo con calma el Recuerdo.
Levantó apenas la cabeza la Inocencia, no lo vio y se recostó nuevamente. Respiró un poco sobre su pecho, cerró los ojos.
-Me das miedo- susurró, tímida.
-Lo sé.
El Recuerdo tenía los ojos cerrados y sobre su oscuridad sintió que se posó una sombra. Abrió lentamente los párpados y vio parado junto a su cabeza al Miedo, tenía las manos en los bolsillos y esa mirada de autosuficiencia que no veía hacía meses. Él le sonrió.

Desde la espalda del Miedo y entre sus codos y su cuerpo salieron dos albos brazos, delicados, tersos. Se entrelazaron las manos sobre su pecho y junto a su hombro apareció hermosa la Decisión.
-Te has agitado- dijo la Inocencia que, tranquila, no se daba cuenta de nada.
El cielo estaba limpio, no obstruía nada la luz del sol. La brisa soplaba y mecía la hierba en la colina, mecía serena los cabellos de la Inocencia.
-No quiero que te vayas- dijo ella, tranquila, desde su pecho.
-Tú me dijiste "No hay un momento perfecto para olvidar" y me olvidaste- dijo el Recuerdo.
La Decisión abrazó fuerte al Miedo. La Inocencia abrió los ojos, pero no quiso verse en los ojos del Recuerdo. Se humedecieron sus pupilas, luego sus pestañas y finalmente sus mejillas.
-Viene siendo hora de que baje de la colina, que vaya a buscar al viejo  a su cueva.
Ronroneaba quedita la Inocencia y haciendo un puño cerca a sus ojos, arrugó las ropas del Recuerdo.
-Te quiero, por favor, quédate.
El Miedo destrenzó los brazos de la Decisión que lo cogía por el pecho y mirando directamente a los ojos al Recuerdo, su autosuficiencia creció en sus labios y transformó en una sonrisa. La Decisión apoyó su mejilla contra la espalda ancha y fuerte del Miedo y cerró sus ojitos, su rostro la mostraba tranquila.
-Lo siento, pero es hora de que vaya a la cueva del viejo, allí a donde va lo que ya ha vivido.
Y entonces, el Miedo dio media vuelta y la decisión se puso de cuclillas y besó la frente del Recuerdo y cerrando los ojos se desvaneció tranquilo. Con el sopor de la tarde, la inocencia quedó posada sobre la hierba verde en la colina bajo el mismo sol. Despertó suavemente y sonrió porque sintió que ya nada le faltaba. La Decisión se presentó, le tendió la mano y la ayudó a ponerse de pie. Ese día, desde la cueva y saludando amistosamente el Recuerdo al Olvido con la mano, miró cómo las dos se volvieron amigas.


miércoles, 30 de enero de 2013

El Por qué de las cosas


Jamás completé un álbum de figuritas. Nunca canjeé ningún premio por coleccionar. Lo que pasa es que el entusiasmo siempre me duró muy poco. La cuestión con los álbumes siempre me pareció que debía ser algo personal, algo propio. Pero en mi casa, nada era personal. Si había algo que pudieran hacer dos manos, terminaban metidas todas las de mis hermanos. Y somos cuatro.
En los noventa, no había álbum que no empezáramos. Regresábamos corriendo del colegio con un sobrecito de cinco figuritas sin abrir, la mochila que nos llegaba hasta casi las rodillas no disminuía nuestra carrera y cuando llegábamos era comenzar a rogar al azar. Oh, azar, que nos toque de las que no tenemos.
Frente al colegio había muchas de estas señoras que venden chucherías en el piso, todo sobre un gran plástico azul cuyas puntas aguantaban con piedras para que no se las lleve el viento. Y vendían muñequitos de papel recortables, chipitaps, rotataps, pistolas de plástico con balines, ligas, canchita popcorn con ají, papita rellena (de cebolla china) a veinte céntimos, pequeños tubitos de grajeas, sachets con manjar blanco, caramelos de peritas… en fin. Todo. Y también tenían el álbum y las figuritas de lo que estuviera de moda.
Con el que empezó todo este alboroto en casa fue el álbum “El por qué de las cosas” y lo compró mi papá. Mi viejo es un tipo que si pudiera, se sentaría a enseñarte todo lo que sabe en un día. Le encanta aprender, pero sospecho que le gusta más enseñar. Quien recibió el regalo fue Raúl, mi hermano mayor, pero ya a esa edad sabía que lo terminaríamos por coleccionar entre todos.
Entonces, los sobrecitos costaban treinta céntimos que era más o menos la propina conjunta de mis dos hermanos mayores y la mía. Sí, bueno.
Cuando en casa llegábamos sudorosos con los sobres en la mano y nos encontrábamos con mi padre para almorzar, mi padre sonreía. Pero, no sé si era por ver la inocencia de sus hijos o porque ya sabía que hay figuritas que nunca salen.
Nos juntábamos los tres (mis dos hermanos mayores y yo, porque mi hermana menor era muy pequeña entonces) alrededor del álbum, nos mirábamos a las caras. Si teníamos más de un sobre, los repartíamos lo más equitativamente posible para que cada uno abriera uno, pero si solo teníamos un único sobre, definitivamente quien debía abrirlo, era Ángelo, el hermano con más suerte. No haré un acápite aquí para señalar todas las circunstancias que nos llevaron a esa conclusión porque tendría que hacer otro post, pero de que estaba probado, lo estaba: era estadística pura. Yo por otro lado, cuando no gano nada (que es las más de las veces), digo que no existe tal cosa como la suerte, que es solo el simple, llano y nada mágico azar, luego cuando estoy solo, hundo mi cara en la almohada y lloro mi mala suerte.
Yo no sé, en mi casa la verdad, no ha habido mucho de eso de las cábalas para atraer la buena suerte, o salir corriendo como loco con maletas para que el otro año te vayas de viaje. Pero para abrir los sobres, había un procedimiento que se debía seguir. Se abría siempre con el sobre parado, siempre viendo la parte de adelante, antes de abrir había que sacudirlo cuatro veces para que la magia surta efecto. Los tres mirábamos atentos el único sobre en las manos de Ángelo que golpeaba por cuarta vez, luego, suavecito, suavecito, se rompía con los dedos el envoltorio de papel.
La primera vez que papá y mamá volvieron del Centro de Lima con un ‘paquetón’ fue la locura. Jamás tuvimos tantos sobres sin abrir. En vano, mi madre intentó dosificar la apertura de los sobres a través de los días, cada vez que revisaba habían menos y luego por cada turno nos daba cada vez más sobrecitos. Era interminable. Desde entonces y hasta que dejamos de coleccionar álbumes, no nos volvieron a decir que se iban al Centro porque era solo para que nos tengan colgados de sus pies con súplicas por ‘paquetones’.
El detalle con tener doscientas figuritas (para un álbum de ciento cincuenta números) era que inevitablemente tendrías ‘yalas’. Entonces comenzaba el negocio en el colegio porque quien tenía esa que tú no, te cambiaba dos figuritas por una. Esa tranza era aprendido de las señoras que vendían en sus plásticos verdes. Cada vez que uno iba a cambiar figuritas, ellas tenían torres y torres de ellas. No les importaba tener repetidas, siempre estaban dispuestas a cambiar a dos por uno. Y cuando llegaba alguna de la que no tenía nadie, entonces recién, te lo vendía, pedía dinero en efectivo.
Del álbum El por qué de las cosas yo recuerdo que no lo terminamos. Sé que el fin del álbum era educar porque las imágenes que se correspondía a cada número ya venían en los espacios en los que había que pegarlos, pero estaban en blanco y negro (o buenobulqui y negro, porque de eso estaba hecho el papel), y la descripción también. En las figuritas te venía la misma información pero con la imagen a colores y en un papel más delgadito y un poco más brilloso. Lo que recuerdo también, es uno de los números que explicaba por qué nos soplamos las manos en invierno. Desde entonces, en las noches frías y húmedas de los inviernos de Lima, cada vez que me soplo las manos haciendo dos concavidades con las palmas, sé que lo hago para que el calor de mi exhalación aumente la temperatura de algunos los vasos sanguíneos más alejados del corazón.


Los más leídos!