Ayer me encontré con el Negro. Sigue teniendo la misma cara de viejo. Cuando éramos chibolos, él ya parecía mayor de edad, siempre fue chato, siempre uso el pelo corto. En cuanto lo vi, nos sonreímos, nos estrechamos las manos, le miré la cara y escapó una carcajada. Él se rio conmigo, pero yo me reía de él. Pero no era en mala onda. Lo que pasa es que recordé inmediatamente lo único que podría recordar de él después de tanto tiempo. Ya claro, luego me acuerdo otras cosas.
El Negro tenía en el colegio una novia que era Rubia al pomo. Igual, siempre la conocimos como La Rubia. Nosotros estábamos en tercero de media y la chica había repetido el quinto. El colegio en el que estábamos el Negro Botoni y yo era solo de hombres y el colegio de La Rubia estaba cruzando la plaza, unas cuadras acercándose al centro de la ciudad. Botoni era chato, yo también era bajo para mi edad, pero era más alto que él. Nos conocimos jugando fútbol. Él era de esos tipos que encajan exactos en los estereotipos: Negro, salsero, pelotero, jugadorazo. Lo que sí le faltó siempre fue agarrarse a los puños. Al tipo lo crió su abuela principalmente porque su madre parecía su hermana. Y parecía que en su casa era una suerte de espanta hombres o no sé qué porque también a las hermanas de su madre le huyeron los esposos. Las mujeres no eran feas para nada. Tenían todas un cuerpazo a pesar de ser madres de niñas morenas y flacas y larguiruchas. El Negro siempre sabía qué querían las mujeres, el tipo era un imán. La Rubia que se cargaba era un hembrón de pasarela. Y era una de las tantas.
El detalle con La Rubia eran los hermanos, tenía dos. Mayores que ella. Militares. Locos.
El Negro Botoni, siempre decía que La Rubia valía la pena del peligro porque con sus encantadores dieciocho años, le tenía adelantos de la edad que el tipo ni se imaginaba.
Una vez, a Botoni le serruchó la pierna un cajamarquino de segundo en una pelota dividida. El Negro se paró y lo miró con rabia. A Horacio lo conocía la mayoría porque era bien machetero en el fútbol y porque siempre terminaba peleando. Tampoco era que fuera el que le pegaba a todos en el colegio, solo era un tipo peliandero. Cuando se paró, lo empujó a Botoni y al coro de pelea, pelea, todos hicimos una ronda alrededor de ellos. El Negro levantó las manos en puño y comenzó a moverse con ritmo, parecía que bailaba salsa.
-Te computas Rocky- se burló Horacio.
-Rocky, tu vieja- respondió y ya entonces estaba sudando mucho más que por jugar fútbol. Comenzó a perder el ritmo de la salsa y usaba las manos de cuando en cuando para quitarse el sudor de la frente.
Pelea, pelea, pelea
El Negro se había vuelto veterinario. La verdad nunca lo habría imaginado. Ayer, cuando me dijo que se había casado y que curaba animales para ganarse la vida, sentí que me mentía. El Negro Botoni con la cabeza sentada y profesional. Me enseñó la foto que cargaba en la billetera, la chica era guapa y estaba embarazada. Cuando me dijo que esperaba una niña, eso sí que le creí.
-Recuerdas cuando te desmayaste antes de pelear con Horacio.
-Claro, pues- se rio, el Negro-. ¿Era por eso que te reías?
-Tú sabes que no, Negrito. Me reí porque a penas te reconocí me acordé de La Rubia y sus dos hermanos.
-Ah, eres pendejito- me dijo Botoni.
-No te hagas pendejo, Negro, eso se lo cuentas a cualquiera y se mea de la risa.
-¿Le has contado a alguien?
-No. En serio, en serio, no. Negro, ¿lees blogs en internet?
-No.
Lo que le paso al Negro ese día fue esto: El tipo estaba disfrutando de La Rubia en el segundo piso de la casa de ella. Los hermanos de La Rubia jugaban billar en un centro cerca de la plaza que está más o menos lejos de su casa. Lo que pasa es que a La Rubia muchos le tenían ganas y por eso hubo un soplón que sabiendo que ellos dos se encontraban a escondidas, les pasó la voz. En ese entonces, el Negro tenía quince casi para cumplir dieciséis y los hermanos de La Rubia tenían veintitrés y veinticinco respectivamente, además eran más altos y más agarrados que Botoni. A ver, no lo quiero justificar porque es mi pata, solo pongo las cosas como fueron. El show empezó cuando los dos llegan envalentonados a la casa. En Negro estaba en el segundo piso con el short abajo y La Rubia encima. Felizmente se dieron cuenta a tiempo.
La verdad, ya no tenía por dónde escapar. Uno de los hermanos se quedó afuera de la casa y había una sola ruta de salida pero era por donde venía el hermano mayor quién sabe dispuesto a qué. El Negro Botoni presuroso se amarró el polo sobre las costillas, un nudo putón que dejó el ombligo con pelusa al acecho, escondió los huevos entre las piernas y esperó con las manos sobre las rodillas sentado sobre la cama. Cuando entró furioso el hermano diciendo que dentro habían visto a un hombre, al morocho le sudaba la frente. Igual, lo miró asombrado y luego le sonrió.
-Puta, le tuve que poner cara de cabro para que no me pegue, le aseguré que era el amigo gay de su hermana- nos contó la última vez que nos vimos.
Qué cara les habrá puesto, qué cosas habrá dicho, eso sí se queda con él porque él nos lo contó y La Rubia nunca abrió el pico. Pero sí supimos luego que el hermano de La Rubia se la creyó y salió como con miedo de contagiarse. Cuando se dieron cuenta del engaño, ya Botoni se había ido a Lima a la casa de una de sus tías.
Todo esto nos contó él mismo. Debe haber pasado algo raro, porque los hermanos nunca hablaron de eso (sospechamos nosotros que era porque los engañaron como a idiotas) y La Rubia fue siempre una tumba al respecto.
-Oe, Paul, y tú ¿sigues viviendo aquí?
-No, ya no.
-Pero sabes algo de La Rubia.
-Creo que tuvo un hijo con Horacio, o algo así escuché.
-Ese conchesumare.
-¿Qué? ¿A la próxima le pegas?
Qué tipazo el Negro, es para encontrárselo de cuando en cuando y alegrarse la vida con una carcajada.
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