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sábado, 2 de febrero de 2013

El salto generacional que me dejó fuera de los juegos.

Cuantos más años tiene uno, la diferencia de edades casi no se nota. Mi padre le lleva a mi madre nueve años y no pasa nada. Pero si retrocedemos hasta el año en que mi madre conoció a mi padre (no hubo viceversa esa vez), es casi pecaminoso. Gerónimo, envestido en su blanco uniforme de oficial de mar, había regresado a su pueblo natal en su moto nueva, celebraba sus veintiún años y entre toda la gente que asistió a la fiesta hubo alboroto con las tres ex enamoradas suyas que se dieron cita. Esa es la historia que él cuenta.
La que cuenta mi madre, la verdad, no es muy diferente. Básicamente, la única diferencia que existe es que en la historia de mi padre, Irene no está. Y en la historia que mamá cuenta, ella era una niña de doce años sentada junto a su madre, y que desde allí miraba todo.
Hoy en cambio, la diferencia de edad entre ellos no es relevante ni levantaría sospechas inusitadas en nadie. Pero cuanto uno menos años tiene, más se nota la diferencia. Ángelo que es el hermano inmediatamente superior a mí, me lleva dos años y Raúl, a él, le lleva un solo año. A mi Melissa, yo le llevo cinco.
De nuevo, hoy no se nota y hasta todos parecemos amigos si vamos juntos. Pero cuando salir a la calle para jugar a la ronda era lo principal, ay, nadie quería jugar conmigo y mi hermana era demasiado pequeña para obligarla.
Es bastante obvio que viejos de ocho y nueve años no quieran juntarse con un bebé de seis ¡no hay forma! Y es que ellos ya saben jugar a los chipitaps, ya tienen puntería con las bolitas, saben qué es un diris, un langas, un limpias. Ya saben hacer la voladita con el trompo. Un niño de seis (un poco pequeño para su edad como era yo), aún no sabía ni ‘emparar’ el trompo en la mano. Para mi mala suerte, todos los niños y niñas de mi barrio tenían la edad de mis hermanos o les llevaban un año.
En mi cuadra e inmediaciones, no sé yo, pero parece haber un acuerdo tácito, algo que nos tienen bien escondido, que señala que cada cuatro años, se arma alboroto a las seis de la tarde en las pistas. Y la verdad, es algo que el internet no ha podido frenar. Cada cuatro años, aparecen niños no sé de dónde, niños de ocho, nueve o diez años que juegan, saltan. El último fin de semana, mientras regresaba del trabajo, vi a una niña correteando gente con una correa en la mano ¡Chicotito quemado! Casi grité. Ahogué mi estupefacción. Frío, frío, caliente, caliente…
Veo que juegan a quitarse la pelota, juegan a que las niñas quieren jugar vóley, pero siempre se pierda la redonda por los pies de los niños quienes entonces juegan a no devolvérsela. Qué inocentes. Sí, claro.
Cada cuatro años pasa esto. Se junta toda una nueva generación de niños y niñas que juegan y se asocian por estatura, por aptitudes, por actitudes. Y cada cuatro años hay bulla y juegos y diversión. Algunas tardes, recuerdo, que jugaban todos al San Miguel, varios niños cogidos de los brazos gritando y llamando al santo. Mis hermanos hacían de los que robaban niños (niñas, sobretodo), y a la siguiente, ellos se trenzaban los brazos lo más que podían para que no se los llevaran. Yo tenía los brazos cortos y no era muy fuerte.
Cuando ya tuve ocho, había muchos niños de seis que comenzaban insipientes a salir cuando el sol se ocultaba, supervisados por sus madres que compartían entre ellas también. Cuando a los ocho ya había aprendido a hacer la voladita y practiqué mucho la puntería, a mis hermanos les interesaban más que los trompos, las niñas. Las niñas y el fútbol. Y yo no podía participar ni en lo uno, ni en lo otro porque era muy pequeño.
El último limbo que recuerdo fue cuando mis hermanos estaban en secundaria y yo todavía en primaria. Me sentía un niñito. Raúl era un enamorador y Ángelo, un futbolista al que iban a buscar a la casa para que juegue. En casa, se armaban nuevamente los niños del barrio para jugar a la ronda y San Miguel, renacía el trompo y las canicas, pero ¡todos tenían ocho y nueve años! Yo tenía doce, a pesar de que era pequeño para mi edad, se notaba mi cabeza por encima de la del resto, era obvio que no pertenecía allí. Pero cuando me juntaba a mis hermanos, les llegaba al hombro a todos sus amigos. Entonces no aprendí bien, ni lo uno, ni lo otro. Ni a enamorar, ni a jugar pelota.
Creo que como no hice jardín (yo siempre echándole la culpa a otros), no aprendí a tratar con la gente. Y además, no me ayudó mucho ese salto generacional que hubo en mi barrio. Cuatro años, cada cuatro años. Yo estaba en el medio.
Una vez que entré a la secundaria, ya la diferencia no se notaba, además, recién, caí en cuenta que la generación que faltaba en mi barrio estaba en el colegio. Sí, bueno, recién en la secundaria me di cuenta. Entonces, tuve conciencia de que los demás me llevaban ventaja, no solo en altura, sino también en cosas importantísimas en el colegio: interacción con las chicas y fútbol.
ecen a la par de cuatro en cuatro. Qué sé yo, debe haber algún acuerdo del que no me enteré por estar en el medio.


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