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jueves, 20 de junio de 2013

Los tres minutos más largos de mi vida (Parte I)

Estando en ese café, miré nuevamente el reloj, otra vez la ventana. Estaba retrasada.

Cuando me dijo que regresaría a mi ciudad, lo primero que pensé es “la quiero ver”. Para mí, desde aquella llamada, ya había regresado. Estaba cerca y caí en cuenta de cuán rápido puede pasar el tiempo cuando piensas que has olvidado. Ya de algún tiempo a esta parte, vengo jugando a ser grande pero ayer en el café me tomaba las rodillas y sonreía como niño.

Cada vez que había escrito sobre ella había sido con un deseo oculto de ser su personaje principal, de ser para ella quien la rescata, pero vamos, nunca he actuado realmente como un héroe y siempre he vivido bajo la sombra de alguien. Sin embargo, esta era mi remisión, esta era mi oportunidad. Ahora sí. Hacía siete años que esperaba su regreso negándomelo, diciendo que ya había pasado todo, que ahora la vería con los ojos llenos de alegría, llenos de esa alegría de ver al compañero, esa alegría de ver al amigo. Pero, mi boca generaba más saliva de la que debería, me mordía los labios, ensayaba la primera frase que diría modulando mil veces la voz y mil veces me parecía infantil o muy fingida o inadecuada. Me había acabado un café. Es cierto que yo llegué demasiado pronto, pero ya ella llevaba retrasada más de cuarenta segundos.

“Llevas casi un minuto de retraso”, no, definitivamente, no es lo más adecuado cuando ves a alguien después de mucho tiempo. Siempre me complico pensando qué se debe decir primero y qué después, sobre qué girará toda la conversación, si tendremos mucho de qué hablar, si miraremos en diferentes lados buscando alguna excusa tonta para mirarnos y sonreír. Pienso siempre si será que no tenemos nada en común, que nos hundiremos en el silencio de la verdad que nos separa. Amigo, otro café.

Voy a admitir que me compré unos zapatos nuevos para esperarla en el café. Y bueno, también un gabán y unos guantes de cuero lo más finos que mi situación me permite. Es cierto que fui a la peluquería hace cinco días porque el cabello recién cortado nunca se ve bien. Desistí de comprar una rosa después de decirme y contradecirme, de juzgar la pertinencia. Concluí que no era lo más adecuado. Pero sentado en ese café, ya no lo sabía. Quizá habría sido un gesto que lograría camuflar como desinteresado. O quizá no. “Deben haber prendido el aire acondicionado” pensé, “tengo demasiado calor”. Me estaba sofocando.

Recuerdo que ella siempre fue menudita, siempre los brazos delgaditos, siempre los ojos astutos pero sin malicia, apretaba sus labios delgados cuando se enfadaba y hacía la boca chiquita, chiquita. Nunca la vi jugar con su cabello o caminar contorneándose, no. Ella tenía una coquetería que para muchos pasaba desapercibida, pero para mí no. Su andar era cadencioso y cuando conversaba siempre sonreía, pero era una sonrisa de soñadora, de aventurera, a veces se sacudía para adelante y para atrás mientras caminaba, como jugando. Me sonreí solo en la cafetería. Sorbí mi bebida, verifiqué en el espejo que estuviera bien peinado. Ya había tomado suficiente café como para que la naturaleza tomara su curso, pero no quería levantarme de ese ventanal que era mi escaparate para ella, que me presentaba para ella, que le decía “mírame, aquí estoy”, no. Nadie debía tener ese lugar, no al menos hasta que me viera. No hasta que ella estuviera conmigo, a mi lado quiero decir. Qué tonto.

No sé si fue casualidad, pero era el día más atiborrado de personas que pudo tener Miraflores en toda su historia. No la encontraba entre la multitud ¿Ella podría verme? El café se llenaba de gente, de amigos, de parejas. “Me puedo llevar esta silla” “no, está ocupada”. Comencé a sentir temor. Ya tenía casi minuto y medio de retraso. Por un momento pensé que comenzaría a pelearme porque no me quitaran la silla ¿sería bueno? Quizá podría llamar su atención, podría ver lo alto y fuerte que me he vuelto. Lo malo es que también podría caer en ridículo porque jamás en mi vida he estado en una pelea de verdad. Nunca he golpeado a nadie. Nunca he recibido un golpe directo en la cara. Ahora que lo pienso es hasta ridículo.

La primera vez que caminamos juntos fue alrededor de un campo de fútbol, en la escuela secundaria. No recuerdo bien sobre qué hablamos, pero recuerdo que fui muy feliz. Al principio anduve despreocupado, las manos en los bolsillos, por momentos la miraba a andar a mi lado y luego miraba la tierra que pisaba, estaba tranquilo. Pero cuando ella sonrió, no, cuando ella rió allí empezó todo esto. Ni siquiera sé cuál fue la estupidez que dije. La oí reír como nunca antes, se tapó la boca, pero le veía los ojos chinitos. Con la otra mano recogía los cabellos que se le caían por la frente por esa cuasiconvulsión. Yo me reía tranquilo, seguían las manos en el bolsillo, pero me detuve frente a ella para verla reír. Y por primera vez la vi. La vi detenidamente, la vi en cámara lenta.

Y sí… me enamoré. Por eso decidí esperarla hasta terminar el café.

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