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jueves, 26 de noviembre de 2009

Gonzalo, ‘Maldito’ tres horas al día

Gonzalo Torres es un tipo de primera y el personaje que él representa para nosotros también es así, de primera: sin un segundo nombre, sin un segundo apellido. Es abogado a medias, publicista, pero sobre todo actor de teatro, televisión, cine, en fin, actor. Tiene el gusto de trabajar, divertir y divertirse, de comer papitas en bolsa de desayuno. Trabaja todas las mañanas, de lunes a viernes, pero asegura que cada día le gusta más. Mañana maldita, uno de los mejores programas de radio del Perú, disfruta de él desde hace poco menos de cinco años. El siguiente es un perfil de este multifacético personaje llamado Gonzalo Torres en la cabina de Radio Planeta, un viernes por la mañana.

Por Paul Medina Trejo

La cabina de radio Planeta es gris. Está revestida de una tela gruesa sujeta a la pared con tiras de madera que en conjunto forman varios cuadrados. Hay dos parlantes que rozan el techo. Es por allí por donde se escucha lo que sale al aire. Un aparato de aire acondicionado está a la altura de los parlantes, pero en una pared cerca de un gran vidrio, desde el que se ven las oficinas del establecimiento. Tienen también equipos de transmisión y dos pantallas planas que parecen flotar sobre el escritorio junto a tres micrófonos. En la parte del fondo, una gigantografía grita en letras negras sobre amarillo Radio Planeta 107.7. Este es el lugar que ocupa Daniel Marquina, director de programación de la radio y conductor de Mañana Maldita. Frente a él, desde hace más de cuatro años, Gonzalo Torres aporta toda su capacidad de improvisación y carisma que lo caracteriza.
Son las seis. El cielo apenas clarea y Marquina lanza al aire la cuña de inicio del programa. Sentado junto al panel que promociona la radio, se coloca los grandes audífonos y saluda a Gonzalo, sentado frente a él. Augusto Robles, productor de la radio, merodea por la cabina, se sienta en el suelo, lee los periódicos del día desparramados sobre el panel de control. El show empieza. El tema para el día de hoy: Tu personaje favorito de ‘Chespirito’. Saludan a la audiencia y dan paso a la primera canción.


Hace cuarenta años, Gonzalo Torres arrancó su primera sonrisa cuando vino al mundo. Hoy en día, tras su genial personaje de ‘Gonzalete’ en Patacláun, la gente lo sigue recordando con cariño y con gran simpatía. Pero Gonzalo no solamente es ese querido cura fantasma que es como más se le recuerda. Él no solo hace comedia. Estudió publicidad en el Instituto Peruano de Publicidad luego de abandonar sus cursos de Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha grabado voces para comerciales, ha hecho obras de teatro, cine, televisión (no solo comedia, actualmente tiene un programa en Plus TV, A la vuelta de la esquina, con altos índices de sintonía), y desde hace poco más de cuatro años, conduce un programa de radio, Mañana Maldita. “Si yo tuviera que decidir entre la televisión, el teatro, la radio, la publicidad y el cine, yo me quedaría en la cama”, dijo entre risas en una entrevista con Henry Trauco para Terra. Felizmente, no lo hace.

Suena “all the things she said” de Tatoo. Daniel y Gonzalo se quitan los audífonos. Torres lee todos y cada uno de los diarios que están en la cabina. “Él es un lector compulsivo”, dice Marquina, “lo encuentras leyendo de todo, desde El Comercio o Wikipedia, diferentes cosas como por qué crecen cerezas en Malasia”. Luego de los diarios, comienza a leer una lista de ofertas de un supermercado.

La música acaba. Entra la cuña de inicio del diálogo. Hora de los anuncios, le toca a una universidad.
-Bueno, estamos hablando el día de hoy de tu personaje favorito de sheeespirito. A ver, aquí hacen memoria de un personaje que quizá sin saberlo, cuando éramos chibolos, nos calentó: Patty, que era linda, dicen aquí- Gonzalo está leyendo el foro.
-Patty, claro- dice Marquina.
-A mí me gustaba la tía de Patty- acota Augusto Robles.
-Claaaaro- dice Daniel-, la tía estaba fuertota.
Ya no tiene el cabello largo del ’92, cuando se inició actoralmente con el clawn. Ahora su cabello castaño está corto y parece peluquín. Tiene los ojos claros y casi no tiene mentón. Sus labios son delgados. Y, hoy por hoy, lleva el vientre en ese proceso de crecimiento al que los hombres estamos condenados al pasar los treinta y cinco. Si lo ves con detenimiento, parece una versión moderna de un monje misionero del Medioevo. Además de su gracia y carisma, a Gonzalo Torres lo caracteriza una nariz que parece ser demasiado grande para su rostro. “Érase una vez un hombre pegado a una gran nariz” le dijeron a Luis de Góngora. Gonzalo Torres del Pino es un gran hombre pegado a una gran nariz. Muy grande, por cierto.

Daniel pone la canción del Sport Boys. “No hay en el suelo chalaco un solo muchacho con más de un pulmón […]” dice la canción. Gonzalo, una mano en la barriga y la otra a la altura de su cabeza, danza el vals con una compañera imaginaria. Con muy buen ritmo, por supuesto. Son las ocho. Hora del desayuno. Torres va por él. Frituras en bolsa, galletas de vainilla y snacks.
-Acá debería haber una maquina de golosinas- se queja-, de golosinas y de café. He tenido que irme hasta afuera.
Se arma el festín y las manos de los tres en la cabina entran en uno y otro empaque. Ya a esta hora, las sonrisas abundan, hay visitas en la cabina de gente de otras radios de la Corporación Radial del Perú que es a donde pertenece Radio Planeta. Gonzalo es amable y es en realidad todo lo buena gente que su rostro de bonachón invita a creer. “Siempre está pensando en ayudar, en dar, en compartir”, dice ‘Papopa’, que así le dicen a Augusto Robles. Marquina dice que Gonzalo es un jugador de equipo y que siempre trata de hacer las cosas lo mejor posible. “Debe ser el único personaje público que a nadie le cae mal”.

-Él siempre anda con la sonrisa en la boca. Aunque parezca tímido al comienzo, dice Augusto Robles, cuando se suelta, es un cague de risa.
Daniel Marquina va probando algunas canciones de ‘Chespirito’ que podría usar de fondo mientras hablan en el programa. Suena una melodía muy conocida y una Florinda Meza con voz armónica y alegre canta En una laguna muy lejos de aquí, entre tulipanes un día yo vi a una patita cantando feliz, feliz
-“kuirikuikuí”- cantan en coro Daniel y Gonzalo.

Hincha acérrimo del Sport Boys del callao, club peruano de fútbol, celebró a lo grande el ascenso de su equipo a primera división. Es, además, un impulsador del respeto por lo propio, por Lima, principalmente. “El hecho de querer algo parte por conocerlo” dijo, alguna vez, en una entrevista con Juan Carlos Llanos para Entrevistas.com. La buena noticia es que debido a todo el trabajo que ha hecho y que hace, la gente lo conoce. Lo quieren.

-A ver, acá quieren que le mande saludos como Portola- dice Gonzalo, Portola es un personaje de Mañana Maldita interpretado por Daniel, que manda a comer gato y frejol colado para cantar bien. Es una versión caricaturesca de la cantante criolla peruana Bartola-. ¡Ah! Quiere que yo le mande saludos como Portola.
-Vamos, Torres, manda los saludos- Dice Marquina con una sonrisa socarrona.
-“Nooooo, mi amor. Un saludo. Ah! Qué cosa. Me llaman negra”
Siendo sinceros, su imitación más parece un Melcochita ronco.
-Aaaay, mi amor. ¿Cómo se te ocurre imitarme, mi cielo?- Esta vez, es la verdadera 'Portola', la voz de Daniel­. Gonzalo se ríe burlón, Daniel lo ha visto-. Dilo mi amor. Di qué te molesta.
-¡Cállate, oe! Mira, hasta las moscas se te paran- una mosca se ha filtrado a la cabina de la radio y se posa en el hombro de Marquina.
-¡Ay, es que soy una miel!
-¡Serás una miel…!
Entre risas, burlas, bromas y jodas, Gonzalo Torres, Daniel Marquina y Augusto Robles, se despiden del público luego de realizar su secuencia de Radios Malditas con Radio Camión, chacchando música, minutos antes de las nueve de la mañana. El lunes regresarán con un nuevo tema para divertirse con toda su gente: Yo lo tengo y tú no. Gracias a su curiosidad, tenemos un Gonzalo Torres y de seguro que es para rato.

Fuentes:
www.elcomercio.pe
Daniel Marquina, Director de programación de Radio Planeta.
Augusto Robles, Productor de Radio planeta.
www.Terra.com
www.wikipedia.com
Revista Gente, año 2007
www.radiocapital.com
www.planeta.com.pe
www.Sunat.gob.pe
www.entrevistas.com

martes, 3 de noviembre de 2009

Aguante de actor porno

Le París, un céntrico cine de Lima en la avenida La Colmena, proyecta películas para adultos todos los días del año, casi doce horas al día. Edson, un estudiante universitario, penetró sus entrañas por más de cinco horas viéndolo todo, oyéndolo todo, evitando llegar al final antes de tiempo.

Por Paul Medina Trejo

Personas masturbándose en público es una de las imágenes que Edson asoció siempre a un cine porno. Hombres y mujeres arreglándoselas para superar la incomodidad del pequeño espacio entre las butacas en poses exhibicionistas es otra. Estos pensamientos invadían su mente de niño cuando rogaba que el tiempo pasara más rápido y pudiera tener ya su DNI y con él acceso total a muchos lugares: bares, discotecas, cines para adultos. Pero, cuando ya lo tuvo, lo detenían las miradas de los caminantes que lo señalarían si ingresaba a algunos de estos lugares. Ahora, sin embargo, caminando por la avenida La Colmena, en el centro de Lima, traga saliva cada vez que pasa y vuelve a pasar frente al cine al que ha decidido entrar. Cruza de largo una y otra vez como un peatón más. Mira los rostros cada vez que cruza frente a las puertas del cine. Casi tropieza. Las veredas están rotas debido a las refacciones que realiza la municipalidad. El edificio en el que está el cine es inmenso. Tiene ocho pisos y es verde. Pero no del verde fosforescente que acompaña al anaranjado y rojo de los anuncios de su portón: “Super estrenos. 4 funciones continuadas”. Le recuerdan los anuncios de algún concierto de Chapulín, el dulce o Chacalón Jr. Frente al edificio Internacional, se encuentra levantada una puerta enrollable para ofrecerle satisfacción no solo a la curiosidad.

El cine Le París es uno de aquellos cines de la Lima antigua. Es uno más de esos cines de una sola sala que no pudo soportar la competencia de los multicines y que, resignado, tuvo que llenar el vacío de películas de estreno no otorgadas, debido a su única sala, con películas para adultos para no sucumbir al cierre. Era 25 de julio de 1952 cuando Le París abrió sus puertas. Entonces cobraba lo que hoy equivaldría a tres o cuatro soles. “Que un éxito creciente colme siempre los esfuerzos de esta gran empresa” dice la leyenda de la placa de la fundación a la espalda de la viga central de la entrada. No es sencillo verla. Con su capacidad de 240 personas, este gran cine tuvo su auge y caída paradójicamente en la misma década: los ochentas. Luego de estrenos famosos como Caníbal Holocausto o El Padrino, en 1985 debido a la crisis política que enfrentaba el Perú, Le París comenzó a proyectar películas de corte erótico para atraer a un público cada vez más escaso. El nuevo milenio fue recibido en esta sala ya con funciones continuadas de cine para adultos.

Mientras Edson atraviesa lentamente el umbral de la entrada a Le París, logra ver a una persona sumergida en la penumbra de la boletería. A más de 3 metros es casi imposible saber si es hombre o mujer, pero sí, que está muy entrado en años. Ya con la mano en el bolsillo buscando los cuatro soles que cuesta la entrada, ve que la señora, sin decir una palabra, coge las monedas sobre su repisa y le alcanza su ticket correspondiente. No parece que su cara pueda hacer gestos ya. Todo su rostro tiene más surcos que corteza de tronco y tantas líneas sus labios que parece tener muchas bocas. El cabello es totalmente cano y sus lentes muestran una inclinación por un estilo de épocas pasadas. A Edson, la señora no le pareció desagradable sobre todo porque no dio ningún indicio de juzgarlo. Con el ticket en la mano, se dirige hacia un par de puertas recubiertas de cuero rojo que se abren por el medio, entrada directa a la sala. Un hombre gordo y bigotudo, muy parecido a Mario Bros, le pide su comprobante. Está sentado sobre un banco que parece pedir ayuda. Su rostro oscuro es grasoso al igual que su pelo negro. Debe tener unos 45 años. Mira a Edson sobre sus lentes inclinados. Allí está, lo está juzgando.
-Me dijeron que se prohibía la entrada a mujeres solas- dijo Edson, tratando de hacer entender a Mario Bros que no solía entrar a ese tipo de lugares- ¿Es verdad?
-No hay ese tipo de restricciones aquí, quizá en otras salas, acá no.
-¿Qué tal dos hombres solos?
Mario sonríe.
-Bueno, acá puede entrar cualquiera con tal que pague su entrada y no haga problemas. Nosotros siempre estamos pasando con una linterna para ver que las parejas no hagan cosas indebidas.
Edson pasó saliva al recordar que no mencionaron ninguna pareja hombre mujer y que algo “indebido” podía suceder. Saborea arrepentimiento.
El gordo bigotudo sonríe convencido de que es la primera vez que el muchacho entra a alguno de estos lugares. Edson lo interpreta y también sonríe. Antes que él, dos jóvenes avanzan hacia la puerta roja. Es el momento decisivo. Junto al letrero que indica la capacidad de 240 espectadores, las puertas rojas se abren lentamente y un largo gemido salé expulsado de su interior.

-¡Pa’ su mare, nunca vi una chucha tan grande!- comenta uno de los muchachos que va delante de Edson. La puerta da pase a un pequeño pasadizo. Lo primero que ve es la gran imagen en la pantalla gigante: dos colores opuestos intentando mezclarse con un batir constante.
-Pucha, estos españoles de mierda que les gusta doblar las películas porno. Es recontra matapasiones- comentó el otro.
-Oe pero al final, la imagen es la misma, no?.
-Es que tú no sabes, pe’. Eres nuevo. Es mejor cuando la jerma grita en su idioma- se ríen.
Edson está detrás de estos dos que no dejan de hablar. Entra en la sala. Hay un terrible olor a vejez. A vejez y a cigarro. Los cinéfilos callan a los habladores. Es casi imposible ver. La entrada da directamente al centro de la sala. Hora de decidir. No se puede seguir de frente. El paso está cerrado por las butacas delanteras, ¿izquierda o derecha? Izquierda. Busca el camino iluminado al ascenso. Las escaleras están escoltadas por pequeños foquitos dentro de un tubo rojo. Iluminación de burdel, piensa Edson. Sonríe.
-¿Qué te pasa, tío?- habla un voz en off en la pantalla. Parece ser quien sostiene la cámara.
-No. No lo sé. De pronto no se me para. Sabes que es mi primera película. Estoy algo estresado, ¿vale?
-Está estresado y nervioso- dice la rubia arrodillada frente a él tratando, con ambas manos, de salvar la secuencia. Hay risas en la sala.
Edson está a la mitad del camino. No quiere subir más. Toma el primer asiento cerca de él, junto al pasadizo. Piensa que así podrá escapar más rápido. Un celular suena.
-Aló. No, no. Estoy en el hospital, el hospital- nuevamente risas.
Escucha muchos ruidos a sus espaldas. Las butacas, de cuero, crujen en las últimas filas. Comienza a golpear despacio el piso de madera. Está nervioso. Mira hacia el techo. Ve el proyector, es uno muy moderno. El pensó que aún estarían usando los aparatos gigantescos de proyección. La sala se ilumina en una butaca adelante, alguien prende un cigarrillo. Mira a su izquierda. Ve a un señor de unos sesenta años. Está comiendo algún piqueo mientras mira la película. Ahora a la derecha. Primero el pasadizo, más allá dos hombres separados por un asiento vacío. Uno bebe algo, el otro fuma. Las sombras salen y entran a través del pasadizo del centro. Sombras que se contraponen a la luz del ecran. Avanzan despacio, la mayoría son abuelos, algunos jóvenes pero todos hombres. De pronto, una cabellera larga recogida en una cola irrumpe en los pasadizos. En la pantalla, una señorita que dice tener una hija que vive en Bruselas se las arregla con otra chica. Alrededor, algunas manos varoniles van desapareciendo. “Es raro darse cuenta, en un lugar como este, que hay más diestros que zurdos”, piensa Edson.
Junto a él, de camino a la cima, pasa un joven de unos 25 años. Tiene unos botines blancos que terminan en punta, chompa verde con rayas blancas y una camisa blanca debajo. Sube despacio, mirando a ambos lados. Parece estar buscando a alguien. Pasa el sitio del muchacho y él vuelve a respirar.
La silueta femenina no es tan femenina ya. Tomó la senda derecha. Parecen patrullar la oscuridad.

El cine Le París tiene la mayor cantidad de clientes los sábados, domingos y hasta los lunes. Algunas veces se llena. Pero, no pasa a menudo ya que, la gente entra y sale de manera constante. Obviamente lleno no es con solo 240 personas dentro. La función va todos los días de once de la mañana a diez y media de la noche. Con los cuatro soles de la entrada un cliente puede quedarse, si quiere o puede, las once horas y media que dura la función. Junto a la entrada hay servicios higiénicos: urinarios, cabinas con puerta y sin puerta, como lo desee. Si tiene hambre, con comunicárselo a Mario Bros, podrá salir a comprar lo que desee y volver a ingresar para seguir viendo la función. Nada de marcas ni sellos, basta con un movimiento de mentón del gordo.

Todos en la sala miran hacia delante. Miran a la rubia cabalgar a todo galope, al parecer, sin darse cuenta que no avanza. Se oyen sonidos como besos en la parte de atrás. Pero, nadie voltea. Tampoco Edson. Un golpe en una butaca, parece que alguien se acomoda. Podría caerse el mundo en el fondo y, por un acuerdo tácito, nadie voltearía. Repentinamente, alguien toca el hombro de Edson. Él mira a su izquierda, es alguien del pasadizo. Tiene botas blancas de vaquero.
-Si quieres, te la chupo- susurra una voz masculina en su oreja.
Edson mueve bruscamente la cabeza, la aleja del vaquero. No dice nada. El joven de la chompa verde sigue su camino de descenso. Ya sabía que no aceptarían sus servicios. El tipo de los piqueos ahora está fumando. Nada ha pasado. Desde el fondo provienen sonidos de hebillas rítmicas. El muchacho intenta concentrarse en la rubia ahora en su faceta de muestra de avícola.

Cinco horas después de haber entrado, Edson decide que es hora de retirarse. Mira a la derecha, el abuelo sigue fumando. A la izquierda, un hombre duerme. Mas abajo hay hombres comiendo y fumando. Se pone de pie, mira las escaleras con las luces de burdel. Baja cuidadosamente y llega al centro. A su espalda, en la pantalla, una morena lanza gemidos teológicos. Abre la puerta roja y sale al hall del cine. Se despide de Mario Bros y sale a la calle. Hace frío afuera. Es invierno en Lima. Mete las manos al bolsillo y dirige sus pasos en La Colmena en dirección a Tacna. A lo lejos se oyen invitaciones para las barras de sol que ya abrieron sus puertas. Edson siente con los dedos una moneda en el saquillo. Claro, llevó cinco soles para la entrada.
-A sol la barra, A sol la barra. Habla, flaquito, ya empezó el baile, ah, sería doble función.
Bueno, qué mejor que una oferta para gastar un dinero que se pensaba ya gastado.

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