El sueño cerraba sus ojos, parado, rodeado de gente. Los triángulos que parecían de gimnasia eran su único sostén, su unico asidero a esa masa oscura que creaba para sí el velo en su mirada. Se detienen los vagones con un frenazo. Se abren las puertas. Se abren sus ojos. Y entre el cúmulo de gente, entra una joven con la mirada perdida, va directo hacia el lateral del vagón, apoya la espalda y mira el suelo, pestañea despacio. Está casi frente él.
Sus guantes eran negros y casi no se distinguía de su sobretodo. Se había maquillado poco ese día. Pero sus pestañas eran paraguas de unos bellos ojos tristes. Otro frenazo, la voz en el andén, suben dos, un hombre y