El Recuerdo estaba tumbado sobre una verde colina mirando hacia el cielo. Ambas manos tomaban su propia nuca haciendo con ellas una almohada para su descanso. Los músculos relajados, las piernas cruzadas, estaba descalzo. Más abajo, sobre su pecho, reposaba con una sonrisa muy sincera la Inocencia.
-A veces siento que no te merezco- dijo con calma el Recuerdo.
Levantó apenas la cabeza la Inocencia, no lo vio y se recostó nuevamente. Respiró un poco sobre su pecho, cerró los ojos.
-Me das miedo- susurró, tímida.
-Lo sé.
El Recuerdo tenía los ojos cerrados y sobre su oscuridad sintió que se posó una sombra. Abrió lentamente los párpados y vio parado junto a su cabeza al Miedo, tenía las manos en los bolsillos y esa mirada de autosuficiencia que no veía hacía meses. Él le sonrió.
Desde la espalda del Miedo y entre sus codos y su cuerpo salieron dos albos brazos, delicados, tersos. Se entrelazaron las manos sobre su pecho y junto a su hombro apareció hermosa la Decisión.
-Te has agitado- dijo la Inocencia que, tranquila, no se daba cuenta de nada.
El cielo estaba limpio, no obstruía nada la luz del sol. La brisa soplaba y mecía la hierba en la colina, mecía serena los cabellos de la Inocencia.
-No quiero que te vayas- dijo ella, tranquila, desde su pecho.
-Tú me dijiste "No hay un momento perfecto para olvidar" y me olvidaste- dijo el Recuerdo.
La Decisión abrazó fuerte al Miedo. La Inocencia abrió los ojos, pero no quiso verse en los ojos del Recuerdo. Se humedecieron sus pupilas, luego sus pestañas y finalmente sus mejillas.
-Viene siendo hora de que baje de la colina, que vaya a buscar al viejo a su cueva.
Ronroneaba quedita la Inocencia y haciendo un puño cerca a sus ojos, arrugó las ropas del Recuerdo.
-Te quiero, por favor, quédate.
El Miedo destrenzó los brazos de la Decisión que lo cogía por el pecho y mirando directamente a los ojos al Recuerdo, su autosuficiencia creció en sus labios y transformó en una sonrisa. La Decisión apoyó su mejilla contra la espalda ancha y fuerte del Miedo y cerró sus ojitos, su rostro la mostraba tranquila.
-Lo siento, pero es hora de que vaya a la cueva del viejo, allí a donde va lo que ya ha vivido.
Y entonces, el Miedo dio media vuelta y la decisión se puso de cuclillas y besó la frente del Recuerdo y cerrando los ojos se desvaneció tranquilo. Con el sopor de la tarde, la inocencia quedó posada sobre la hierba verde en la colina bajo el mismo sol. Despertó suavemente y sonrió porque sintió que ya nada le faltaba. La Decisión se presentó, le tendió la mano y la ayudó a ponerse de pie. Ese día, desde la cueva y saludando amistosamente el Recuerdo al Olvido con la mano, miró cómo las dos se volvieron amigas.
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