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jueves, 26 de noviembre de 2009

Gonzalo, ‘Maldito’ tres horas al día

Gonzalo Torres es un tipo de primera y el personaje que él representa para nosotros también es así, de primera: sin un segundo nombre, sin un segundo apellido. Es abogado a medias, publicista, pero sobre todo actor de teatro, televisión, cine, en fin, actor. Tiene el gusto de trabajar, divertir y divertirse, de comer papitas en bolsa de desayuno. Trabaja todas las mañanas, de lunes a viernes, pero asegura que cada día le gusta más. Mañana maldita, uno de los mejores programas de radio del Perú, disfruta de él desde hace poco menos de cinco años. El siguiente es un perfil de este multifacético personaje llamado Gonzalo Torres en la cabina de Radio Planeta, un viernes por la mañana.

Por Paul Medina Trejo

La cabina de radio Planeta es gris. Está revestida de una tela gruesa sujeta a la pared con tiras de madera que en conjunto forman varios cuadrados. Hay dos parlantes que rozan el techo. Es por allí por donde se escucha lo que sale al aire. Un aparato de aire acondicionado está a la altura de los parlantes, pero en una pared cerca de un gran vidrio, desde el que se ven las oficinas del establecimiento. Tienen también equipos de transmisión y dos pantallas planas que parecen flotar sobre el escritorio junto a tres micrófonos. En la parte del fondo, una gigantografía grita en letras negras sobre amarillo Radio Planeta 107.7. Este es el lugar que ocupa Daniel Marquina, director de programación de la radio y conductor de Mañana Maldita. Frente a él, desde hace más de cuatro años, Gonzalo Torres aporta toda su capacidad de improvisación y carisma que lo caracteriza.
Son las seis. El cielo apenas clarea y Marquina lanza al aire la cuña de inicio del programa. Sentado junto al panel que promociona la radio, se coloca los grandes audífonos y saluda a Gonzalo, sentado frente a él. Augusto Robles, productor de la radio, merodea por la cabina, se sienta en el suelo, lee los periódicos del día desparramados sobre el panel de control. El show empieza. El tema para el día de hoy: Tu personaje favorito de ‘Chespirito’. Saludan a la audiencia y dan paso a la primera canción.


Hace cuarenta años, Gonzalo Torres arrancó su primera sonrisa cuando vino al mundo. Hoy en día, tras su genial personaje de ‘Gonzalete’ en Patacláun, la gente lo sigue recordando con cariño y con gran simpatía. Pero Gonzalo no solamente es ese querido cura fantasma que es como más se le recuerda. Él no solo hace comedia. Estudió publicidad en el Instituto Peruano de Publicidad luego de abandonar sus cursos de Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha grabado voces para comerciales, ha hecho obras de teatro, cine, televisión (no solo comedia, actualmente tiene un programa en Plus TV, A la vuelta de la esquina, con altos índices de sintonía), y desde hace poco más de cuatro años, conduce un programa de radio, Mañana Maldita. “Si yo tuviera que decidir entre la televisión, el teatro, la radio, la publicidad y el cine, yo me quedaría en la cama”, dijo entre risas en una entrevista con Henry Trauco para Terra. Felizmente, no lo hace.

Suena “all the things she said” de Tatoo. Daniel y Gonzalo se quitan los audífonos. Torres lee todos y cada uno de los diarios que están en la cabina. “Él es un lector compulsivo”, dice Marquina, “lo encuentras leyendo de todo, desde El Comercio o Wikipedia, diferentes cosas como por qué crecen cerezas en Malasia”. Luego de los diarios, comienza a leer una lista de ofertas de un supermercado.

La música acaba. Entra la cuña de inicio del diálogo. Hora de los anuncios, le toca a una universidad.
-Bueno, estamos hablando el día de hoy de tu personaje favorito de sheeespirito. A ver, aquí hacen memoria de un personaje que quizá sin saberlo, cuando éramos chibolos, nos calentó: Patty, que era linda, dicen aquí- Gonzalo está leyendo el foro.
-Patty, claro- dice Marquina.
-A mí me gustaba la tía de Patty- acota Augusto Robles.
-Claaaaro- dice Daniel-, la tía estaba fuertota.
Ya no tiene el cabello largo del ’92, cuando se inició actoralmente con el clawn. Ahora su cabello castaño está corto y parece peluquín. Tiene los ojos claros y casi no tiene mentón. Sus labios son delgados. Y, hoy por hoy, lleva el vientre en ese proceso de crecimiento al que los hombres estamos condenados al pasar los treinta y cinco. Si lo ves con detenimiento, parece una versión moderna de un monje misionero del Medioevo. Además de su gracia y carisma, a Gonzalo Torres lo caracteriza una nariz que parece ser demasiado grande para su rostro. “Érase una vez un hombre pegado a una gran nariz” le dijeron a Luis de Góngora. Gonzalo Torres del Pino es un gran hombre pegado a una gran nariz. Muy grande, por cierto.

Daniel pone la canción del Sport Boys. “No hay en el suelo chalaco un solo muchacho con más de un pulmón […]” dice la canción. Gonzalo, una mano en la barriga y la otra a la altura de su cabeza, danza el vals con una compañera imaginaria. Con muy buen ritmo, por supuesto. Son las ocho. Hora del desayuno. Torres va por él. Frituras en bolsa, galletas de vainilla y snacks.
-Acá debería haber una maquina de golosinas- se queja-, de golosinas y de café. He tenido que irme hasta afuera.
Se arma el festín y las manos de los tres en la cabina entran en uno y otro empaque. Ya a esta hora, las sonrisas abundan, hay visitas en la cabina de gente de otras radios de la Corporación Radial del Perú que es a donde pertenece Radio Planeta. Gonzalo es amable y es en realidad todo lo buena gente que su rostro de bonachón invita a creer. “Siempre está pensando en ayudar, en dar, en compartir”, dice ‘Papopa’, que así le dicen a Augusto Robles. Marquina dice que Gonzalo es un jugador de equipo y que siempre trata de hacer las cosas lo mejor posible. “Debe ser el único personaje público que a nadie le cae mal”.

-Él siempre anda con la sonrisa en la boca. Aunque parezca tímido al comienzo, dice Augusto Robles, cuando se suelta, es un cague de risa.
Daniel Marquina va probando algunas canciones de ‘Chespirito’ que podría usar de fondo mientras hablan en el programa. Suena una melodía muy conocida y una Florinda Meza con voz armónica y alegre canta En una laguna muy lejos de aquí, entre tulipanes un día yo vi a una patita cantando feliz, feliz
-“kuirikuikuí”- cantan en coro Daniel y Gonzalo.

Hincha acérrimo del Sport Boys del callao, club peruano de fútbol, celebró a lo grande el ascenso de su equipo a primera división. Es, además, un impulsador del respeto por lo propio, por Lima, principalmente. “El hecho de querer algo parte por conocerlo” dijo, alguna vez, en una entrevista con Juan Carlos Llanos para Entrevistas.com. La buena noticia es que debido a todo el trabajo que ha hecho y que hace, la gente lo conoce. Lo quieren.

-A ver, acá quieren que le mande saludos como Portola- dice Gonzalo, Portola es un personaje de Mañana Maldita interpretado por Daniel, que manda a comer gato y frejol colado para cantar bien. Es una versión caricaturesca de la cantante criolla peruana Bartola-. ¡Ah! Quiere que yo le mande saludos como Portola.
-Vamos, Torres, manda los saludos- Dice Marquina con una sonrisa socarrona.
-“Nooooo, mi amor. Un saludo. Ah! Qué cosa. Me llaman negra”
Siendo sinceros, su imitación más parece un Melcochita ronco.
-Aaaay, mi amor. ¿Cómo se te ocurre imitarme, mi cielo?- Esta vez, es la verdadera 'Portola', la voz de Daniel­. Gonzalo se ríe burlón, Daniel lo ha visto-. Dilo mi amor. Di qué te molesta.
-¡Cállate, oe! Mira, hasta las moscas se te paran- una mosca se ha filtrado a la cabina de la radio y se posa en el hombro de Marquina.
-¡Ay, es que soy una miel!
-¡Serás una miel…!
Entre risas, burlas, bromas y jodas, Gonzalo Torres, Daniel Marquina y Augusto Robles, se despiden del público luego de realizar su secuencia de Radios Malditas con Radio Camión, chacchando música, minutos antes de las nueve de la mañana. El lunes regresarán con un nuevo tema para divertirse con toda su gente: Yo lo tengo y tú no. Gracias a su curiosidad, tenemos un Gonzalo Torres y de seguro que es para rato.

Fuentes:
www.elcomercio.pe
Daniel Marquina, Director de programación de Radio Planeta.
Augusto Robles, Productor de Radio planeta.
www.Terra.com
www.wikipedia.com
Revista Gente, año 2007
www.radiocapital.com
www.planeta.com.pe
www.Sunat.gob.pe
www.entrevistas.com

martes, 3 de noviembre de 2009

Aguante de actor porno

Le París, un céntrico cine de Lima en la avenida La Colmena, proyecta películas para adultos todos los días del año, casi doce horas al día. Edson, un estudiante universitario, penetró sus entrañas por más de cinco horas viéndolo todo, oyéndolo todo, evitando llegar al final antes de tiempo.

Por Paul Medina Trejo

Personas masturbándose en público es una de las imágenes que Edson asoció siempre a un cine porno. Hombres y mujeres arreglándoselas para superar la incomodidad del pequeño espacio entre las butacas en poses exhibicionistas es otra. Estos pensamientos invadían su mente de niño cuando rogaba que el tiempo pasara más rápido y pudiera tener ya su DNI y con él acceso total a muchos lugares: bares, discotecas, cines para adultos. Pero, cuando ya lo tuvo, lo detenían las miradas de los caminantes que lo señalarían si ingresaba a algunos de estos lugares. Ahora, sin embargo, caminando por la avenida La Colmena, en el centro de Lima, traga saliva cada vez que pasa y vuelve a pasar frente al cine al que ha decidido entrar. Cruza de largo una y otra vez como un peatón más. Mira los rostros cada vez que cruza frente a las puertas del cine. Casi tropieza. Las veredas están rotas debido a las refacciones que realiza la municipalidad. El edificio en el que está el cine es inmenso. Tiene ocho pisos y es verde. Pero no del verde fosforescente que acompaña al anaranjado y rojo de los anuncios de su portón: “Super estrenos. 4 funciones continuadas”. Le recuerdan los anuncios de algún concierto de Chapulín, el dulce o Chacalón Jr. Frente al edificio Internacional, se encuentra levantada una puerta enrollable para ofrecerle satisfacción no solo a la curiosidad.

El cine Le París es uno de aquellos cines de la Lima antigua. Es uno más de esos cines de una sola sala que no pudo soportar la competencia de los multicines y que, resignado, tuvo que llenar el vacío de películas de estreno no otorgadas, debido a su única sala, con películas para adultos para no sucumbir al cierre. Era 25 de julio de 1952 cuando Le París abrió sus puertas. Entonces cobraba lo que hoy equivaldría a tres o cuatro soles. “Que un éxito creciente colme siempre los esfuerzos de esta gran empresa” dice la leyenda de la placa de la fundación a la espalda de la viga central de la entrada. No es sencillo verla. Con su capacidad de 240 personas, este gran cine tuvo su auge y caída paradójicamente en la misma década: los ochentas. Luego de estrenos famosos como Caníbal Holocausto o El Padrino, en 1985 debido a la crisis política que enfrentaba el Perú, Le París comenzó a proyectar películas de corte erótico para atraer a un público cada vez más escaso. El nuevo milenio fue recibido en esta sala ya con funciones continuadas de cine para adultos.

Mientras Edson atraviesa lentamente el umbral de la entrada a Le París, logra ver a una persona sumergida en la penumbra de la boletería. A más de 3 metros es casi imposible saber si es hombre o mujer, pero sí, que está muy entrado en años. Ya con la mano en el bolsillo buscando los cuatro soles que cuesta la entrada, ve que la señora, sin decir una palabra, coge las monedas sobre su repisa y le alcanza su ticket correspondiente. No parece que su cara pueda hacer gestos ya. Todo su rostro tiene más surcos que corteza de tronco y tantas líneas sus labios que parece tener muchas bocas. El cabello es totalmente cano y sus lentes muestran una inclinación por un estilo de épocas pasadas. A Edson, la señora no le pareció desagradable sobre todo porque no dio ningún indicio de juzgarlo. Con el ticket en la mano, se dirige hacia un par de puertas recubiertas de cuero rojo que se abren por el medio, entrada directa a la sala. Un hombre gordo y bigotudo, muy parecido a Mario Bros, le pide su comprobante. Está sentado sobre un banco que parece pedir ayuda. Su rostro oscuro es grasoso al igual que su pelo negro. Debe tener unos 45 años. Mira a Edson sobre sus lentes inclinados. Allí está, lo está juzgando.
-Me dijeron que se prohibía la entrada a mujeres solas- dijo Edson, tratando de hacer entender a Mario Bros que no solía entrar a ese tipo de lugares- ¿Es verdad?
-No hay ese tipo de restricciones aquí, quizá en otras salas, acá no.
-¿Qué tal dos hombres solos?
Mario sonríe.
-Bueno, acá puede entrar cualquiera con tal que pague su entrada y no haga problemas. Nosotros siempre estamos pasando con una linterna para ver que las parejas no hagan cosas indebidas.
Edson pasó saliva al recordar que no mencionaron ninguna pareja hombre mujer y que algo “indebido” podía suceder. Saborea arrepentimiento.
El gordo bigotudo sonríe convencido de que es la primera vez que el muchacho entra a alguno de estos lugares. Edson lo interpreta y también sonríe. Antes que él, dos jóvenes avanzan hacia la puerta roja. Es el momento decisivo. Junto al letrero que indica la capacidad de 240 espectadores, las puertas rojas se abren lentamente y un largo gemido salé expulsado de su interior.

-¡Pa’ su mare, nunca vi una chucha tan grande!- comenta uno de los muchachos que va delante de Edson. La puerta da pase a un pequeño pasadizo. Lo primero que ve es la gran imagen en la pantalla gigante: dos colores opuestos intentando mezclarse con un batir constante.
-Pucha, estos españoles de mierda que les gusta doblar las películas porno. Es recontra matapasiones- comentó el otro.
-Oe pero al final, la imagen es la misma, no?.
-Es que tú no sabes, pe’. Eres nuevo. Es mejor cuando la jerma grita en su idioma- se ríen.
Edson está detrás de estos dos que no dejan de hablar. Entra en la sala. Hay un terrible olor a vejez. A vejez y a cigarro. Los cinéfilos callan a los habladores. Es casi imposible ver. La entrada da directamente al centro de la sala. Hora de decidir. No se puede seguir de frente. El paso está cerrado por las butacas delanteras, ¿izquierda o derecha? Izquierda. Busca el camino iluminado al ascenso. Las escaleras están escoltadas por pequeños foquitos dentro de un tubo rojo. Iluminación de burdel, piensa Edson. Sonríe.
-¿Qué te pasa, tío?- habla un voz en off en la pantalla. Parece ser quien sostiene la cámara.
-No. No lo sé. De pronto no se me para. Sabes que es mi primera película. Estoy algo estresado, ¿vale?
-Está estresado y nervioso- dice la rubia arrodillada frente a él tratando, con ambas manos, de salvar la secuencia. Hay risas en la sala.
Edson está a la mitad del camino. No quiere subir más. Toma el primer asiento cerca de él, junto al pasadizo. Piensa que así podrá escapar más rápido. Un celular suena.
-Aló. No, no. Estoy en el hospital, el hospital- nuevamente risas.
Escucha muchos ruidos a sus espaldas. Las butacas, de cuero, crujen en las últimas filas. Comienza a golpear despacio el piso de madera. Está nervioso. Mira hacia el techo. Ve el proyector, es uno muy moderno. El pensó que aún estarían usando los aparatos gigantescos de proyección. La sala se ilumina en una butaca adelante, alguien prende un cigarrillo. Mira a su izquierda. Ve a un señor de unos sesenta años. Está comiendo algún piqueo mientras mira la película. Ahora a la derecha. Primero el pasadizo, más allá dos hombres separados por un asiento vacío. Uno bebe algo, el otro fuma. Las sombras salen y entran a través del pasadizo del centro. Sombras que se contraponen a la luz del ecran. Avanzan despacio, la mayoría son abuelos, algunos jóvenes pero todos hombres. De pronto, una cabellera larga recogida en una cola irrumpe en los pasadizos. En la pantalla, una señorita que dice tener una hija que vive en Bruselas se las arregla con otra chica. Alrededor, algunas manos varoniles van desapareciendo. “Es raro darse cuenta, en un lugar como este, que hay más diestros que zurdos”, piensa Edson.
Junto a él, de camino a la cima, pasa un joven de unos 25 años. Tiene unos botines blancos que terminan en punta, chompa verde con rayas blancas y una camisa blanca debajo. Sube despacio, mirando a ambos lados. Parece estar buscando a alguien. Pasa el sitio del muchacho y él vuelve a respirar.
La silueta femenina no es tan femenina ya. Tomó la senda derecha. Parecen patrullar la oscuridad.

El cine Le París tiene la mayor cantidad de clientes los sábados, domingos y hasta los lunes. Algunas veces se llena. Pero, no pasa a menudo ya que, la gente entra y sale de manera constante. Obviamente lleno no es con solo 240 personas dentro. La función va todos los días de once de la mañana a diez y media de la noche. Con los cuatro soles de la entrada un cliente puede quedarse, si quiere o puede, las once horas y media que dura la función. Junto a la entrada hay servicios higiénicos: urinarios, cabinas con puerta y sin puerta, como lo desee. Si tiene hambre, con comunicárselo a Mario Bros, podrá salir a comprar lo que desee y volver a ingresar para seguir viendo la función. Nada de marcas ni sellos, basta con un movimiento de mentón del gordo.

Todos en la sala miran hacia delante. Miran a la rubia cabalgar a todo galope, al parecer, sin darse cuenta que no avanza. Se oyen sonidos como besos en la parte de atrás. Pero, nadie voltea. Tampoco Edson. Un golpe en una butaca, parece que alguien se acomoda. Podría caerse el mundo en el fondo y, por un acuerdo tácito, nadie voltearía. Repentinamente, alguien toca el hombro de Edson. Él mira a su izquierda, es alguien del pasadizo. Tiene botas blancas de vaquero.
-Si quieres, te la chupo- susurra una voz masculina en su oreja.
Edson mueve bruscamente la cabeza, la aleja del vaquero. No dice nada. El joven de la chompa verde sigue su camino de descenso. Ya sabía que no aceptarían sus servicios. El tipo de los piqueos ahora está fumando. Nada ha pasado. Desde el fondo provienen sonidos de hebillas rítmicas. El muchacho intenta concentrarse en la rubia ahora en su faceta de muestra de avícola.

Cinco horas después de haber entrado, Edson decide que es hora de retirarse. Mira a la derecha, el abuelo sigue fumando. A la izquierda, un hombre duerme. Mas abajo hay hombres comiendo y fumando. Se pone de pie, mira las escaleras con las luces de burdel. Baja cuidadosamente y llega al centro. A su espalda, en la pantalla, una morena lanza gemidos teológicos. Abre la puerta roja y sale al hall del cine. Se despide de Mario Bros y sale a la calle. Hace frío afuera. Es invierno en Lima. Mete las manos al bolsillo y dirige sus pasos en La Colmena en dirección a Tacna. A lo lejos se oyen invitaciones para las barras de sol que ya abrieron sus puertas. Edson siente con los dedos una moneda en el saquillo. Claro, llevó cinco soles para la entrada.
-A sol la barra, A sol la barra. Habla, flaquito, ya empezó el baile, ah, sería doble función.
Bueno, qué mejor que una oferta para gastar un dinero que se pensaba ya gastado.

lunes, 5 de octubre de 2009

Los cuatro P y el perro suicida

José, Francisco, Pedro y el Pelao forman parte ya del paisaje de bienvenida que ofrece Lurín a quienes se adentran a sus entrañas en busca de su tradición con aroma a fritura y pan recién horneado. A los asiduos asistentes no les sorprende ya el violento recibimiento que ellos dan en busca de obtener su atención. Para los nuevos es sorpresa. Para ellos cuatro, el chicharrón es cosa de todos los días al igual que para el perro marrón es esperar que los carros frenen para no matarlo.

Son las siete de la mañana de un domingo de invierno y José corre por llegar a tiempo al trabajo. “El lechón de oro” está a medio abrir y doña Hilda, la dueña del lugar, descarga las sillas de encima de las mesas de madera. Ella es una mujer robusta, con manos gruesas que el trabajo se encargó de darle. José arriba a su destino caminando a prisa.
—Por eso te botaron— le increpa a José doña Hilda.
—Ya pues, tía, todavía es temprano.
El joven es un estereotipo vivo del hombre de los andes peruanos: nariz ancha al igual que la espalda, pelo lacio y piel cetrina, los brazos gruesos, manos toscas y un modo de hablar que grita su origen ancashino, no sin mucho orgullo.
Ya a las ocho, llegan Francisco y Pedro respirando profundamente el olor a chicharrón que emana de la seguidilla de ventas del paradero Julio C. Tello a la entrada de Lurín.
A esa hora ya la Panamerica vieja se comienza a llenar de vehículos particulares ávidos de satisfacción del antojo de fin de semana. Un perro marrón, taciturno y viejo, cruza la avenida sin mayor cuidado, sin mirar, sin parar. Los carros frenan en seco y sin tocar el claxon, esperan a que el perro viejo termine de pasar con la lástima que emana de su cola inmóvil. La chicharronería “El cerdito” ya abrió sus puertas y lanza a la avenida a su jalador de consumidores, armado de un tridente de cocina con un pedazo de chicharrón clavado en la punta y servilletas en los bolsillos. Doña Hilda, atenta a todo, envía a José por madrugadores. Dos muchachas ayudan a la mujer en la cocina. El perro viejo vuelve a cruzar la calzada sin mirar y deteniendo autos a su paso, melancólico y desaliñado.
—Ya vaya vaya, que el “Pelao” sabe jalar. A ver si aprendes de él.
El “Pelao” es un cuarentón, de poca estatura pero fornido. Se abalanza sobre un auto que da apenas indicios de detenerse a contemplar los vapores de las ventas.
—Prueba no más, amiguita, sin compromiso. Si no ahora, para que regreses otro día.
Se sujeta del carro e introduce su tridente para dar a probar la exquisitez. Francisco y Pedro también se abalanzan al mismo carro con tridentes de diferentes tiendas y el primero mete el suyo por el mismo lugar que el Pelao. En el auto todos probaron el manjar pero deciden seguir el camino.
—Ya pe’, Pancho— que así le dicen a Francisco—si quieres, metete por la otra ventana— grita el Pelao mientras va hacia “El cerdito” en busca de más carnada.
—Ahí viene el Piurano—vocifera, entre risas, Pedro.
José trabajó en la chicharronería “Los piuranos” hasta hacía un par de meses, pero lo despidieron porque llegaba tarde, desde entonces venía ya su apodo de Piurano. Los cuatro, moscas a la miel, se trepan sobre una camioneta metiendo sus tridentes por las cuatro ventanas. Esta vez el conductor acepta y se va con el Piurano a “El lechón de oro”, quien sonríe satisfecho. Se oye un chirrido de llantas y el ambiente se llena de olor a hule quemado. El Piurano, Pelao, Pedro y Pancho guían sus miradas y ven a varios carros detenidos. Los curiosos se asoman a ver. El perro melancólico sigue cruzando la vieja Panamericana con su vida que le pesa sin prestar atención al peligro. Sigue el día con el perro de ida y vuelta y los cuatro jaladores atacando los carros que llegan a Lurín. La mañana va clareando, los aromas perduran y la tradición permanece.

miércoles, 27 de mayo de 2009

CRÓNICA DE UNA FISCALIZACIÓN (A ÚLTIMA HORA) DESARROLLADA

Fragmento de un trabajo de fiscalización. Constitución política y Legislación de las comunicaciones- año 2008, ciclo I —Rosemarie Rios y Paul Medina Trejo.
JUSTIFICACIÓN


Las municipalidades, al ser entidades del Estado que buscan una interrelación más estrecha con la sociedad, son importantes por cuanto esta función es la promoción del bienestar del grupo humano al cual sirve. Esta es una persona jurídica que posee autonomía, tanto económica como administrativa, pero que se rige de acuerdo a las leyes orgánicas del estado. Dado que su función está enteramente abocada a la comunidad, esta entidad debe ser punto de fiscalización por parte de la población.
Los pobladores de cada jurisdicción pagan impuestos, los cuales deben tener un fin específico al cual serán asignados, con un previo estudio de urgencia y necesidad. Para evitar irregularidades, estas entidades presentan sus portales a través de la Internet. Pero éstas, las municipalidades, deben, también, ser fiscalizadas de manera directa, pues es así como se hallan las irregularidades, ya que en los portales, estas instituciones presentan sólo lo que creen ellos los pobladores deben saber. El presente trabajo se aboca a indagar sobre la predisposición de la municipalidad para brindar información. El intento de trámite de una solicitud de datos administrativos puede llevar mucho tiempo si la entidad no pone de su parte para mostrarse transparente. Nosotros, quienes participamos de este trabajo de investigación, somos vecinos del distrito de San Martín de Porras en el cual se pueden hallar obras inconclusas en muchas áreas, por ello, decidimos acercarnos a la administración de los fondos para el financiamiento de dichas obras, como pobladores sin ningún tipo de información de trámites para averiguar qué irregularidades se presentan en el desempeño del servicio de atención para quien decide investigar un poco.
ANÁLISIS
Intentando aprovechar la ventaja que nos brinda la tecnología, al disminuir el tiempo que se emplea para obtener información, accedimos al portal de transparencia de la municipalidad. Nos dimos, pues, con la sorpresa de que dicha fuente de información no contaba con actualizaciones de la gestión vigente, por lo que, lejos de agilizar el trámite, nos desvió hacia una búsqueda improductiva, en la que no hallamos otra cosa que lo más superficial.
Nos apersonamos, posteriormente, a la edificación para pedir informes sobre cuáles son los pasos que debíamos seguir con la finalidad de poder obtener información sobre las obras que se están realizando en la actualidad en el distrito. No hallamos para este fin una oficina específica. Nos vimos sumergidos en un viaje de ventanilla a ventanilla. Una persona sentada en un módulo cualquiera fungía de representante de informes. Éste nos remitió a la Oficina de Recursos Humanos. En dicha oficina, hicieron de nuestro conocimiento su limitada competencia sobre el tema. Nos derivaron a la Oficina de Imagen Institucional. Allí, nadie nos prestó la mayor atención, lo que suponemos, pues, suele suceder con cualquiera que se apersone a este lugar. Tras obtener la atención parcial de la subgerente de comunicaciones, Sharon García, quien nos prometió redirigirnos hacia alguien que pudiera atendernos, tuvios que esperar largo rato a que dicha señora terminara una reunión. Ya que la hora del almuerzo se avecinaba, pedimos a quienes se hallaban aún en la oficina, nos pudieran brindar el horario de la señora subgerente de comunicaciones. Para nuestra sorpresa, según sus compañeros, ella no tiene horario de estancia en la oficina. Lo único que logramos conseguir fue la pintoresca revista informativa de la Municipalidad de San Martín de Porras, correspondiente al año 2008. En la cual se puede apreciar “lo mejorcito” de la gestión en curso (La revista está anexada al presente trabajo)
Unos días después, con la misma carta de presentación, un pedido de información sobre obras, fuimos derivados, por el mismo personaje en el módulo de informes, a una diferente oficina: Desarrollo Urbano. Encontramos en ese lugar, en primera instancia, una negativa a nuestro pedido debido a que no representábamos a ninguna entidad. Frente a nuestra insistencia, fundamento legal (habíamos llevado la ley de transparencia), y el berrinche de mi guapa compañera, quien nos atendía nos derivó a una ventanilla diferente, donde nos dijeron que dicha información sólo la brindaba el Gerente de la Oficina de Desarrollo Urbano, el ingeniero Luis Briceño. Sin embargo, al pedir razón de él, nos informaron que se encontraba en refrigerio. Era apenas mediodía. Tuvimos que suspender nuestra investigación pues el tiempo apremiaba y debíamos marchar a la universidad. Hasta ese momento, nadie había mencionado la Mesa de Partes.
Dos días más tarde, un día sábado, llegamos hasta la municipalidad, la cual estaba desierta. No encontramos ni al encargado de informes ni a su módulo. Una caseta de trámites administrativos internos nos fue de mayor utilidad que todas las oficinas que habíamos visitado. Una amable joven, quien parecía ser la asistente del asistente del gerente de alguna oficina burocrática, nos hizo de conocimiento la existencia de la Mesa de Partes, ante la cual, según su explicación, debíamos presentar una solicitud simple, redactada por nosotros mismos, requiriendo de manera precisa lo que queríamos. Lamentablemente, dicha oficina sólo atendía de lunes a viernes, de ocho a cuatro. Deberíamos regresar la semana siguiente.
El lunes, al llegar a la ventanilla de la Mesa de Partes, pudimos corroborar que la entidad a la cual fiscalizamos, la municipalidad de San Martín de Porras, no brinda los formularios específicos de trámite de requerimiento de información del cual nosotros fuimos informados en clase. Ingresamos una solicitud que obtuvimos por nuestra cuenta, esperamos media hora a que terminaran de ingresar dicha solicitud al sistema y nos dieran un comprobante de nuestra transacción (el cual está adjuntado en el presente). Aún estamos a la espera de la respuesta de nuestra solicitud.
Intentamos aprovechar el día y nos dirigimos hacia la Oficina de Desarrollo Urbano, esperando encontrar al ingeniero Briceño. Esta vez el trámite demoró aun más. Primero, nos dijeron que debíamos esperar a que él estuviera libre, ya que se encontraba en una reunión. Luego de nuestra insistencia, nos atendió su secretaria, quien verificó las preguntas que deseábamos hacerle al ingeniero nos dijo que el señor no podía atendernos, pero que hablaría con algún otro ingeniero que estuviera allí. Nos hallamos esperando nuevamente. Volvió a salir un empleado y nos dijo que nadie nos iba a atender, a que debíamos ingresar una solicitud en la Mesa de Partes para que alguien nos pueda brindar una entrevista.
A la salida de nuestro periplo burocrático, fuimos en busca de una ingeniero civil, alguien que no trabajara para el Estado, para que nos aclarara algunas dudas que teníamos sobre unos proyectos de financiamiento del año 2004, que fue lo único que hallamos en el portal (la entrevista está anexada en el presente).

Dos meses después del quince que sacamos por no tener anexada una respuesta, negativa o positiva, llegó a mi domicilio parte de mi pedido. Y arreglaron algunas pistas cerca de mi casa.

lunes, 13 de abril de 2009

XXXII

A Rosemarie, con afecto

Con tres nombres de pila,
menudita, sonríe sin esconderse.
Lacia u ondeada puede verse
moviendo las caderitas mientras camina.

Ya sea al hueco o a la cabañita, qué decisión.
Anda siempre poniéndole ganas.
De cuatro meses a dos semanas
y al final tres días para la fiscalización.

¡Ah! Chiquita, esa tu emoción,
como aquella vez que te vi:
“¿Así?, Javi. ¡Qué bueno!, amorcín.
No, nada. Le aumentaron la remuneración”

Qué decir de amistades relación.
Con Papi Aldi o con Tin-tin,
un par de panes y Chaplin
y ya tienes fans y afición.

Te embriagas rápido pero tú dale con el ron.
Un par de tapas y ya estás lista pa’ la siesta,
o si aspiras calor, con resaca en plena fiesta,
pero, dale, sigue el culipandeo ¡y contra dos!

Eres artífice de horarios,
ordenada y precavida.
Quizá por eso eres mi medida
porque en eso somos contrarios.

Y aunque pa’ la beca adversarios
bien nos damos una ayudadita.
Por eso, Rosemarie, amiguita,
muchas gracias por los calendarios.

XXVI

Pronto el aroma de tu recuerdo
Se acerca y aloja en mí
La pasividad con la que se deslizan los deseos
En el aura transparente de tu devenir
Tras cerrar los ojos y tan sólo sentir
Tu esencia vuelve pálida
Sin colores, sin sabores y sin fin
De tu cuello aquella frescura
A mi mente invade presurosa
De ti, de tu ser, aquel perfume
Que se une a mis recuerdos de locura
Como alcázar que defiende sin rodeos
Te ahuyenta celosa mi alma presta
Pero mi soledad armada de anti-ego
Te trae a mí, como sueño en mi siesta
Y entonces eres real
Cuando de todo soy yo creador
Yo te hago verdadera
Te veo y te siento frente a mí
Posas tus labios en los míos
Y te beso como por vez primera
Un susurro, un lamento
Y vuelven los recuerdos de primavera
Tras el comienzo de verano
Que se alejaron uno a uno los recuerdos
Vuelven pródigos y profanos
A aprovecharse del desmedro

Promesas cumplidas

El muchacho bajó parsimoniosamente las escaleras de madera hasta tocar la alfombra que revestía el primer piso de su casa. Estaba descalzo y vestía un pantalón jean y un polo blanco. Eran las seis de la tarde y había pasado media hora desde que se duchó. Era febrero y el sopor del calor limeño gobernaba la casa. Caminó a través del pasadizo que unía la cocina con la sala de estar. El timbre había sonado y el muchacho no esperaba a nadie. Caminó lentamente con las manos en los bolsillos hasta abrir la puerta, tan lento como había caminado.
— ¿Sí?
— Hola, Daniel.
— ¿Mariella?
Mariella había sido siempre una chica bastante ocurrente, además de alegre, pero siempre olvidadiza. A ella le gustaba gastarles bromas a sus amigos y en especial a Daniel, quien estaba siempre pendiente de cualquier niña que mostrara signos de desarrollo corporal. A sus quince años, Daniel se ocupaba de calificar, junto a su collera, a las niñas desde su balcón en su colegio. Mariella pertenecía a la collera de Daniel, naturalmente, era la única mujer. Ella solía andar más con los chicos que con las chicas.
—Son muy bobas —decía —. Solo piensan en que las ven los chicos y hacen de todo porque eso suceda, pero luego cuando un muchacho se les acerca se hacen las monjas— se burlaba, los demás solían reír con ella.
Daniel era más bien torpe con las chicas, claro, Mariella no calificaba como chica para él.
—Yo creo que las chicas deberían usar las faldas más cortas— dijo Jamir.
—Claro que sí —asintió presuroso Daniel—. Siempre lo he dicho, muy por encima de las rodillas.
—En primer lugar tú nunca has dicho nada parecido— intervino Mariella y Jamir y Miguel se rieron de Daniel—. Y en segundo lugar, en invierno hace mucho frío aquí, pero como ustedes no lo usan, no lo saben.
—Pero tú no deberías usar falda, deberías usar pantalón como nosotros, estás plana como una tabla y por eso te molesta— respondió Daniel, airoso.
—¿Para qué estar de otra forma, para atraer tontos como tú?
—¡Uy, pelea de novios! —dijo Miguel, burlón, mientras frotaba sus manos.
El papá de Mariella trabajaba en Tumbes, quién sabe en qué, ella nunca lo quiso decir. Su mamá trabajaba en la municipalidad de Jesús María y algunos días, después del colegio Mariella iba a buscarla y se iban a su casa a dos cuadras del lugar.
En clase de lengua, la clase más aburrida para la collera, Mariella escribió un intento de carta de amor en una hoja arrancada de su cuaderno. “Quizá me equivoque al escribir esto pero es que ya no puedo aguantar más” comenzaba la carta. Luego de terminar un pequeño trabajo de clase que dejó la maestra, Mariella, encargada de recoger los papeles, infiltró el escrito y lo puso sobre el pupitre de la profesora.
—Esto no es una pelea, Miguel, no seas escandaloso— obviamente, Miguel había hablado en tono elevado.
—Claro, además no creo que Daniel se fuera a pelear con una chica— intervino Jamir, sonriente.
—Ya les he dicho que ella no es una chica, está plana.
—Lo que pasa es que a ti te gustan las chicas super desarrolladas— Mariella pensó un momento— como la profesora de lengua— todos se rieron.
—La maestra Doris tiene las tetas en la cintura— gritó Miguel.
—Cállate— dijo Daniel—. Allí viene la profe.
Todos ingresaron al salón y tras ellos la profesora.
—Muy bien muchachos, saquen una hoja, van a hacer un pequeño trabajo, cuando lo acaben la delegada recogerá los trabajos y lo pondrá en mi pupitre.
La piel de Mariella estaba dorada por el sol y su melena negra llegaba a sus hombros descubiertos.
—Oye me voy a broncear más, ¿no vas a invitarme a pasar?
—Claro, discúlpame.
Daniel se hizo a un lado y la bella joven pasó.
—Qué elegante— dijo Mariella—. Jamir me dio tu dirección. Te hiciste humo todo este tiempo.
—Cómo has venido así sin avisar. Te habría ido a recoger al aeropuerto de haber sabido.
—Bueno, quería darte una sorpresa.
—Vaya sorpresa.
—Y, no es la única.
Luego de ya que los papeles descansaban en el pupitre de la profesora, el bullicio reinaba en el aula. La maestra Doris se colocó los lentes que le colgaban del cuello y se sentó. Comenzó a revisar uno a uno los trabajos.
—Ahora que la veo bien la profe no está tan mal— dijo Jamir.
—Sí, se ve sexy con los lentes— dijo Miguel.
—Vamos muchachos— interrumpió Daniel—, debe tener casi medio siglo en la tierra y además por algo se debe de haber quedado soltera todo este tiempo.
—Es que te está esperando— dijo Mariella, todos rieron.
En un momento, el tono de la conversación se fue tornando un poco menos festivo y entonces Mariella se animó a hablar.
—Muchachos, me voy a vivir a Tumbes. Me voy con mi mamá.
Todos la miraron con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? —murmuró por fin Daniel—. ¿Y por qué no habías dicho nada?
—Bueno, lo estoy diciendo ahora, me voy pasado mañana.
—¿Qué? —gritaron los tres. El salón quedó en silencio, la profesora miró sobre sus lentes al grupo.
—Lo siento, profesora.
—No puede ser, ¿por qué? ¡Estamos a medio año!
—Sí, pero papá quiere que nos vayamos ya.
—Y cuando vas a volver— dijo Daniel.
—No lo sé.
— ¿Pero por qué no nos dijiste antes?
—No lo sé.
— ¿Por qué no me dijiste antes? —dijo Daniel.
—No lo sé.
—¿Es que acaso ya no nos vamos a ver? —insistió subiendo el tono con la pregunta
—No lo sé— gritó Mariella.
El timbre de salida sonó.
—Pueden retirarse— dijo la maestra Doris.
Mariella cogió sus cosas, se paró presurosa y corrió hacia la puerta, detrás de ella corrió Daniel y la detuvo en el quicio de la puerta.
—Mariella, yo…
La muchacha tenía los ojos inundados de lágrimas. Daniel la miró con ternura por vez primera.
—Señor Alcántara, usted quédese un momento— dijo la maestra Doris.
—Sí, profesora, sólo un momento. Mariella…— la volvió a mirar—. Después de todo, llorar como una chica.
La niña sacudía sus hombros y se atoraba con su llanto.
—Haría cualquier cosa porque sonrieras, sabes, vamos, dime qué quieres que haga, lo que sea. — sonreía el muchacho.
Mariella esbozó una sonrisa, enjugó con las mangas de su blusa sus lágrimas y calmándose un poco pensó mirando al cielo, luego lo miró y sonrió otra vez.
—Ten una cita con la maestra Doris.
Daniel rió.
—Tendré una cita con ella, me acostaré con ella, viviré con ella si me juras que no me vas a olvidar nunca.
—Tonto no me voy a olvidar de ti.
—Júralo.
—Lo juro— se acercó y besó sus labios, luego salió corriendo.
Miguel y Jamir se acercaron a él y Miguel puso su brazo alrededor de los hombros de Daniel.
—Le ha crecido el trasero— dijo.
Daniel giró furioso y le plantó un puñetazo en la boca.
El ambiente en la sala estaba cargado, el verano limeño puede ser muy molesto algunos años.
—Así que no es la única sorpresa. Regresas a Lima después de cuatro años y sólo a darme sorpresas. ¿No quieres sentarte?
—La verdad es que pienso volver para que podamos conversar bien, ahora sólo estoy de paso, me están esperando afuera.
Daniel se asomó a la ventana.
—¿El carro rojo?¿Quién es?
—De eso venía a hablarte. Me voy a casar.
Daniel obscureció su semblante y caminó un poco por la sala.
—¿Así? ¡Genial!
—Sí, aún no tenemos fecha pero me voy a casar, es una persona genial, llevamos saliendo dos años y bueno, hemos decidido formalizar.
—Bien, bien, me parece genial.
—Si, bueno, ahora me tengo que ir, pero voy a estar acá por unos meses todavía así que ya tendremos tiempo de conversar, chao.
Mariella besó la mejilla de Daniel, caminó un poco y volteó a verlo.
—Ya ves que no me olvidé de ti—dijo, sonrió y luego salió. El joven cerró la puerta tras ella y miró a través de la ventana cómo se alejaba el carro luego caminó hacia el interior de la casa, descalzo sobre el piso alfombrado.
—Daniel, ¿quién era? Gritaron desde dentro de la habitación.
—Una vieja amiga.
—Oye muchacho, ¿quieres hacer el amor otra vez?
Daniel volvió a subir las escaleras
—¿Daniel?
—No, Doris, no estoy de humor.
El verano tenía aún un par de meses más para seguir sofocando a los limeños incluso con sus bochornos nocturnos.

DIRECCIÓN DEL AMOR

A Carmen Zulay Niño

Extraño, sí, tu sonrisa trémula
En ese tu bello rostro
oculto tras tus brazos acongojada
Siendo, muchacha bella, digna de ser amada
ámate a ti misma antes de amar a otro
No te menosprecies, niña de rizos definidos
q' unidos estaremos aunque alejados,
aún viéndonos en el recuerdo, en el pasado
dado q' no hay ahora juntos pues has marchado
Me has comentado de tu momento intranquilo,
del vilo de tu vida y de tu grito desesperado,
de tu imaginar q' no te quieren,
que te han olvidado
Linda niña, te recordaré,
te recuerdo y te he recordado
por no decir q' no te olvidé,
por no decir q' para mi nada ha cambiado
Aún imagino verte llegar
con tu belleza encantadora
y pedirte mi beso acostumbrado,
q' acercas tu rostro y tus labios sonrosados
y tras el beso, tu sonrisa acogedora
Recuerdo que cansada bostezabas
estirando tus delgados brazos
alcanzando el cielo en esperanza,
en tanto más abajo tu ombligo bostezaba
el q' yo tocaba con los dedos,
tu piel digna de alabanza
Q' linda eres, niña, aún sonrío al recordarte
con lápiz o lapicero, escribiendo Cazuni
por todas partes
chica fuerte y sentimental,
peliandera y no cobarde
de sonrisa suave, rizos lindos
q' más q' números prefiere el arte
ámate a ti misma , niña ,
que también he de amarte
Porque amar no sólo es besos y abrazos
es cuando sabes de alguien
y no puedes más q' alegrarte

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