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jueves, 18 de abril de 2013

Hoy recordé por qué soy feliz

Yo he regresado al pasado y no logré cambiar nada. Y tantas noches que perdí antes convenciéndome de que si regresaba en algún momento a ese 4 de abril del 92, a esas tarde-noches del 98,  a esa noche de verano del 2004, a esa biblioteca del 2010, lo reharía todo, lo arreglaría todo, si tan solo regresara sabiendo todo lo que sé, ja, por supuesto que lo corregiría y todo iría de maravilla. Anoche regresé en el tiempo y no hice una mierda.

Bueno, principalmente porque cuando estuve allí de regreso justo a donde quería, la sonrisa se me escapaba tanto de la felicidad de por fin actuar como hombre cuando la cobardía me ganó, que sabiendo que el momento es solemne, la cara me ganaba, la sonrisa me gana y ya estaba arruinando el futuro. Porque sucede que en el futuro, por poner un ejemplo, lo que viene a ser este mi presente, recuerdo que fui un pobre y triste estúpido que se rio en ese momento solemne en que tuvo la oportunidad de actuar como el hombre que siempre quise ser en ese momento (y que juro que soy hoy). ¡Maldita sea!

Y es que cuando, ¡zas! te encuentras de pronto allí viviendo en carne propia aquello de lo que solo te quedó el recuerdo, ¡ah! ¡lo quieres hacer todo! Yo quería hacerlo todo, por dónde empezar, lo primero: ¡recuerda, recuerda! ¿Qué va a suceder ahora? Era el colegio, ya, está bien ¿Ahora qué? Ya estoy de vuelta ¡qué hubiera querido corregir en el colegio? ¿Las notas? Eso toma tiempo, estoy en la carpeta, tengo a todos los amigos alrededor, todos somos flacos y tenemos cara de pavos. ¿Qué tenía que hacer? ¡Recuerda!

Volví a cruzar los brazos sobre mi pupitre, generé una oscuridad individual. Estaba junto a la pared, esa pared marrón oscura igual que las mesas individuales que nos había dado el gobierno anterior. Mesas, que dicho sea de paso, juntábamos de a dos. Estaba sentado junto a Oscar que conversaba con el resto de la mancha. Tenía mi pantalón gris rata, mi camisa blanca manga corta. Levanté la cabeza. Si estoy en el colegio, hay algo que ahora sí me atrevería a decir. Me paré.
-¿Qué pasa, señor Medina?- me dijo ‘Pompinchú’, uno de esos tipos sin profesión que se dedican a cuidar que ningún alumno salga del aula, esos tipos que parecen carceleros de los colegios nacionales.
-No, nada.
Casi salgo corriendo a buscarla. Por la ubicación del salón me di cuenta: estábamos en segundo de media. Claro, esta vez no cometeré los mismos errores: no le prestaré mis revistas porno a Coco porque luego me echará con la profesora de Lengua; no me dejaré expulsar por mala conducta (o sea, me portaré bien) y no jalaré los cuatro cursos que jalé (felizmente, Arte no contaba para marzo, sino, repetía el año).

Pero sobre todos los errores, no me callaré. Le diré a ella lo que siento y que sea la de Dios, no viviré con la incertidumbre. Pero, apenas toca el timbre de salida, no me es difícil acercarme a ella, conversarle, recordarle que somos amigos a pesar de que no hablamos mucho. Le ofrezco acompañarla a su casa y comienzo a pensar en nosotros. La veo y reconozco a una púber de apenas trece años. Pienso en mí mismo, en lo que soy hoy y me siento un pedófilo. Y comienzo a pensar en cómo podrá cambiar esto no solo mi vida, sino también la de ella ¡quizá no llegue a ser lo que es hoy! Yo le truncaría quizá ese futuro promisorio que tiene hoy por mucho que la aliente. Quién sabe. Y pienso mucho en los años que me faltan por venir que aún quisiera cambiar y pienso en todo lo que he hecho bien y que no me gustaría que fuese de otra manera y me cojo la cabeza y ella me coge por loco.
-Eres una niña-le digo.
-Soy mayor que tú, recuerdas- me dice – y ya desde hace muchos años.
Y me río como idiota. No recuerdo que me haya hecho alguna vez alguna broma. Me río porque ahora que tengo la oportunidad de cambiar todo lo que hice, que yo siempre juré que si existe, lo haría; no, no puedo hacer nada, porque a pesar de todo, me gusta cómo ha sucedido todo esto.

Cuando me despierto de ese sueño vívido, el sueño más vívido que he tenido, me doy cuenta que pude haberlo cambiado todo y que era posible dentro de la lógica de mi sueño, pero no pude, porque no quise. Así que hoy desperté alegre de que esté donde estoy.

¡Pero acaso podrías decirme que no te gustaría volver al pasado, sabiendo lo que sabes, para hacerlo esta vez, todo bien?

viernes, 12 de abril de 2013

Sí, soy culpable

 Está bien, lo acepto, soy culpable: suelo bromear en el peor momento. Justo cuando alguien más se pone serio (usualmente, seria) conmigo, lo único en que puedo pensar es que lo que acaba de decir es tremenda broma. Y la estupidez se me escapa de los labios en forma de sonrisa. Y hay que ver la que se arma…

Hace un tiempo, muy poco en realidad, fui con mi viejo a la casa del dueño de una de las fábricas para las que mi padre ofrece servicios de electricidad industrial. El tipo es un español buena onda, yo le pongo unos 75 años encima. Es cinta negra en judo, casado con una peruana y amante de plantar cualquier tontería en su jardín.

El día que llegamos a hacer la instalación, nos dimos de cara con un huertito cuyo principal atractivo eran unas delicadas, larguiruchas y verdes hojas de cebollas. El español, a quien mi hermana llama Don Juancito (se refiere mucho a él porque es ella quien realiza las cobranzas de los trabajos de mi padre), nos habló largo rato, orgulloso, de su planta.

Ahora bien, yo no soy de creer eso de que para plantar cosas hay que tener ‘buena mano’, solo hay que ser responsable y dar los cuidados adecuados. Pero, a todas luces y a pesar del esfuerzo en su jardincito fuera de su cuarto, mi padre no logra que crezcan ni los bichos que se alimentan de las hojas.

Don Juancito quería iluminar su huerto, que estaba a la intemperie, para poder enamorar a sus cebollas incluso en la noche. Mi padre lo haría realidad. Uno de los pilares que sostendría uno de los faroles, sin embargo, estaba prácticamente encima del huerto del español. Yo imagino que fue por eso que en una de las veces que mi padre saltó, cayó de lleno sobre las princesas de Don Juancito. Juraría que escuché un  ¡Ay! desde dentro de la casa apenas mi viejo levantó las botas de las plantas y como por arte de magia, el español apareció pero no disgustado, más bien con cara de que se lo veía venir (parecía un poco obvio por cómo estaba dispuesto todo, en fin)

-qué pasó con mis cebollas- pregunta sabiendo la respuesta, estaban magulladas, ya no florecerían, ya no darían frutos y tenía al culpable en frente.
-ellas comenzaron- arguyó mi padre. Y sonrió.
Y yo que por mucho tiempo me preguntaba de dónde me salía hacer bromas tontas en los peores momentos. A veces pienso que lo hizo de pura envidia, pero no… no creo.

Chandler fue siempre el mejor de Friends. El tipo es hilarante. Pero le sucede lo que a mí: se me ocurren tonterías cuando no debería. Esos instantes en los que los tipos maduros se quedan callados o utilizan las frases prefabricadas por la sociedad como ‘lo siento’, ‘lo lamento’  o algo así, no, a nosotros, los tarados crónicos, se nos ocurre lo que consideramos la mejor broma, el mejor juego de palabras que esperamos que con una mágica sonrisa se solucione todo. Obviamente, no funciona.

Y sin embargo, seguimos empecinados. Nos entercamos, si nos lo aguantamos de decirlo de tanto que se quejan siempre nuestros interlocutores (en su mayoría, interlocutoras), nos delatan los labios con una risa que se escapa malagradecida. Y siempre parece burla, pero no los es. No lo es. Es esa inquebrantable necesidad de sentirse estúpido y reírse de uno mismo que termina pareciendo que nos reímos del otro.

Creo que deberían empezar a buscar la cura para esta enfermedad. A veces pienso que es una buena cachetada, pero luego recuerdo tantas que he recibido y aún sigo, que no creo.

miércoles, 10 de abril de 2013

Las sonrisas dibujadas

Cuando niño, me encantaban los circos y las cuerdas flojas y las mujeres elásticas y los malabares. Pero luego uno crece y se da cuenta de que ha perdido interés. Siendo sinceros, muchos solo ponemos cara de que no, pero en realidad vivimos todos en un circo y aunque ya no nos limitemos bajo unas grandes carpas multicolores, aún me encantan las mujeres elásticas, y yo mismo he aprendido unos que otros malabares para quedarme en la chamba y sortearme la cuerda floja. En fin.

También resulta que a cada tanto se encuentra uno con cada payaso. Y hasta uno mismo muchas veces sonríe con los labios y no con los ojos. Retomamos viejas manías, bebemos hasta tener roja la nariz y despilfarramos chistes de los que sobrios no nos reiríamos (nos reiríamos más de quien lo cuenta). Algunas veces no somos capaces ni de levantar nuestro propio peso con tan solo nuestras propias fuerzas y hay días en los que sientes que puedes cargar el mundo en tus hombros. En fin.

Ya no se ve animales que aprendieron ridículos números circenses. Pero en este circo que es la vida, claro que los hay, siempre hay un mono que aprendió a preparar café para que le suban el sueldo y le cambien el título aunque el hocico le apeste a boca de calzado. Siempre hay reptiles que andan al acecho, meticulosos sus movimientos, mientras fingen estar estáticos como maderos. Te sonríen para que no te des cuenta, rastreros. Y de pronto un día ¡zas! Te echan con el jefe que te levantas a la fotocopista (que para arruinarlo todo, la perseguía también él). Malditos sean. Ahora tengo que buscar trabajo.

De todos los artistas que había en los circos, el que siempre me pareció más humano fue el payaso. Y era porque no solo estaba en el circo, también podías encontrártelo en la fiesta del amigo, rodeado de caramelos y globos multicolor, sonriendo, tomándole el pelo a los adultos. Pero cuando llegaba el intermedio, se convertía en un hombre con la cara pintada, desaparecía la magia mientras aspiraba ese cigarro que se encendía con nostalgia, apoyados los codos en la nada, la mirada siempre en el suelo. Siempre que iba a una fiesta con payaso, esperaba ese momento en el que la chiquita con minifalda decía ya regresamos y ponían música de casetes. Era entonces cuando el payaso escabulléndose entre la cocina, se quitaba la peluca, la nariz roja y salía al aire libre a fumar un cigarro, a recordarse que era un hombre, a recordarse que era adulto, que estaba bien lo que hacía, qué se yo, en qué pensaría. Yo me sentaba detrás, o los miraba escondido tras una pared. Siempre me parecieron melancólicos mientras no se dieran cuenta. Un payaso fumando ¡qué imagen!

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