Me has regalado ya muchos calendarios donde están marcadas cada vez más lejos las fechas de aquellos días que junto a ti parecían feriados. Y voy a confesarte algo: me gustas. Sé que quizá es un poco tarde, y no porque hoy cumplo treinta, sino porque te casas y decidiste invitarme.
Mientras me anudaba la corbata pensaba en qué me estaba metiendo. Voy a ahogarme con la pena, sé que la impotencia en mi contra me tomará el cogote gritándome ¡por qué carajos la dejaste, mírala, hermosa ahí, mírala! Y yo sonreiré mientras tú le regalas esa hermosa sonrisa a otro, mientras dices sí y mis entrañas griten no.
Mis manos, en automático, hicieron un nudo de horca con mi corbata. Creo que mejor la llevo así. Quizá me ahorre algunos minutos después.
Hasta antes de tu email, estaba todo bien. Había amanecido un día soleado ¿recuerdas cómo me gustan? Salí sin zapatos a comprar el pan a la señora de la esquina. La vereda estaba tibia y el viento templado. ¿Recuerdas que no te gustaba que caminara así y que yo trataba de convencerte de que así era uno más libre? Me preparé ese café negro que tanto odiabas y tanto adoro yo. La mañana parecía perfecta como para hacerte enojar. Pero no me había acordado de ti porque el tiempo había hecho bien su trabajo.
Sinceramente estuve pensando en no venir. Siento malestar en la barriga de solo pensar que te casas y que no es conmigo. Sé que los matrimonios no son el final ya ni en Disney, pero esto significa definitivamente un punto en esta historia no contada (no sé si final, pero por lo menos un punto aparte).
Cuando abrí la laptop y todo abrió automáticamente, me sentía el rey del mundo: estaba donde quería, vivía sin sobresaltos, era feliz. Era feriado, me acuerdo. Después de quemarme con el café por la sorpresa, después de manchar la mesa, de mojar el aparato, sacudí de mi mano el líquido y me acerqué a la pantalla a leer nuevamente ¡Claro que había entendido! Cuando comencé a buscar en qué parte salía la broma, me enteré de que no tienes mi número, que no te había dicho que me mudé, que desde que conociste al idiota ese, actuaba un poco distraído y distante.
Reconozco que me alejé y no supe nada de ti debido a eso. Así que vine. Sabes que de todas maneras vendría. Y vine para ser ese amigo aburrido que solo bebe sentado a un lado de todo, ese que mira y trata de desaparecer, ese que solo tiene ojos para la novia, ese que esquiva la mirada cuando ve al novio. Lo odio. Y lo odio porque ese podría ser yo si tan solo no hubiese dejado que nuestras diferencias nos volvieran diferentes. Pero ya ves, las cosas están así: tú de blanco cogiendo otra mano, yo sentado con un nudo de horca en la corbata.
¿Recuerdas que caminábamos por esos pasajes de Surco que nunca parecen tener líneas rectas, que es un laberinto de pistas curvas que no se puede atravesar sin conocer? Así es el amor. Así fue nuestro amor. No como este tipo con su corte de niño bueno y su amor tipo Centro de Lima.
Y sin embargo le sonríes y le dices que sí y miras hacia donde estamos todos y yo soy solo parte de la masa ¡Estás tan hermosa! Todos son alegres, todos menos uno. Lo siento, no puedo ser feliz por ti porque me duele. Todos ríen y yo solo quiero llorar. Cojo con fuerza mi corbata y no me atrevo.
¡Nunca te vi llorar de felicidad y mírate ahora! ¡Ahora siento envidia de ti, de tu felicidad, de tu rostro rojo y lloroso!
Si tan solo me hubiese animado a decirte lo que siento, pero la verdad es que desde que supe que preferías a cualquier antes que a mí, me destrozó el corazón. El universo solo juegas conmigo.
No voy a dejarte esta carta hoy porque es un día especial y no quiero arruinártelo con una confesión desfasada de un amor caduco. Igual, ya sé que tú sabías lo que sentía por ti porque siempre fue obvio para todos. Así que solo haré una bolita de papel o un barquito de papel y lo aventaré a ese mar que es el secreto mal guardado allá, en ese lejano mundo llamado olvido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario