Y las luces se apagan tarde. Y mi novia y yo volvíamos a las salas tras mucho tiempo y solo queríamos ver la película de terror que decíamos veríamos. Y... ¿en qué me quedé? ah! sí. Y las luces se apagaron. Lentamente por supuesto. Y nosotros nos veímos y reíamos con la travesura de ingresar comida de fuera. No está permitido eso, por eso es una travesura, sabes.
-Lo sé. No necesitas explicarlo, no es que nunca haya ido al cine.
-Bueno, lo mismo da. Lo que uno debe o no debe hacer en el cine ya lo sabe incluso...
-Ya callate. Mejor sigue con lo del principio. Mirabas tú a tu novia...
-No, bueno. Nos mirábamos ambos.
-Ya, que lo misma da.
-Bueno. Y apenas comienza la función, comienza también la joda. La gente que llega tarde, como en todas partes no puede entrar en silencio, sino que como si lo fueran a ver gritan y ríen a carcajadas. Y lo peor es que se enfrentan a quienes buscan orden. ¡Maldición!
-Ya, ¿y?
-¿Cómo y? ¿te parece poco?
-No, hombre, qué problema. Que sigas quise decir.
-Detrás de nosotros se sentó una pareja. Y el hombre era una mierda. Parece que por querer dárselas de que la pela no le daba miedo se reía en las mejores partes de la película y jodía y jodía. ¡Ah! pero la mujer no se queda atrás. Que parece que le gustó tanto la primera vez (que probablemente fue sin el hombre para disfrutarla) que regresó con él para que no la disfrutara el resto.
-¿Por qué, qué hizo ella?
-Pues narrar la historia. Y qué mal la contaba, pues, que la narró desde el final al principio. ¡Hija de puta! Pero su pena será que se quede con ese desgraciado.