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lunes, 1 de junio de 2020

No hay estatus que aguante la ausencia

Hay alas que merman el vuelo,
hay impulsos que solo logran un golpe más atroz.
Hay saltos que parece que llevaran al cielo,
pero no son más que solo una farsa feroz.

¿Dónde están, amigos reales?
Me duele, hoy. Me duelen.
Porque tengo vacíos existenciales.
Porque sus rostros en mi mente se disuelven.

Lo único auténtico hoy es una sombra,
y lo único real es el vacío,
es las ganas de esperar a la jauría envuelto en frío,
y no morir en sus fauces por una acción repentina.

Y sin embargo, no hay estatus que aguante la ausencia.
No hay distancia lo suficientemente corta.
No hay amores que reemplacen la presencia
de lo que una amistad presente aporta.

Y sin embargo, las memorias se me acaban.
No están sus nombres en mis historias de hoy en día.
No tengo más recuerdos de los amigos que tenía
que la realidad de esta ausencia de “los que siempre estaban”.

¡Dónde estás, mano amiga,
para decirme dónde están mis amigos! 

Hoy no descifraremos el origen de los refranes
mientras creamos anécdotas y melodías 
Hoy no hay más ramen con soju al final del día 
Hoy no hay más danza de Chaplin y los panes.

Me duelen. 

Y lo peor, acaso, de todo este enredo 
Es que los necesito a ustedes para contárselos!
Pero, esta vida perra al mismo tiempo 
se los lleva prestados sin pensar en devolverlos 

Y no puedo decirles a ustedes, mis confidentes, 
Que hoy son ustedes la confidencia
No puedo decirles a mis amigos extraordinariamente diferentes
Que en mi mundo hay hoy una triste diferencia

sábado, 23 de mayo de 2020

Sí, soy culpable

Está bien, lo acepto, soy culpable: suelo bromear en el peor momento. Justo cuando alguien más se pone serio (usualmente, seria) conmigo, lo único en que puedo pensar es que lo que acaba de decir es tremenda broma. Y la estupidez se me escapa de los labios en forma de sonrisa. Y hay que ver la que se arma…

Hace un tiempo, muy poco en realidad, fui con mi viejo a la casa del dueño de una de las fábricas para las que mi padre ofrece servicios de electricidad industrial. El tipo es un español buena onda, yo le pongo unos 75 años encima. Es cinta negra en judo, casado con una peruana y amante de plantar todo en su jardín.

El día que llegamos a hacer la instalación, nos dimos de cara con un huertito cuyo principal atractivo eran unas delicadas, larguiruchas y verdes hojas de cebollas. El español, a quien mi hermana llama Don Juancito, nos habló largo rato, orgulloso, de su planta.

Yo no soy de los que creen eso de que para plantar cosas hay que tener ‘buena mano’, solo hay que ser responsable y dar los cuidados adecuados. Pero, a todas luces y a pesar del esfuerzo en su jardincito fuera de su cuarto, mi padre no lograba entonces que crecieran ni los bichos que se alimentan de las hojas. Ya ven que hay eso de que algunas son de sol y otras de sombra y que hay que regarlas algunas mucho y otras opoco y otras tantas indicaciones complicadas. Mi padre, creo yo, iba más por el poder de la naturaleza: tú eres planta, te pongo en maceta, vamos ¡Crece! y bueno… hasta entonces, la naturaleza no lo consentía.

Don Juancito quería iluminar su huerto, que estaba a la intemperie, para poder enamorar a sus cebollas incluso en la noche. Mi padre lo haría. Uno de los pilares que sostendría un farol estaba justo encima del huerto. En una de esas que papá bajó de la escalera en la que trabajaba, tambaleó un poco y cayó de lleno sobre las princesas de Don Juancito. Juraría que escuché un  ¡Ay! desde dentro de la casa apenas mi viejo levantó las botas de las plantas y como por arte de magia, el español apareció.
-¿Qué pasó con mis cebollas?- preguntó mirando la escena del crimen. Tenía al culpable en frente.
-Ellas comenzaron- dijo mi padre - jejeje
Desde entonces sé de dónde salió el alivio cómico para este tipo de situaciones. A veces pienso que le hizo eso a las plantas de pura envidia, pero no… no creo, no?

Para mí, Chandler fue siempre el mejor de Friends, esa sitcom gringa de los 90s. El tipo es hilarante. ¡Me siento tan identificado! Le sucede lo que a mí: se me ocurren tonterías cuando no debería. Esos instantes en los que los tipos maduros se quedan callados o utilizan las frases prefabricadas por la sociedad como ‘lo siento’, ‘lo lamento’  o algo así, no, a nosotros, los tarados crónicos, se nos ocurre lo que consideramos la mejor broma, el mejor juego de palabras que esperamos que con una mágica sonrisa se solucione todo. Obviamente, no funciona. Bueno, a veces sí. Ya ven que nos solemos rodear de quienes nos celebran.

Y sin embargo, seguimos empecinados. Nos entercamos, si nos lo aguantamos de decirlo de tanto que se quejan siempre nuestros interlocutores (en su mayoría, interlocutoras), nos delatan los labios con una risa que se escapa malagradecida. Y siempre parece burla, pero no los es. No lo es. Es esa inquebrantable necesidad de sentirse estúpido y reírse de uno mismo que termina pareciendo que nos reímos del otro.

¿Saben lo que sufría yo al no poder contener la sonrisa en la oficina del director mientras me regañaba?

Creo que deberían empezar a buscar la cura para esta enfermedad. A veces pienso que es una buena cachetada, pero luego recuerdo tantas que he recibido y aún sigo, que no creo.

Los más leídos!