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jueves, 31 de enero de 2013

Las vidas que vivimos (II)



El Recuerdo estaba tumbado sobre una verde colina mirando hacia el cielo. Ambas manos tomaban su propia nuca haciendo con ellas una almohada para su descanso. Los músculos relajados, las piernas cruzadas, estaba descalzo. Más abajo, sobre su pecho, reposaba con una sonrisa muy sincera la Inocencia.

-A veces siento que no te merezco- dijo con calma el Recuerdo.
Levantó apenas la cabeza la Inocencia, no lo vio y se recostó nuevamente. Respiró un poco sobre su pecho, cerró los ojos.
-Me das miedo- susurró, tímida.
-Lo sé.
El Recuerdo tenía los ojos cerrados y sobre su oscuridad sintió que se posó una sombra. Abrió lentamente los párpados y vio parado junto a su cabeza al Miedo, tenía las manos en los bolsillos y esa mirada de autosuficiencia que no veía hacía meses. Él le sonrió.

Desde la espalda del Miedo y entre sus codos y su cuerpo salieron dos albos brazos, delicados, tersos. Se entrelazaron las manos sobre su pecho y junto a su hombro apareció hermosa la Decisión.
-Te has agitado- dijo la Inocencia que, tranquila, no se daba cuenta de nada.
El cielo estaba limpio, no obstruía nada la luz del sol. La brisa soplaba y mecía la hierba en la colina, mecía serena los cabellos de la Inocencia.
-No quiero que te vayas- dijo ella, tranquila, desde su pecho.
-Tú me dijiste "No hay un momento perfecto para olvidar" y me olvidaste- dijo el Recuerdo.
La Decisión abrazó fuerte al Miedo. La Inocencia abrió los ojos, pero no quiso verse en los ojos del Recuerdo. Se humedecieron sus pupilas, luego sus pestañas y finalmente sus mejillas.
-Viene siendo hora de que baje de la colina, que vaya a buscar al viejo  a su cueva.
Ronroneaba quedita la Inocencia y haciendo un puño cerca a sus ojos, arrugó las ropas del Recuerdo.
-Te quiero, por favor, quédate.
El Miedo destrenzó los brazos de la Decisión que lo cogía por el pecho y mirando directamente a los ojos al Recuerdo, su autosuficiencia creció en sus labios y transformó en una sonrisa. La Decisión apoyó su mejilla contra la espalda ancha y fuerte del Miedo y cerró sus ojitos, su rostro la mostraba tranquila.
-Lo siento, pero es hora de que vaya a la cueva del viejo, allí a donde va lo que ya ha vivido.
Y entonces, el Miedo dio media vuelta y la decisión se puso de cuclillas y besó la frente del Recuerdo y cerrando los ojos se desvaneció tranquilo. Con el sopor de la tarde, la inocencia quedó posada sobre la hierba verde en la colina bajo el mismo sol. Despertó suavemente y sonrió porque sintió que ya nada le faltaba. La Decisión se presentó, le tendió la mano y la ayudó a ponerse de pie. Ese día, desde la cueva y saludando amistosamente el Recuerdo al Olvido con la mano, miró cómo las dos se volvieron amigas.


miércoles, 30 de enero de 2013

El Por qué de las cosas


Jamás completé un álbum de figuritas. Nunca canjeé ningún premio por coleccionar. Lo que pasa es que el entusiasmo siempre me duró muy poco. La cuestión con los álbumes siempre me pareció que debía ser algo personal, algo propio. Pero en mi casa, nada era personal. Si había algo que pudieran hacer dos manos, terminaban metidas todas las de mis hermanos. Y somos cuatro.
En los noventa, no había álbum que no empezáramos. Regresábamos corriendo del colegio con un sobrecito de cinco figuritas sin abrir, la mochila que nos llegaba hasta casi las rodillas no disminuía nuestra carrera y cuando llegábamos era comenzar a rogar al azar. Oh, azar, que nos toque de las que no tenemos.
Frente al colegio había muchas de estas señoras que venden chucherías en el piso, todo sobre un gran plástico azul cuyas puntas aguantaban con piedras para que no se las lleve el viento. Y vendían muñequitos de papel recortables, chipitaps, rotataps, pistolas de plástico con balines, ligas, canchita popcorn con ají, papita rellena (de cebolla china) a veinte céntimos, pequeños tubitos de grajeas, sachets con manjar blanco, caramelos de peritas… en fin. Todo. Y también tenían el álbum y las figuritas de lo que estuviera de moda.
Con el que empezó todo este alboroto en casa fue el álbum “El por qué de las cosas” y lo compró mi papá. Mi viejo es un tipo que si pudiera, se sentaría a enseñarte todo lo que sabe en un día. Le encanta aprender, pero sospecho que le gusta más enseñar. Quien recibió el regalo fue Raúl, mi hermano mayor, pero ya a esa edad sabía que lo terminaríamos por coleccionar entre todos.
Entonces, los sobrecitos costaban treinta céntimos que era más o menos la propina conjunta de mis dos hermanos mayores y la mía. Sí, bueno.
Cuando en casa llegábamos sudorosos con los sobres en la mano y nos encontrábamos con mi padre para almorzar, mi padre sonreía. Pero, no sé si era por ver la inocencia de sus hijos o porque ya sabía que hay figuritas que nunca salen.
Nos juntábamos los tres (mis dos hermanos mayores y yo, porque mi hermana menor era muy pequeña entonces) alrededor del álbum, nos mirábamos a las caras. Si teníamos más de un sobre, los repartíamos lo más equitativamente posible para que cada uno abriera uno, pero si solo teníamos un único sobre, definitivamente quien debía abrirlo, era Ángelo, el hermano con más suerte. No haré un acápite aquí para señalar todas las circunstancias que nos llevaron a esa conclusión porque tendría que hacer otro post, pero de que estaba probado, lo estaba: era estadística pura. Yo por otro lado, cuando no gano nada (que es las más de las veces), digo que no existe tal cosa como la suerte, que es solo el simple, llano y nada mágico azar, luego cuando estoy solo, hundo mi cara en la almohada y lloro mi mala suerte.
Yo no sé, en mi casa la verdad, no ha habido mucho de eso de las cábalas para atraer la buena suerte, o salir corriendo como loco con maletas para que el otro año te vayas de viaje. Pero para abrir los sobres, había un procedimiento que se debía seguir. Se abría siempre con el sobre parado, siempre viendo la parte de adelante, antes de abrir había que sacudirlo cuatro veces para que la magia surta efecto. Los tres mirábamos atentos el único sobre en las manos de Ángelo que golpeaba por cuarta vez, luego, suavecito, suavecito, se rompía con los dedos el envoltorio de papel.
La primera vez que papá y mamá volvieron del Centro de Lima con un ‘paquetón’ fue la locura. Jamás tuvimos tantos sobres sin abrir. En vano, mi madre intentó dosificar la apertura de los sobres a través de los días, cada vez que revisaba habían menos y luego por cada turno nos daba cada vez más sobrecitos. Era interminable. Desde entonces y hasta que dejamos de coleccionar álbumes, no nos volvieron a decir que se iban al Centro porque era solo para que nos tengan colgados de sus pies con súplicas por ‘paquetones’.
El detalle con tener doscientas figuritas (para un álbum de ciento cincuenta números) era que inevitablemente tendrías ‘yalas’. Entonces comenzaba el negocio en el colegio porque quien tenía esa que tú no, te cambiaba dos figuritas por una. Esa tranza era aprendido de las señoras que vendían en sus plásticos verdes. Cada vez que uno iba a cambiar figuritas, ellas tenían torres y torres de ellas. No les importaba tener repetidas, siempre estaban dispuestas a cambiar a dos por uno. Y cuando llegaba alguna de la que no tenía nadie, entonces recién, te lo vendía, pedía dinero en efectivo.
Del álbum El por qué de las cosas yo recuerdo que no lo terminamos. Sé que el fin del álbum era educar porque las imágenes que se correspondía a cada número ya venían en los espacios en los que había que pegarlos, pero estaban en blanco y negro (o buenobulqui y negro, porque de eso estaba hecho el papel), y la descripción también. En las figuritas te venía la misma información pero con la imagen a colores y en un papel más delgadito y un poco más brilloso. Lo que recuerdo también, es uno de los números que explicaba por qué nos soplamos las manos en invierno. Desde entonces, en las noches frías y húmedas de los inviernos de Lima, cada vez que me soplo las manos haciendo dos concavidades con las palmas, sé que lo hago para que el calor de mi exhalación aumente la temperatura de algunos los vasos sanguíneos más alejados del corazón.


lunes, 28 de enero de 2013

De por qué fracasó mi matrimonio


El día que decidí ir a pedir formalmente la mano de mi novia, yo tenía siete años. Estaba sentado, la espalda recta, las manos en las rodillas, miraba mis pies. Sentado, las manos cruzadas sobre su pecho, la espalda apoyada en el respaldar de su gran sillón, la mirada fija en mi peinado de niño chiquito estaba el papá de mi novia.
-¿Y bien?
Mis manos comenzaron a sudar y mis rodillas temblaban y se humedecían, recuerdo que encogí un poco más la cabeza entre los hombros y respiraba agitado, la mirada siempre en mis zapatos mal lustrados. "Oh, no, tengo una mancha, debí empezar más temprano, y ahora, no, no es el momento, ya el señor habló, debo responder, es ahora o nunca". Eché una miradita, subí rápido de mis zapatos a sus ojos, de nuevo a mis zapatos. Apreté mis rodillas con mis manos, él me estaba mirando. La ventana estaba abierta y entraba una brisa. Me sentía un poco sofocado porque era primavera y yo tenía mi ropa negra de gala con saco y todo. Además, la corbata michi roja en mi cuello se me ajustaba al cogote con un elástico y me apretaba un poco. Tragué saliva con dificultad. Vi por la ventana que tras el patio había un sinfín de rejas verdes, no podría escapar. Respiré hondo.
-Señor Roberto-dije y tragué saliva-, tenemos que hablar.
-Claro, Paul, por eso estamos acá, para hablar de hombre a hombre.
Levanté mi mano y enjugué mi sudor con la manga.
-Señor Roberto, su hija y yo nos vamos a casar- dije engruesando la voz.
-¿Y ella sabe?
-No, señor Roberto. Pero ya llevamos yendo a la escuela juntos dos años y varias veces nos hemos regresado juntos.
-¿Solo los dos?
-No, señor, de ninguna manera, siempre acompañados de otras niñas con quienes somos amigos los dos. Usted las conoce porque también vinieron este año al cumpleaños de su hija, fue este año y lo recuerdo porque hubo dos payasos y la piñata era grande- aquí me di cuenta de que me estaba yendo del asunto. Me quede callado un momento. Sobre su sillón, asintió el hombre.
-Paul ¿ya has hablado con ella?
-No, señor Roberto, pero pensaba contárselo durante el baile de hoy según lo que usted me dijera.
-Bueno, es que primero tienes que hablar con ella y de acuerdo a lo que te diga yo te voy a poder responder sobre esto.
En este punto, en ese momento, me sentí un poco más relajado porque asumí que lo más difícil era convencer al padre de la novia. De hecho, yo me llevaba muy bien con la familia de ella porque mi madre los conocía. Pero cuando salimos rumbo al baile del colegio, aquella mañana de primavera, yo pensaba y juraba que lo más difícil ya estaba hecho: el padre de la novia estaba informado. Jamás me imaginé que me tomaría once años para proponerle a aquella niña que sea mi novia y luego huir para que no me respondiera.


Si te gustó, compártelo. Dale, no te cuesta nada.


lunes, 21 de enero de 2013

Los gordos que no son pesados

Cada vez que me encuentro con un tipo que se ha leído mil libros solo por decir que los ha leído, primero dudo que lo haya hecho, y segundo pienso que no hay nada mejor que leer por el placer de hacerlo, de encontrar un autor porque quieres.
Yo tengo un no-sé-qué con eso de leer a “los clásicos”. Muchas veces, de hecho, he dejado de comprarme La Odisea o El gato negro porque todo el mundo te dice que hay que leerlo porque hay que leerlo. La razón es un deber. Yo he llegado a muchos libros por cuestiones del azar. En muchos artículos, muchos escritores hacen referencia a entrar a las librerías y dicen por qué les gustaron y entonces me dan ganas de comprobarlo y así.
Cuando el deber mandaba que leyera algo, lo que más me gustaban eran los libros de bolsillo, de esos yo recuerdo cuál fue el primero que leí porque no lo terminé a pesar de ser pequeñísimo y además porque cuando, algún tiempo después, leí la versión completa, hubiese deseado que fuera un libro de mil páginas. La ciudad y los perros de Vargas Llosa fue el primer libro gordo que leí.
Cuando deseas que los libros sean increíblemente largos porque te parecen muy cortos, cuando empiezas a desear el libro más gordo, sabes que lees por placer.
Una vez, alguien en la universidad me preguntó casi con lo que interpreté como una falsa excitación de escritor en un bar parisino, si recordaba la primera frase con la que arrancaba Márquez su novela Cien años de soledad. Muy esperanzado en recordarlo exactamente cómo estaba escrito, miraba como idiota el techo, cogía con su mano izquierda su codo derecho y con la mano derecha se sobaba una barba inexistente.
-No lo he leído.
-¿Qué? ¿Cómo no vas a leer Cien años de soledad si es un clásico? Es lo que le valió el premio Nobel al gran Gabo.
-No lo he leído, porque la verdad no he llegado al libro. Y los Nobel de literatura los dan por trayectoria literaria (y política), no por uno de los títulos.
-Pero, ¿en serio no lo has leído?
-Es lo que te digo.
-Pero si es un clásico.
En fin. Al final, nunca me dijo la bendita frase que lo había excitado tanto y por lo que imaginaba yo que era una máxima de García Márquez, algo inolvidable. Un par de años después, leí el libro. Y llegué a él de la siguiente manera: Mientras no me miraban en el trabajo, terminé de leer en pdf La guía del autoestopista galáctico de Adams. Mientras buscaba el resto de la serie, me topé con una entrevista y por ahí saltó una mención bastante rara de Cien años de soledad. Si has leído ambos títulos, encontrarás dificultades para vincularlos. El libro de García Márquez es me gustó mucho, y me alegraron dos cosas: primero, no leerlo porque un idiota me preguntó si me acordaba de la primera oración del libro y, segundo, que fuera un libro que mientras vas leyendo pides que sea gordo (y lo es).

Para los que no han leído el libro y para los que lo leyeron pero no para memorizarlo y dárselas de conocedor sobándose la barbilla calata, y no recuerdan la primera oración, Gabo escribió así:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Sí, no dice nada. Entonces comprendí que ese tipo, además de fanfarrón, tenía mala memoria. Porque no creo que haya sido tan idiota que esperara que me acuerde de esto.

El sinsentido de las palabras

 Odio. Algunas veces, pienso que odio es una palabra incompleta. Creo que antes era más larga o que necesariamente debe ir junto a otra palabra. Odio. Suena hasta sin intensidad, una palabra plana. Odio. Parece una más de la tabla periódica de los elementos químicos (hace mucho no escribía todo ese nombre). Odio. Odio. Odio.

Es bastante raro esto del sentido de las palabras, o más bien, el hecho de que pierdan el sentido las palabras más familiares cuando las repites muchas veces. Mamá. Mamá ¿Qué es mamá? En realidad es solo la primera sílaba que puede pronunciar un bebé en cualquier parte del mundo, dos veces. Y sin embargo, mamá, mamá, mamá… ya no sé qué es mamá. Incluso si uso algo más familiar todavía: el nombre de mi madre. Irene, Irene, Irene. Qué miedo.

Alguna vez pensé que esto se parecía en algo a la vida misma, eso de repetir algo tantas veces que pierde el sentido. La rutina, pensé. Faltaban solo un par de meses para cumplir diecinueve. Había dejado de estudiar porque no me alcanzaba el dinero para seguir en más cursos de idiomas, el alemán cerró por falta de alumnos. Ya no quería trabajar con mi padre, de hecho ya no quería estar vinculado a mi familia, no quería vivir en mi casa, los días lejos de ser terriblemente largos por el aburrimiento, eran tremendamente cortos y fugaces y los días pasaban muy rápido.

Un quince de junio cogí una mochila y me fui a vivir a Cuzco.

Pienso que en realidad eso de que las palabras pierdan el sentido tiene que ser una versión chiquita de lo que nos pasa en la vida, pero igual sigue siendo extraño, no lo sé. Creo que con tonterías así uno termina preguntándose cosas  existenciales que terminan dándote miedo y te cubres la cara en la noche para no ver sombras.

martes, 15 de enero de 2013

La eterna tienda nueva

Supe el nombre de la calle Imperial cuando cumplí los quince. Y esto es extraño porque viví en Nápoles toda mi vida, a media casa de donde empieza. Pero no sabía el nombre. Me enteré porque alguien que por ahí no conocía me preguntó por la calle Imperial y le respondí que dónde será eso, que por allí no era. Para mala suerte mía, pasaba por ahí una vecina de esas que les gusta arruinarle el día a los chicos y le dice “pero si Imperial es esta que está en sus narices”, yo estaba parado en la puerta de mi casa.

lunes, 14 de enero de 2013

El poder del trasero

Estábamos en una de esas fiestas de primavera de la universidad, era de tarde y aún no estaba muy lleno el patio de la facultad. Edgar y yo nos habíamos encontrado de paso por allí y esperábamos a un grupo de chicas. La banda que tocaba en el escenario no terminaba de conectar nada, el baterista jugaba con algo de rock y el guitarrista, con un gorrito extraño, tocaba bajito una melodía reggae.  

Ya la tarde se moría (quizá de aburrimiento por la banda en la tarima), y nos íbamos olvidando que ya habíamos almorzado. Había mucha gente caminando de un lado al otro en el campus, los asientos estaban todos ocupados y el poco césped que había estaba atiborrado por varios grupos de amigos, con guitarras y coros, cubrían casi todo el espacio. No nos podíamos sentar sin estar tan cerca de alguno de ellos y dejar la impresión de que queríamos escucharlos o que buscábamos amigos.

Por fin, decidimos ir a comprar algo de comer. Conversábamos, probablemente de alguna estupidez que siempre se me ocurren o alguna cosa existencial que siempre se le ocurre a Edgar. En una de esas miradas en las que no necesariamente ves los ojos de las chicas, caí en cuenta de algo particular.
-Oe, Edgar, ese trasero yo lo conozco- le dije, muy serio yo. Y frente a nosotros había un andar cadencioso que, a pocos metros de nosotros, llevaba el mismo rumbo
-¿Qué?
-Que conozco ese trasero, pero no recuerdo de dónde.
-Ah, es (acá omitiré el nombre porque la chica aún está viva y no le he consultado si puedo escribir sobre su trasero)- dijo Edgar.
-Es ella, lo sabía- casi grité por el gran descubrimiento de la tarde- ¡tengo el poder de reconocer a las chicas por el trasero!
-¡Anda, huevón! ¿No será por la forma de caminar?- me dijo con sorna. Yo puse cara de ‘espera…’

Quizá sea bastante tarde, pero caí en cuenta de que sí, que al parecer, tenemos una particularísima forma de caminar que nos vuelve identificables a la distancia. Quizá pueda ser un caminar marcadamente recto, o quizá ondulante, muy tirados para atrás o para adelante, rápido, lento, a zancadas o pasos más bien cortos, en fin, hay varias formas que en un azar de las circunstancias nos vuelve reconocibles. Y yo que juraba que por fin, después de muchos años de vida, dios me había dado el súper poder que deseé.

Y a veces cuando voy por la calle, pienso que quizá todos los hombres creen tener ese poder y tratan de recordar de dónde conocen a esas chicas que pasan por ahí. Luego pienso que si fuera en las vidas pasadas que es de donde las recuerdan, cuántas vidas habrán vivido los obreros.

martes, 8 de enero de 2013

Tener cara de Paul


En mi adolescencia hacía mucho eso de decir, cuando me presentaba, a ver cara de qué tengo, como si fueran a adivinar. Creo que lo que quería era que pensaran un poco en mí o que se les quedara bien fijada mi cara (qué pena con ellas). Lo que siempre hay y sí le atinan es a tener la cara de la edad.
Cuando era un niño muy pequeño para su edad, funcionaba de maravillas cuando preguntaba y me respondían una edad menor que la que tenía, qué emoción, me gustaba saber que se equivocaban (qué horror conmigo) y rápido les decía mi edad verdadera.
Lamentablemente, con el paso del tiempo, mi rostro comenzó a ganarle al cuerpo y a pesar de ser flaco tengo cara de ser más viejo.
“¿Qué edad crees que tengo? ¿A ver, suelta una edad, a ver si le atinas?” muchas veces le han atinado a la primera, pero no siempre terminaba allí. El truco estaba en poner cara de no ocultar nada. Cuando tenía dieciséis, decían dieciséis y yo decía que no.  Cuando tenía diecisiete, decían diecisiete y yo decía que no, simplemente por seguir con el juego hasta que ya se hacían las sospechas de que estaba mintiendo y terminaba diciendo que bueno, adivinaron a la primera. Sí, claro, siempre me han faltado un no-se-qué social. Tino, creo que le dicen.
Cuando estudiaba en el instituto de inglés, conocí a una chica, tez blanca, cabellera morena, más bien flaca, finitos los labios, bonita la cara. Me tocó hacer con ella la presentación durante la primera clase. Pusimos las carpetas frente a frente, yo la miraba más que ella a mí. Un segundo antes de empezar, el profesor se disculpó y abandonó el aula algo apurado.
Estábamos allí, igual que muchos otros que entre ellos empezaban a hablar. Ella me miró y me sonrió, volvió a mirar sus manos sobre la carpeta. Era realmente delgada, no debía ser mayor que yo, su cabello recogido tras la oreja, su polo blanco a tiras, un short, unas sandalias. No sé bien por qué pero para mí ella tenía cara de Elizabeth, tenía cara de que le decían Eli o algún diminutivo bonito.
-No me llamo Elizabeth- me dijo.
-Perdón- dije yo y empecé a palidecer.
-Es que dijiste que tengo cara de Elizabeth- y sonrió- Me llamo Fiorella.
-No tienes cara de Fiorella- le dije, sin gracia y por dentro en un momento me sentía como atrapado en un Don Juan de pacotilla, en un remedo de galán desganado. Hice silencio mordiéndome la lengua.
-¿Tú cómo te llamas?- me dijo muy paciente ella.
-¿Cara de qué tengo?- para ser sincero ya no sé qué pensaba en ese momento, pero espero no haber arqueado una sola ceja. Creo que cualquier chica habría dicho “tienes cara de zopenco”
Pensó Fiorella por un momento, mirando el techo y no mi cara. Algunas veces cuando recuerdo esta escena de ella intentando adivinar, trato de pensar en qué cara puse, qué gesto hice, si apreté los labios, si entrecerré los ojos, qué hice. Ella bajó la mirada, inclinó un poco la cabeza como para encontrarle alguna forma a mi rostro.
-Tienes cara de Paul- sentenció.
Y palidecí nuevamente.
Nadie adivinó ni antes ni después. No pregunté entonces por qué me caía ese nombre. Me quedé pensando en que si a través de mi cara hay gente que puede saber quién soy, estoy perdido.
El profesor regresó entonces tan apurado como se fue.
-Do not speak in Spanish- dijo jadeante.
Yo miraba a Fiorella, ella esperaba. Tragué saliva.
-My name is Paul- dije un poco sintiendo que me habían ganado.
-I know- me dijo. Y fue un jaque mate.

sábado, 5 de enero de 2013

Yo quería ser Bartender


Hace algunos años mis metas exclusivamente se limitaban a traspasar fronteras, más precisamente, las fronteras de mi país. Enfrascado en este intento, estudié, luego de aprender los colores en el colegio, en un instituto de inglés. De hecho el inglés me gustaba, me gusta aún. Me gusta, de hecho saber que podría comunicarme con otra persona, frente a una tercera, en un idioma distinto y que no me entendería. Podría secretear en su cara. Sonrío para mí mismo con esa ilusión.

viernes, 4 de enero de 2013

Del sueño a la realidad

El deseo de dar un gran paso lo despertó. Alentado por sí mismo, quitó los cobertores de su cuerpo y se aventuró a aquello que llaman suelo y se supo estable, ya no flotaba, ya no estaba disperso en la luz ni en la oscuridad. Vio sus pies, miró sus dedos, jugó con ellos moviéndolos. Lanzó los brazos arriba, arriba, arriba, estiró la espalda y con una sonrisa empezó un gigantesco bostezo para desperezar su alma.

Torció las muñecas, sintió estirarse sus músculos, estiró las piernas hasta sentir que se dividía, movió cada músculo de su rostro casi sonriéndose, divirtiéndose a sí mismo, abrazó sus rodillas y sintió la presión del uso sobre la parte baja de su espalda. Con el rostro entre las piernas, los ojos cerrados, sonrió. El sueño ha terminado.

La ventana estaba empeñada, su cortina estaba corrida hasta la mitad. Fuera, la ciudad estaba viva desde hacía algunas horas ya. Saboreó el olor que impregnaba la habitación. Era, definitivamente, café. Aspiró el aura de suaves granos por los que pasó ardiendo agua tórrida. El aire entra en todo su ser y el impulso de las ganas lo puso de pie. Se puede sostener a sí mismo.

jueves, 3 de enero de 2013

Adiós desde el olvido

Cociendo recuerdo olvidados se armaba una mujer una chompa, condenada a alimentarse de la miseria de los conocidos, condenada a la retribución piadosa de los desconocidos. Sus rencores no conocían rostros, era un todo, una masa informe.

Aquel abril sin lluvias que parecía que jamás se iría a extinguir abrigaba su brazo derecho aquella noche y su brazo izquierdo encontraba calor en la noche en que conoció aquel hombre por el que dio su vida pero a buena suerte de ella, no la tomaron. Se lamenta porque a pesar de ser tan grande su dádiva, solo constituía un pedacito de la chompa, solo un pedacito. Su vida, pensaba, entregar su vida, debió estar loca.

Todo su torso estaba lleno de oportunidades perdidas. Esos eran los recuerdos que más extensa superficie tenía esa chompa. Las oportunidades perdidas, pensaba. Y se acurrucaba sobre sí misma para ver si ese verano en la costa le daba algo más de calor que su propio cuerpo decrépito no podía generar por falta de alimento.

La mañana en que apareció muerta, tapado su rostro con una chompa mugrienta, todo su cuerpo acurrucado dentro de la mugre, ese día, su tarrito seguía cosechando limosna. Solo su cabello entretejido de plata y petróleo, aquel que fue alguna vez un hermoso cabello que constituyó gran parte de lo que aquel pintor que llegó a ser famoso pintó al óleo y que fue su obra maestra, ese cabello caía por el cuello de la chompa tocando el suelo. Solo por eso tal vez los transeúntes imaginaban que era una mujer y sus prejuicios sociales les indicaban que debían tener acaso más piedad y aumentaban cinco lastimeros centavos a la limosna que constituía su buena acción del día. Así desviaban los ojos de Dios, pensaban.

La mañana que apareció muerta, nadie lo supo. Nadie se detuvo a ver si la chompa se seguía moviendo. Tan olvidada como viva hallábase muerta, de costado en posición fetal. Se divisaban unos piececitos magullados. Quién diría que vistieron el glamour del que muchos otros ni siquiera soñaron. Que anduvieron por casi todo el mundo y fue casi porque la vida humana no alcanza ni siquiera para ver todo lo que la humanidad ha creado, mucho menos para ver lo que el infinito crea. Cuando estaba en el punto más alejado de su cuna y no sabiéndolo, miró a los ojos del gran amor de su vida antes de entregar la vida por él, que en cuanto esté frente a las puertas más grandes que ojos hayan visto preguntará quién le puso fin a su historia.

Lo primero que le respondió Dios fue algunas historias no terminan con la heroína muerta.

Cuando la escritora inglesa Farrah Donawell le dijo a ese periodista que “hacer que el lector haga algo debido a lo que escribiste, has hecho algo bien”, definitivamente sabía de lo que hablaba.

Los más leídos!