Hoy me siento de ganas de contar algo que nunca le conté a nadie. No sé si es porque dejó de ser relevante en algún momento o si por el contrario, me sentí tan culpable que mi mente lo bloqueó. Recuerdo que fue una tarde del 97. Yo había salido del colegio, ya había almorzado, marmoteba en la cama, cuando me cruzó por la mente salir a manejar bicicleta. La mía ya estaba estropeada, me la habían regalado cuando tenía siete años.
La de Raúl estaba allí, disponible, alcanzable. No tenía por qué enterarse él, al fin de cuentas, a esas horas debía estar en el colegio. Le bajé el asiento lo más que se podía para poder alcanzar los pedales y salí a la calle. Siempre manejaba frente a mi casa, no pasaban muchos carros así que no era difícil. Cuando volví a pasar la fachada, vi que salía de su casa una vecina que me llevaba dos años. Iba de camino a ver a su mamá en el centro comercial Fiori, a unos diez minutos. De hecho, lo más lejos que habría ido solo y en bici.
Me ofrecí a llevarla y me sentí un galán, un galán de diez años. La dejé, me agradeció y di media vuelta, un poco intranquilo porque mamá se fuera a preocupar. De regreso, pasé junto a un carro estacionado con el capó delantero del carro levantado. Una señora gorda, con una bolsa de mercado en el brazo me hizo la parada, me preguntó si podía ir a comprarle esas bolsitas de agua que parecían lejía, que me fuera con la bicicleta que era más rápido así. Yo dudé.
Estaba casi seguro de que querían robarme, pero en ese momento, lo más valioso que podría tener era esa bicicleta vieja en la que venía. La señora extendió su mano y puso su dinero en las mías. La miré incrédulo. Me dijo lo que necesitaba. Entonces, pensé que quizá en realidad sí necesitaban la ayuda ya que si me daban el dinero y me mandaban con la bicicleta, pues, más quedaban en que yo me fugue con el dinero a que ellos puedan robarme.
Volteé la bicicleta para regresar por donde había llegado, sin entender bien todavía qué pasaba, dónde estaba la trampa, por qué me daban el dinero y me mandaban. Antes de subirme nuevamente a la bicicleta, miré a la señora, quien con señas me apuraba. Toqué los bolsillos de mis short para verificar que debía tener lo mío y estaban tal cuál los recordaba: vacíos. No había más, no me podían estar engañando.
Raúl ya había cumplido los trece años cuando hizo un recorrido total de 195 kilómetros en dos días de trayecto. Estuvo acompañado de mi tío Walter y mi primo Rudy que eran mayores que él. Era el año 1996. Mi viejo había hecho ese recorrido 22 años antes cuando tenía 19. Durante la primera jornada pedalearon hasta Chancay y el segundo día completaron el recorrido pasando por Huacho hasta llegar a Barranca, al norte de Lima. 195 kilómetros que logró mi hermano Raúl gracias a la bicicleta roja que mi viejo le regaló a principios de ese mismo año.
Una vez trepado en la bicicleta, la señora se acercó y me repitió lo que quería que le comprara: unas bolsas de agua que venían en cincos, que parecía sachets y que vendían por el Centro Comercial Fiori. Luego supe que era agua para el radiador. El auto para el que lo necesitaban era un Volkswagen escarabajo.
Muchos años después, recién, me enteré de que la gran ventaja de ese indestructible modelo alemán era exactamente la inexistencia del radiador y su ingeniosa forma de enfriamiento del motor en la parte trasera. Innovación que salvó a muchísima gente de quedar varada en mitad de una carretera. Innovación que yo desconocía a los diez años.
Miré alrededor, había varias personas caminando, había muchos carros y camiones estacionados. Justo cruzando la pista, estaba una de las enormes puertas de ingreso al mercado mayorista de Fiori. Está bien, pensé, necesitan ayuda y yo se los puedo dar. Subí nuevamente a la bicicleta, sonreí, miré a la señora y detrás de ella el auto con el capó delantero abierto. De pronto, antes del segundo pedaleo, salió un señor de debajo del capó diciendo “¡Ya está! Solo falta empujarlo”. La señora, ahora más alegre, me llamó nuevamente.
En este punto ya no estaba tan a la defensiva, quería ayudarlos. Le devolví el dinero a la señora. Me bajé de la bicicleta y me fui acercando despacio hacia ese carrito que parecía un viejito pelón. Era rojo, estaba oxidado en algunas partes. “Parece el viejito de la bicicleta”, pensé.
-Jovencito, nos ayuda a empujar- me dijo el hombre que salió de detrás del capó luego de cerrarlo. No llegué a ver qué había allí. Seguro arregló el motor, pensé.
-No puedo, tengo mi bicicleta.
-Pero puedes dejarlo allí, en el pasto- dijo la señora.
El Volkswagen estaba varado casi en la mitad de la vía, a la izquierda cruzando la pista estaba el mercado y a la derecha bastante tierra muerta, una franja de dos metros de ancho y más allá, un parque en mal estado. Comencé a dudar nuevamente porque era mucha la distancia, alguien podría venir y llevársela antes de que pueda alcanzarlo. Quería ayudar, pero la situación me parecía un poco extraña.
Decidí encargar la bici. Crucé la pista y fui hacia el mercado. En el primer puesto que había, justo en la puerta, vendían menestras y arroz por sacos. Atendían dos mujeres jóvenes que consideré el lugar lo suficientemente seguro. Les pregunté si lo podía dejarla allí y me dijeron que sí.
Sabiendo que lo único de valor ya lo tenía seguro, fui corriendo y me puse detrás del carro para empujarlo. Miré hacia donde estaba la bicicleta, pero no podía ver el puesto donde lo dejé pues un camión tapaba el lugar. Igual, ya lo tenía encargado, así que no habría problema. Ayudé a empujar el carro que luego de un metro de empujarlo, arrancó rápido. Ya me iba a ir a recoger la bicicleta cuando la señora me llamó para darme un sol. Me alegré mucho, ¡era un niño de diez años con un sol! ¡Era millonario! El hombre que manejaba el auto, se bajó y me alcanzó otro sol ¡era increíble, tenía dos soles! Asombrado intenté irme nuevamente y la señora me dijo que la esperara un momento, revisó sus bolsillos, nada, sacó su monedero y revisó y vació su monedero y me dio todo lo que tenía: dos soles treinta. Yo casi me desmayo.
-Ya sube- le llamó algo osco a la señora quien rápidamente entró al carro por la puerta del copiloto.
Con el dinero en la mano caminé despacio contando mi exorbitante fortuna. Y la ilusión terminó cuando no vi la bicicleta roja donde la había dejado. Una de las chicas estaba atendiendo a clientes y la otra estaba sentada mirando un televisor miniatura que parecía un maletín.
-Señorita, ¿mi bici?
-Un chico me dijo que era tu hermano y se lo llevó, se fue por allá- y señaló hacia el terminal terrestre Fiori. Miré en esa dirección y en los casi 300 metros que había hasta terminar el mercado, no había nada. La miré.
-Mis hermanos están en el colegio.
-Él me dijo que era tu hermano y lo cogió y se fue tranquilo.
-Pero yo se lo encargué a usted.
-Pero no es mi problema cuidarlo, tú lo dejaste y ya. Además, dijo que era tu hermano.
-Pero YO se lo dejé a usted- ya en este punto comencé a llorar de la impotencia. No importaba cuántas veces lo repitiera, ella no aceptaría ninguna responsabilidad porque sea quien fuera le había dicho que era mi hermano y por eso cogió la bicicleta y pedaleó en sentido contrario a mí.
Me pillaron de idiota. Tenía diez años. Me dieron cuatro soles treinta. ¿Cómo rayos iba a enfrentar la pérdida de la bicicleta de mi hermano? ¡Me iba a matar! tendría que inventar una mentira, ¡vamos! Era su primera bicicleta, era roja, de segunda, sin cambios, con frenos tipo cangrejo. Algunos días se quedaba él limpiándola, la trajo papá en un carro, en la parte de atrás de un taxi. Raúl le cortó el manubrio para poder pasar entre los carros. Fue esa bicicleta con la que a los trece años hizo el mismo recorrido que nuestro padre hizo cuando tenía diecinueve: ciento noventaicinco kilómetros en bicicleta en dos días. ¿Cómo podría enfrentar su rostro y decirle que había perdido su bicicleta roja? ¡Su primera bicicleta! Después de mi papá, nadie más había tenido algo tan propio como una bicicleta y ¡yo se la había perdido! Y lo peor de todo es que como él estaba en el colegio, no le había pedido permiso. Tenía la mente en blanco para las mentiras.
Ya estaba llegando a casa, inconsolable. Seguro mi mamá estaría allí. Me detengo en una esquina antes de llegar, me siento junto al jardín. Cuando abro mis manos, entre mis lágrimas veo las monedas, estaban calientes y sudadas, estaban sucias porque mis manos estaban sucias. Miré la tierra del jardín, miré al cielo. Miré a la izquierda, a la derecha, no había nadie. Escarbé un hoyito con mi mano derecha, miré al cielo otra vez y recé.
Hablé tanto con Dios sobre lo bien que me portaría, las cosas buenas que haría por mi familia en adelante, todo lo que haría por mi hermano Raúl, que ahora sí rezaría todas las noches antes de dormir, me confesaría, lo haría todo si hacía que todo eso fuese un sueño, es más estaba dispuesto a renunciar a toda mi fortuna. Mirando a Dios a los ojos, con mi mano izquierda puse las monedas en el fondo del hoyo con la mano derecha, lo tapé. Le puse césped encima, me persigné y llegué llorando a mi casa.
Mi mamá se preocupó mucho cuando le dije que me habían empujado tres adolescentes con cara de malosos, le conté cómo era que me habían amenazado si los miraba a la cara, si los acusaba, si regresaba ese mismo día al mismo lugar y que luego en medio de carcajadas se habían ido en la bici a toda velocidad. Esa noche, mi hermano también lloró desconsolado y yo lloré con él aunque no en la misma pieza. Él me odió por haberla sacado sin preguntarle y me recordó que alguna vez me dijo que no lo hiciera. Lloré hasta quedarme dormido.
Cuando desperté, miré y Raúl no estaba. Salí del cuarto, bajé al garaje y la bicicleta no estaba. Sonreí porque él podría haber salido temprano a manejar la bicicleta como casi siempre lo hacía. ¡Todo esto ha sido un sueño! Me detuve un momento y comencé a pensar en las cosas que le había prometido a Dios ¡qué pereza!
Abrí la puerta y salí descalzo, corrí hacia la esquina, miré a ambos lados y no había nadie. Hundí la mano donde pensé que había soñado enterrar el dinero y entonces mi alma se heló, y comencé a llorar porque el dinero estaba allí. No lo saqué, le di a Dios otra oportunidad, lo dejaría un día más. Regresé llorando, mi hermano me seguía odiando, había perdido su bici.
A los dos días fui a sacar el dinero y le compré un trompo a Raúl, quien en su vida de estudiante de secundaria comenzó a tener mayor interés por las chicas de su clase que por el recuerdo de su bicicleta roja.
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