Ya había bebido yo suficiente como para sentir que la vergüenza no pintaría mi rostro de rojo por cosas que sobrio no diría. O sea, ya era un ebrio sin vergüenza. Tenía todavía un vaso de vidrio lleno de vodka con jugo de naranja. Lo repartían como si quisieran que se acabe. Yo ya no quería, pero sentía que debía tomarlo porque había pagado por eso.
Cuando la vi sentada en el piso junto al jardín, recordé que siempre me pareció guapa y tierna e inocente, además. Se veía tan delicada y tan pequeña. Sorbí un poco más de valor de mi vaso y me senté junto a ella.
Alrededor había algarabía, besos furtivos, parejas reconciliadas, parejas peleadas, ex, futuros ex y muchos, muchos indecisos. Había mucha gente y mucho alcohol, la música sonaba a toda potencia, la gente se hablaba al oído, no hacía frío, y había muchas carcajadas. Ella miraba sus zapatos sentada, acurrada bajo el límite de la única área con techo del lugar. La luz cálida de la bombilla iluminaba su espalda. Su trasero en el suelo y sus pies sobre el jardín.