LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

viernes, 12 de abril de 2013

Sí, soy culpable

 Está bien, lo acepto, soy culpable: suelo bromear en el peor momento. Justo cuando alguien más se pone serio (usualmente, seria) conmigo, lo único en que puedo pensar es que lo que acaba de decir es tremenda broma. Y la estupidez se me escapa de los labios en forma de sonrisa. Y hay que ver la que se arma…

Hace un tiempo, muy poco en realidad, fui con mi viejo a la casa del dueño de una de las fábricas para las que mi padre ofrece servicios de electricidad industrial. El tipo es un español buena onda, yo le pongo unos 75 años encima. Es cinta negra en judo, casado con una peruana y amante de plantar cualquier tontería en su jardín.

El día que llegamos a hacer la instalación, nos dimos de cara con un huertito cuyo principal atractivo eran unas delicadas, larguiruchas y verdes hojas de cebollas. El español, a quien mi hermana llama Don Juancito (se refiere mucho a él porque es ella quien realiza las cobranzas de los trabajos de mi padre), nos habló largo rato, orgulloso, de su planta.

Ahora bien, yo no soy de creer eso de que para plantar cosas hay que tener ‘buena mano’, solo hay que ser responsable y dar los cuidados adecuados. Pero, a todas luces y a pesar del esfuerzo en su jardincito fuera de su cuarto, mi padre no logra que crezcan ni los bichos que se alimentan de las hojas.

Don Juancito quería iluminar su huerto, que estaba a la intemperie, para poder enamorar a sus cebollas incluso en la noche. Mi padre lo haría realidad. Uno de los pilares que sostendría uno de los faroles, sin embargo, estaba prácticamente encima del huerto del español. Yo imagino que fue por eso que en una de las veces que mi padre saltó, cayó de lleno sobre las princesas de Don Juancito. Juraría que escuché un  ¡Ay! desde dentro de la casa apenas mi viejo levantó las botas de las plantas y como por arte de magia, el español apareció pero no disgustado, más bien con cara de que se lo veía venir (parecía un poco obvio por cómo estaba dispuesto todo, en fin)

-qué pasó con mis cebollas- pregunta sabiendo la respuesta, estaban magulladas, ya no florecerían, ya no darían frutos y tenía al culpable en frente.
-ellas comenzaron- arguyó mi padre. Y sonrió.
Y yo que por mucho tiempo me preguntaba de dónde me salía hacer bromas tontas en los peores momentos. A veces pienso que lo hizo de pura envidia, pero no… no creo.

Chandler fue siempre el mejor de Friends. El tipo es hilarante. Pero le sucede lo que a mí: se me ocurren tonterías cuando no debería. Esos instantes en los que los tipos maduros se quedan callados o utilizan las frases prefabricadas por la sociedad como ‘lo siento’, ‘lo lamento’  o algo así, no, a nosotros, los tarados crónicos, se nos ocurre lo que consideramos la mejor broma, el mejor juego de palabras que esperamos que con una mágica sonrisa se solucione todo. Obviamente, no funciona.

Y sin embargo, seguimos empecinados. Nos entercamos, si nos lo aguantamos de decirlo de tanto que se quejan siempre nuestros interlocutores (en su mayoría, interlocutoras), nos delatan los labios con una risa que se escapa malagradecida. Y siempre parece burla, pero no los es. No lo es. Es esa inquebrantable necesidad de sentirse estúpido y reírse de uno mismo que termina pareciendo que nos reímos del otro.

Creo que deberían empezar a buscar la cura para esta enfermedad. A veces pienso que es una buena cachetada, pero luego recuerdo tantas que he recibido y aún sigo, que no creo.

No hay comentarios:

Los más leídos!