¿Has tenido esa sensación cuando la ansiedad te coge el cuello pero
desde adentro, como si el nacimiento de esa mano fuera la boca del estómago y
aprieta tu garganta y la jala hacia abajo? La ansiedad te hace sentir que
tienes ganas de vomitar, te baja la temperatura del alma y se apodera de tus
piernas que comienzan a mantener un ritmo de batería de banda metal, se sacude
como con cerebro propio.
La culpa es un sentimiento que te detiene.
No hay música que valga, no hay entretenimiento que distraiga, es
desgarrador, es molesto, es jodido.
Cuando la ansiedad conoce a la culpa, normalmente se enamoran. No
siempre pasa, no siempre se encuentran, pero cada vez que se cruzan, se
enamoran y andan juntas. Esta es una de esas parejas que terminan y luego
regresan sabiendo que volverán a repetir el espiral descendente que termina por
destruir el hogar. Ese hogar suelen ser tripas y corazón, suelen ser sangre que
fluye por cada habitación, suele ser un cerebro desconectado. Una mierda.
Y las piernas siguen un ritmo desenfrenado, un sacudir constante,
apoyado sobre la punta del pie, el talón se sacude arriba y abajo, arriba y
abajo, arriba y abajo.
No puedes trabajar porque no puedes pensar, porque entre cada
pensamiento se cola, se inmiscuye, mete las narices y sonríe sarcásticamente,
te saluda con la mano abierta y moviendo solo los dedos. La ansiedad es una
fiera que cuando ruge te eriza la piel, la culpa es una máquina de tortura.
Solo recuerda que todo pasa. Todo pasa. En eso pienso en este momento.
Si me lo preguntas, lo negaré todo. Te daré la sonrisa más sincera porque me he
convencido de que soy un buen actor. Si me lo preguntas, lo negaré todo porque
he aprendido que estar mal está mal. Si me miras por mucho tiempo no aguantaré
el personaje y lloraré. Si persistes en acercarte y abrazarme, finalmente
también te abrazaré.