Cuando niño, me encantaban los circos y las cuerdas flojas y las mujeres elásticas y los malabares. Pero luego uno crece y se da cuenta de que ha perdido interés. Siendo sinceros, muchos solo ponemos cara de que no, pero en realidad vivimos todos en un circo y aunque ya no nos limitemos bajo unas grandes carpas multicolores, aún me encantan las mujeres elásticas, y yo mismo he aprendido unos que otros malabares para quedarme en la chamba y sortearme la cuerda floja. En fin.
También resulta que a cada tanto se encuentra uno con cada payaso. Y hasta uno mismo muchas veces sonríe con los labios y no con los ojos. Retomamos viejas manías, bebemos hasta tener roja la nariz y despilfarramos chistes de los que sobrios no nos reiríamos (nos reiríamos más de quien lo cuenta). Algunas veces no somos capaces ni de levantar nuestro propio peso con tan solo nuestras propias fuerzas y hay días en los que sientes que puedes cargar el mundo en tus hombros. En fin.
Ya no se ve animales que aprendieron ridículos números circenses. Pero en este circo que es la vida, claro que los hay, siempre hay un mono que aprendió a preparar café para que le suban el sueldo y le cambien el título aunque el hocico le apeste a boca de calzado. Siempre hay reptiles que andan al acecho, meticulosos sus movimientos, mientras fingen estar estáticos como maderos. Te sonríen para que no te des cuenta, rastreros. Y de pronto un día ¡zas! Te echan con el jefe que te levantas a la fotocopista (que para arruinarlo todo, la perseguía también él). Malditos sean. Ahora tengo que buscar trabajo.
De todos los artistas que había en los circos, el que siempre me pareció más humano fue el payaso. Y era porque no solo estaba en el circo, también podías encontrártelo en la fiesta del amigo, rodeado de caramelos y globos multicolor, sonriendo, tomándole el pelo a los adultos. Pero cuando llegaba el intermedio, se convertía en un hombre con la cara pintada, desaparecía la magia mientras aspiraba ese cigarro que se encendía con nostalgia, apoyados los codos en la nada, la mirada siempre en el suelo. Siempre que iba a una fiesta con payaso, esperaba ese momento en el que la chiquita con minifalda decía ya regresamos y ponían música de casetes. Era entonces cuando el payaso escabulléndose entre la cocina, se quitaba la peluca, la nariz roja y salía al aire libre a fumar un cigarro, a recordarse que era un hombre, a recordarse que era adulto, que estaba bien lo que hacía, qué se yo, en qué pensaría. Yo me sentaba detrás, o los miraba escondido tras una pared. Siempre me parecieron melancólicos mientras no se dieran cuenta. Un payaso fumando ¡qué imagen!
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