Al final del frío pasadizo, chillaba la piedra. El viento helaba y recorría los laberintos con su humedad, olía a mar y olía a sal, olía a sangre seca, olía a alma guardada y mohosa.
Cuando pasó por segunda vez el hierro de su cuchillo por la yema de su dedo índice ya sabía que el filo se había gastado hacía mucho tiempo, por eso era que la marca que ensayó en la pared de su celda no era tan clara, no era tan profunda. Se impaciento como también lo hizo la última vez que notó eso y la vez anterior. Se arrodilló y contra el suelo irregular intentó afilar su cuchillo una vez más.
No quería olvidar cuánto tiempo llevaba en esa celda, no quería olvidar cuántas veces había visto esa misma ventana con barrotes, esa misma puerta con llave y con candado, esa misma cama que le parecía que se achicaba cada vez más. Quería marcar en su pared para que no le dieran un día más de esa condena, para no olvidar él mismo, cuánto le faltaba. Con la palma de la mano izquierda ayudaba al envés de la hoja a llevar una ruta uniforme. O al menos, eso intentaba.
Sus zapatos estaban bajo la cama y también su orinal, y su vergüenza estaba tapada junto a su decisión bajo la almohada esperando a que lo visiten en sus sueños.
A veces pensaba que lo habían olvidado allí, que lo habían abandonado a su suerte con la puerta encadenada, pero a pesar de que no recordaba haber visto al carcelero desde hacía mucho tiempo él aún estaba allí. Encarcelado no podría haber vivido tanto, no podría haber sobrevivido solo.
Tampoco recordaba que el cuchillo fuera de él. Quizá siempre estuvo en ese calabozo. Sí, eso debe ser. En ausencia del carcelero, alguna vez intentó romper la cadena, destrozar el candado. ¡De otras cárceles había escapado! Pero siempre que lo intentaba, el cuchillo lo lastimaba, si lo apalancaba, el cuchillo le cortaba, le hacía cada vez más marcas al candado con cada intento pero no lo lograba. No podía. Y enfadado, aventaba el cuchillo hacia la oscuridad, debajo de la cama, a donde fuera, pero siempre dentro de esa barrera que lo contenía.
Cada vez que pensó en deshacerse del cuchillo, cada vez que de la cólera de no poder romper el candado, deseo aventarlo con todas sus fuerzas, no verlo más, terminaba por desistir. No es que no le servía para nada. Le servía para recordarle que en algún momento todo terminaría, que su condena acabaría. Para eso contaba los días. Y para no olvidar cuánto faltaba, necesitaba el cuchillo. Lo necesitaba para marcar. Finalmente, le ayudaría a no pasar ni un solo día más allí, de una u otra forma, finalmente lo podría librar.
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