Arrimado en su ricón sonriendo sin compañía, placía a sus ojos un libro de versos. Era su fuerte un rectángulo, una torre, un alcazar de libros polvorientos. Hasta arriba llenaban las páginas encuadernadas por editoriales que no sabían su nombre y él leyendo las tarde noches hasta que la única sombra era la que producía su lámpara de mano, que había cambiado de bombilla tantas veces.
El eco que siempre rondaba en el recinto era la de su risa y él solo aunado consigo mismo, inclinado sobre un libro, sobre un verso, sobre una palabra sin ruido. Una oclución de aire, una verso aislado, intervenido. Una letra, una frase.
En su mente cantaba odas y poemas y seguidillas y sonetos y a hurtadillas espiaba en libros de consulta de la vida de aquellos gamberros que habían vivido acaso la vida que para él quería pero no buscaba. Y sonreía cuando la interpretación de un todo caía como magia sobre su entendimiento, sonreía feliz y solo y nuevamente le visitaba el eco.
Muchas veces, alegre de su conquista miraba en derredor y la sonrisa se desvanecía. Pero nadie lo sabe, porque nadie lo ve. Oculto en su alcazar, trepa las pe
