Hubo un hombre con problemas terrenales
Con blasfemias acumuladas para un ser conocido
Más jamás presentado, ni rezos atribuidos
Para quien en sus versículos también concibe males
Vi yo a este hombre que no sabía de esperanza
Y el porque de sus gritos y blasfemias quise saber
“no hay para quien da la otra mejilla recompensas
porque hasta Dios y su hijo han de blandir sables”
“Es creación y se cree creador, no sabe de males”
me dijo, airado, y en sus manos hallé dos puños
“quién, si no un hombre, cuando lo que quiere no sale
primero destruye y luego se arrepiente de sus diluvios”
“Sólo un hombre manda matar
y ya al verse satisfecho,
por la obediencia que le deben,
detiene una muerte
Él tan sólo recuerda
a quienes lo recuerdan siempre
Y olvida, cual ser humano,
A quienes no lo tienen en el pecho”
Y vi a lo lejos, en la distancia, en el azul techo,
A Dios con forma de hombre, cano y viejo.
Pregunté si acaso no estaba perplejo del hecho
“Yo sólo escucho a quienes me escuchan”, dijo
“Ellos me quieren sólo porque la muerte no aceptan
y quieren trascender, resucitar, vivir por siempre
pero se destruyen a sí mismos y en eso no piensan
y quieren, sin hacer nada, que yo todo lo arregle”
El hombre, iracundo, se dirigió hacia un barranco
Donde cayeron su hija y su esposa tras el terremoto
“Dios no existe, dijo, Él es sólo invento humano”
me volví a ver a Dios y Él sólo miraba el alboroto
El terreno se ve pobre y a sí mismo se hiere
Y tras lanzarse, pide ayuda entre escombros
Dios se encoge, satisfecho, de hombros
Y dijo: “sólo quiero a quienes me quieren”
No dejes jamás que te digan que hay algo que no puedes hacer, ni un lugar al que no puedes ir. Lee, escribe.Vive.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
AYÚDAME
Sé, sí, que mil disculpas no bastan
Porque ellas no son las palabras
Que cual si fueran abracadabras
Todos los daños desaparezcan
Aun si ahora aquella noche fuera
No, no. No sabría qué decir
Aún estaría como imbésil
De que las palabras salgan, en espera
Ahora que la realidad es a mí adversa
Y veo a nuestra unión, hilo delgado
Quiero tomar tu rostro con ambas manos
Y poner mi alma sobre la mesa
Vela, niña, hela allí indefensa
Mira, te quiere tanto y dice lo lamenta
Pide un poco de tiempo, la transición es lenta
Para que tu amor ablande mi dureza
Yo, también yo quiero cambiar
Pero no me dejes solo, por favor
Que también quiero saber de amor
Ya no YO, quiero ser NOSOTROSPara amar.
Porque ellas no son las palabras
Que cual si fueran abracadabras
Todos los daños desaparezcan
Aun si ahora aquella noche fuera
No, no. No sabría qué decir
Aún estaría como imbésil
De que las palabras salgan, en espera
Ahora que la realidad es a mí adversa
Y veo a nuestra unión, hilo delgado
Quiero tomar tu rostro con ambas manos
Y poner mi alma sobre la mesa
Vela, niña, hela allí indefensa
Mira, te quiere tanto y dice lo lamenta
Pide un poco de tiempo, la transición es lenta
Para que tu amor ablande mi dureza
Yo, también yo quiero cambiar
Pero no me dejes solo, por favor
Que también quiero saber de amor
Ya no YO, quiero ser NOSOTROSPara amar.
SILENCIO
Ah! Por Dios, qué puedo hacer
Si cuando me dejo oír, soy tonto
Cuando callo, acaso, un poco
Hay incluso mucho menos placer
Ah! Silencio, con tu sevicia,
Que callas lo que no sé qué decir
Usas mis nervios a tu servicio
Y a nadie puedo imbuir
No, no eres tú, silencio
Soy yo y mi torpeza
Mi individualismo y mi cabeza
Mi arrogancia y mi egoísmo
Por mí, por mí estoy solo
Pero quiero ser sólo para ella
Dime, Silencio, qué hago
Si hablo y alejo, tonto, a mi bella
Dame, Silencio, tú la respuesta
Dime cómo mirarla debo
Qué mano tomar, la zurda o la diestra
Que para esto experiencia no tengo
Dame un verso o algún soneto
Palabras que decirle a mi niña
Que digan sinceros cuánto lo siento
Cuánto lamento aquella riña
Si cuando me dejo oír, soy tonto
Cuando callo, acaso, un poco
Hay incluso mucho menos placer
Ah! Silencio, con tu sevicia,
Que callas lo que no sé qué decir
Usas mis nervios a tu servicio
Y a nadie puedo imbuir
No, no eres tú, silencio
Soy yo y mi torpeza
Mi individualismo y mi cabeza
Mi arrogancia y mi egoísmo
Por mí, por mí estoy solo
Pero quiero ser sólo para ella
Dime, Silencio, qué hago
Si hablo y alejo, tonto, a mi bella
Dame, Silencio, tú la respuesta
Dime cómo mirarla debo
Qué mano tomar, la zurda o la diestra
Que para esto experiencia no tengo
Dame un verso o algún soneto
Palabras que decirle a mi niña
Que digan sinceros cuánto lo siento
Cuánto lamento aquella riña
jueves, 25 de septiembre de 2008
CIERRA LOS OJOS PARA QUE VEAS MEJOR
Creo que todos nos hemos dado cuenta de lo acaparador que puede llegar a ser el sentido de la vista. Sí, así es. Y esto no se da sólo en un aspecto físico, sino que además lo podemos percibir en nuestra comunicación. Se puede hallar muchos ejemplos en la vida cotidiana, en el quehacer de cada día. Quizá no lo veamos -y para el caso uso este verbo adrede- porque es parte ya de nuestra realidad, de nuestra percepción del mundo, de incluso cómo nos percibimos a nosotros mismos y a los demás: los vemos. ¿Ves?
En el aspecto lingüístico es el que se puede entender mejor mi punto de vista (sí, así es... punto de VISTA). Claro que para la Real Academia de la Lengua Española existen un sinfín -y además más exactos- verbos para cada caso. Pero, ¿qué es la lengua si no lo que el común de las personas usa? Es decir, esas terminologías que salen de nuestros labios para determinar lo que nosotros mismos queremos decir. Sabemos lo que queremos comunicar y, mejor aún, entendemos lo que otros quieren hacernos entender. Sólo hay que abrir los ojos a lo que se nos presente.
Semánticamente, pueden existir muchas interpretaciones para los verbos delegados al sentido de la vista. Basta con MIRAR en derredor. "Sí, esta canción está chévere. ¿Ves?". ¡¿VES?! La vista es acaparadora, le roba lo inherente del oído al sentido auditivo. Al menos en lo que queremos expresar. "Esto es rico, mira". Sí, ¡MIRA! Mira que rico. Saborea con tus ojos, deléitalos, que sigan mofándose de los demás sentidos. Y no sólo de ellos, también del entendimiento y de la razón. MIRA que éste es un buen ejemplo. ¿Lo entiendes? ¿Lo ves?
Pero, bueno. Cabe entender que mi explicación se sustenta sólo en un nivel poco formal, en el que se usan palabras genéricas como cosa o algo. Mas es al entendimiento mismo de la necesidad que tenemos, de la importacia que ostenta la vista para todos nosotros, que presuponemos -quizá inconscientemente- que los ojos están involucrados en todas las sensaciones y hasta en la razón -con eso de la luz del entendimiento, es obvio que es para poder ver- en detrimento de los demás sentidos. Por eso, cierra los ojos y entiende de manera diferente el mundo.
En el aspecto lingüístico es el que se puede entender mejor mi punto de vista (sí, así es... punto de VISTA). Claro que para la Real Academia de la Lengua Española existen un sinfín -y además más exactos- verbos para cada caso. Pero, ¿qué es la lengua si no lo que el común de las personas usa? Es decir, esas terminologías que salen de nuestros labios para determinar lo que nosotros mismos queremos decir. Sabemos lo que queremos comunicar y, mejor aún, entendemos lo que otros quieren hacernos entender. Sólo hay que abrir los ojos a lo que se nos presente.
Semánticamente, pueden existir muchas interpretaciones para los verbos delegados al sentido de la vista. Basta con MIRAR en derredor. "Sí, esta canción está chévere. ¿Ves?". ¡¿VES?! La vista es acaparadora, le roba lo inherente del oído al sentido auditivo. Al menos en lo que queremos expresar. "Esto es rico, mira". Sí, ¡MIRA! Mira que rico. Saborea con tus ojos, deléitalos, que sigan mofándose de los demás sentidos. Y no sólo de ellos, también del entendimiento y de la razón. MIRA que éste es un buen ejemplo. ¿Lo entiendes? ¿Lo ves?
Pero, bueno. Cabe entender que mi explicación se sustenta sólo en un nivel poco formal, en el que se usan palabras genéricas como cosa o algo. Mas es al entendimiento mismo de la necesidad que tenemos, de la importacia que ostenta la vista para todos nosotros, que presuponemos -quizá inconscientemente- que los ojos están involucrados en todas las sensaciones y hasta en la razón -con eso de la luz del entendimiento, es obvio que es para poder ver- en detrimento de los demás sentidos. Por eso, cierra los ojos y entiende de manera diferente el mundo.
Chepi-dos, ¿así se escribe?
—Mamá, ¿qué es chepi-dos?
Estaba yo en el bus camino de la universidad. Recuerdo que iba pensando en algún curso de idiomas de los cuales he empezado sin completar. ¿Era realmente necesario pensar en ello? Puede que sí tanto como puede que no. Pero de que no prestaba atención a mi libro, eso sí, no lo hacía.
—¿Donde has escuchado eso?, hijo.
Me ha sucedido muchas veces —y estoy casi seguro que a todos nos ha pasado aunque sea una vez— que no he podido evitar escuchar una conversación ajena. Y se da casi siempre que no llego a comprenderla del todo, puesto que no he prestado atención desde el inicio de ésta por estar absorto en mis pensamientos o, si tengo suerte, algún buen libro.
—Me lo ha dicho Marita, mamá.
—¿Así?, verás… ¿Estaban jugando?
En muchas de esas situaciones debo de contener una risa para evitar desenmascararme. Uno suele escuchar cada cosa… Claro que debemos fingir seriedad o hasta intranquilidad para no aparentar lo que realmente sucede: que hemos dejado de pensar en nuestros asuntos para escuchar una conversación ajena.
—Sí, mamá.
Hubo, pues, una de aquellas raras veces en que, a pesar de que leía un buen libro, no pude menos que prestar atención a la pregunta de un niño, a quien, por el timbre de su voz, supuse de cinco o seis años.
—Mmh —caviló la joven madre, pues debió ser joven por el timbre de voz—. Eso quiere decir que debemos esperar un momento.
Tanto madre como hijo estaban a mis espaldas y además había muchas personas de pie en el corredor del bus. Mientras oía la explicación de la madre, imaginando la mía, es decir, mi explicación, miraba mi libro para evitar, como dije antes, ser descubierto.
—Es como decir “para” —continuó la madre.
Yo había usado ese término: Chepi-dos (si así se escribe). Al fin y al cabo, ¿quién no? Me trajo muchos recuerdos volverlo a oír, en realidad. Pero lo que más me llamó la atención es cómo ha influenciado el aprendizaje de una lengua extranjera, de manera prematura, en nuestras vidas. O bueno, en la vida de los más jóvenes. A tal punto que su entendimiento esta relacionado, si no supeditado, a una lengua que no nació con su madre.
—¿Como decir “stop”?, mamá —dijo el niño, y se percibía en su forma de hablar, que estaba esbozando una sonrisa.
—Así es hijo, como “stop”
He escuchado muchas cosas, pero que un niño, para llegar a comprender a cabalidad el significado de una palabra en castellano —y teniendo en cuenta que es ella su lengua natal— use un término extranjero… eso, pensé, es extraordinario. Sucede que me percaté del avance que se da en la sociedad. Por supuesto lo tenía pendiente, pero percibirlo así, de manera directa, es algo bastante extraño.
—Mamá, ¿te cuento un chiste?
Me hace imaginar que los niños de ahora ya no tienen en la mente lo que nosotros a su edad. Están más desarrollados. Sus intereses son inducidos desde fuera, sí, pero es muy provechoso para sus vidas.
—A ver, hijo.
Pero, también puede ser que simplemente su madre lo metió a algún instituto de inglés, de los muchos que hay, como muchas madres hacen con sus hijos, y ese niño era muy común en estos días. Y que además, era como cualquiera de nosotros fue a esa edad. Y que seguiría repitiendo lo que todos decíamos entonces. “Chepi-dos” pensé. Yo también lo dije.
—Ya. Había una vez un elefante que se llamaba maíz…
Pensado esto, retomé mi lectura, claro que con una sonrisa, porque ya sabía cómo acabaría ello. Yo también lo he contado a mi madre cuando tenía esa edad, pensé. Creo que lo malo es que a mi edad, muchas veces lo sigo contando en las reuniones. Y si bien pensamos: “Ese chiste es recontra viejo”, aún sonreímos.
Estaba yo en el bus camino de la universidad. Recuerdo que iba pensando en algún curso de idiomas de los cuales he empezado sin completar. ¿Era realmente necesario pensar en ello? Puede que sí tanto como puede que no. Pero de que no prestaba atención a mi libro, eso sí, no lo hacía.
—¿Donde has escuchado eso?, hijo.
Me ha sucedido muchas veces —y estoy casi seguro que a todos nos ha pasado aunque sea una vez— que no he podido evitar escuchar una conversación ajena. Y se da casi siempre que no llego a comprenderla del todo, puesto que no he prestado atención desde el inicio de ésta por estar absorto en mis pensamientos o, si tengo suerte, algún buen libro.
—Me lo ha dicho Marita, mamá.
—¿Así?, verás… ¿Estaban jugando?
En muchas de esas situaciones debo de contener una risa para evitar desenmascararme. Uno suele escuchar cada cosa… Claro que debemos fingir seriedad o hasta intranquilidad para no aparentar lo que realmente sucede: que hemos dejado de pensar en nuestros asuntos para escuchar una conversación ajena.
—Sí, mamá.
Hubo, pues, una de aquellas raras veces en que, a pesar de que leía un buen libro, no pude menos que prestar atención a la pregunta de un niño, a quien, por el timbre de su voz, supuse de cinco o seis años.
—Mmh —caviló la joven madre, pues debió ser joven por el timbre de voz—. Eso quiere decir que debemos esperar un momento.
Tanto madre como hijo estaban a mis espaldas y además había muchas personas de pie en el corredor del bus. Mientras oía la explicación de la madre, imaginando la mía, es decir, mi explicación, miraba mi libro para evitar, como dije antes, ser descubierto.
—Es como decir “para” —continuó la madre.
Yo había usado ese término: Chepi-dos (si así se escribe). Al fin y al cabo, ¿quién no? Me trajo muchos recuerdos volverlo a oír, en realidad. Pero lo que más me llamó la atención es cómo ha influenciado el aprendizaje de una lengua extranjera, de manera prematura, en nuestras vidas. O bueno, en la vida de los más jóvenes. A tal punto que su entendimiento esta relacionado, si no supeditado, a una lengua que no nació con su madre.
—¿Como decir “stop”?, mamá —dijo el niño, y se percibía en su forma de hablar, que estaba esbozando una sonrisa.
—Así es hijo, como “stop”
He escuchado muchas cosas, pero que un niño, para llegar a comprender a cabalidad el significado de una palabra en castellano —y teniendo en cuenta que es ella su lengua natal— use un término extranjero… eso, pensé, es extraordinario. Sucede que me percaté del avance que se da en la sociedad. Por supuesto lo tenía pendiente, pero percibirlo así, de manera directa, es algo bastante extraño.
—Mamá, ¿te cuento un chiste?
Me hace imaginar que los niños de ahora ya no tienen en la mente lo que nosotros a su edad. Están más desarrollados. Sus intereses son inducidos desde fuera, sí, pero es muy provechoso para sus vidas.
—A ver, hijo.
Pero, también puede ser que simplemente su madre lo metió a algún instituto de inglés, de los muchos que hay, como muchas madres hacen con sus hijos, y ese niño era muy común en estos días. Y que además, era como cualquiera de nosotros fue a esa edad. Y que seguiría repitiendo lo que todos decíamos entonces. “Chepi-dos” pensé. Yo también lo dije.
—Ya. Había una vez un elefante que se llamaba maíz…
Pensado esto, retomé mi lectura, claro que con una sonrisa, porque ya sabía cómo acabaría ello. Yo también lo he contado a mi madre cuando tenía esa edad, pensé. Creo que lo malo es que a mi edad, muchas veces lo sigo contando en las reuniones. Y si bien pensamos: “Ese chiste es recontra viejo”, aún sonreímos.
martes, 5 de agosto de 2008
¿A ti o al mundo?
Porque escribo lo que pienso
Y lo que veo en derredores
Como aquellos, de premios, detentadores
Me siento poeta y sé que no lo soy
¡Qué más da el día de hoy!
Si todo es relativo y no hay juez
Si no lo común, ¿Normal qué es?
Ser servil y ser lo mismo que todos
No salir de los parámetros bobos
Tener dos manos, ¿uno o dos pies?
¿Acaso comprar en uno y vender en diez?
Qué es normal, sino más de lo mismo
Ser capitalista o seguir al marxismo
A la pregunta ¿Todo esto de quién es?
Si te hace bien sigue a Dios al abismo
O al Edén o profesa el materialismo
Pero la decisión es de uno mismo, ¿ves?
Yo soy poeta porque así me siento
Y porque así me quiero a veces sentir
Quizá poco, quizá con creces, pero soy yo
Porque así lo decido, soy yo cuando miento
¿Pero, y tú? Al mundo o a ti en este momento
¿A quien le crees?
Y lo que veo en derredores
Como aquellos, de premios, detentadores
Me siento poeta y sé que no lo soy
¡Qué más da el día de hoy!
Si todo es relativo y no hay juez
Si no lo común, ¿Normal qué es?
Ser servil y ser lo mismo que todos
No salir de los parámetros bobos
Tener dos manos, ¿uno o dos pies?
¿Acaso comprar en uno y vender en diez?
Qué es normal, sino más de lo mismo
Ser capitalista o seguir al marxismo
A la pregunta ¿Todo esto de quién es?
Si te hace bien sigue a Dios al abismo
O al Edén o profesa el materialismo
Pero la decisión es de uno mismo, ¿ves?
Yo soy poeta porque así me siento
Y porque así me quiero a veces sentir
Quizá poco, quizá con creces, pero soy yo
Porque así lo decido, soy yo cuando miento
¿Pero, y tú? Al mundo o a ti en este momento
¿A quien le crees?
La argentina, la pelirroja y Zapatos Azules.
Dicen que dicen. Yo pienso que, realmente, los sueños, las ilusiones, aquello que es real y no lo es tanto, eso: es necesario. Sí, ciertamente, lo es. Y digo “pienso yo” porque no tengo ningún tipo de titulación que me pueda acreditar para hacer de mis pensamientos una generalización.
Ah, las ilusiones. Quizá en este caso me refiera yo a un solo tipo. Del tipo aquel del que no quieres “desilusionarte”. De aquel tipo de ilusión que no quieres saber si es verdad o no, si es alcanzable o no. De aquel que quizá ves lejano, pero, como muchas pinturas magníficas, debes verlo a la distancia exacta, no necesitas estar en contacto directo para poder apreciarlo, adorarlo.
Lo más probable es que aún no me haya hecho entender bien. Sí, suele suceder. Y como siempre, daré un ejemplo para intentar ser comprendido.
—¿Qué fue de tu amiga? —pregunté yo.
—¿Cuál amiga? —respondió Capelletti (¿o preguntó?).
Capelletti es una compañera de mi primer salón de la universidad. Solíamos verla bastante lejana a nosotros. Cuando digo “nosotros” me refiero al cuarteto al cual fui incorporado: Ian, Guillermo, Diego y yo. Aquel día estábamos los dos, sentados en nuestros respectivos sitios, mientras la mayoría de los alumnos había salido al receso. El resto del cuarteto había salido también, por supuesto.
—La Argentina, pues —dije desde mi asiento, detrás de ella—. Esa amiga tuya que siempre viene a verte.
Y sí, la argentina siempre venía a verla. Eso a causa de que la amiga tal, de cabello claro, no estaba en el mismo salón que nosotros. Bueno, quizá haya sido la única amiga suya que venía a buscarla, ciertamente, no me percaté de que hubiera alguien más. Y lo digo porque no tuve que dar mayor definición.
—Pero ella no es argentina —me dijo, con aquella expresión que ponemos todos cuando pensamos “éste está huevón, ¿qué se ha fumado?”.
—Si ya sé —dije, sin mayor cambio —. ¡Pero tiene toda la pinta! —Eso es un prejuicio, y vale decir que fui yo quien comenzó a llamarla argentina—. Además, no sabemos su nombre.
Por un momento pensé que ella me lo diría. No sé por qué se me ocurrió tal asistencia de una chica que apenas y conocía, pero me pareció lo más natural que se haría en un caso así (quizá fuera empatía)
—Pero no me lo digas —dije, y añadí por cautela—, si me lo pensabas decir. —para evitar, quizá, en un caso supuesto, que me dijera: ¡No te lo iba a decir!
Nuevamente la expresión esa. Suelo ser bastante raro a veces (¡¿Sólo a veces?!).
Comencé pues mi explicación para evitar ser tomado por loco, o quizá lunático (por eso de andar cambiando de nacionalidad a la gente sólo por un prejuicio mío)
—Sí, sí la he visto. Creo que vino sólo el primer día, y entró al salón por equivo-cación —dijo Guillermo.
Al parecer, Diego no la había visto. Ian, bueno, creo que no vino el primer día.
—Claro, creo que sí —añadí yo—. Era pelirroja, pero de las verdaderas, y además era muy simpática.
Debo suponer que por eso me acordaba, por lo de simpática obviamente. Ya habría pasado quizá un par de meses desde que las clases empezaran. Los cuatro estábamos en el balcón del quinto piso, tomando los rezagos del sol y, cerca de la puerta del salón, estaba Capelletti conversando con la argentina.
—Oe —intervino Ian—, pero ¿la pelirroja no está en el salón del costado?
Y, sí, ella estaba.
—Oe —dijo nuevamente Ian—, mira esa flaca. Está buena.
—¿Cuál? ¿Quién? —dijo, no recuerdo si Guillermo o Diego. Yo ya estaba mirando en la dirección en la que apuntó la seña sutil que había empleado Ian tras sus palabras.
—La flaca de al fondo —prosiguió Ian, sin tomar en cuenta que estábamos en tiempo de receso y todos los alumnos estaban en el pasillo, donde supuestamente se hallaba la muchacha que él quería que viéramos.
Miramos por un momento y luego repetimos la pregunta que no recuerdo quién la hizo, sólo que aquella vez, pusimos más énfasis, pidiendo, en realidad, detalles.
—La flaca esa, pues, la de cabello negro, chompa roja y zapatos azules.
Miramos hacia el fondo, claro, pero vimos nuestros rostros luego y posteriormente a Ian.
—¿Chompa roja y zapatos azules? —dije—. ¿Zapatos azules? —enfaticé—. ¡Qué huachafa! —dije yo, recontra huachafo, porque debo añadir que esa palabra suena terrible, suena mal, suena, ¿cómo decirlo?… ¿huachafo?
Reímos todos.
—Pero, ¿Por qué no quieres saber su nombre? —me preguntó Capelletti, acomodándose en su asiento, quizá para verme mejor (No tiene nada que ver con caperucita y cierto lobo…)
—Hay cosas de las que no queremos enterarnos para no romper la ilusión —dije, haciendo una de aquellas generalizaciones de mis propios pensamientos—. Verás, yo no quiero conocer a la argentina, sólo quiero verla y percibirla por mí mismo. Sólo quiero saber que está allí. Lo mismo para la pelirroja y Zapatos azules.
Nuevamente el gesto ese en el rostro de Capelletti.
Sonó el timbre y los cuatro volvimos a ingresar al salón.
—Pero no está tan buena que digamos —sentenció Ian.
—Sí y su cabello no es rojo, es teñido —dijo Guillermo.
Y ciertamente, lo es, sí, pero en aquella percepción que tuve yo de ella, en ese pequeño instante en que la vi por vez primera, ella era pelirroja y perfectamente pelirroja. Aún lo es, aunque no se haya vuelto a teñir y se le noten las raíces negras en la cabeza, para mí lo es. Eso es una ilusión. No la he escuchado hablar, no sé cual es su timbre de voz, pero me lo imagino. Y sé que quizá sea mejor así. Lo mismo Zapatos azules. Debo confesar que no la he visto bien, y creo que no sería capaz de reconocerla si la tuviera en frente. Pero la conozco por mi imaginación. Y está bien así. No quiero conocer a aquella persona, ella es sólo el principio de aquello que realmente deseo, aquella ilusión la cual no quiero que desparezca. Diré en realidad pues que sólo conozco el título de zapatos azules y lo demás lo he inventado yo (hablo sólo por mí, no por el cuarteto).
La argentina también. No la he tratado mucho, sólo le he dirigido un par de palabras (cuidado, disculpa), pero la he visto, con el grupo de Las Vikingas, al que, dicho sea de paso, pertenece Capelletti (espero que no sea esto una infidencia), y no es para nada cómo me la imaginé, pero puedo asegurarles, que tampoco es argentina, por eso: está bien así. Quizá sea que no quiero creer que sean de otra manera que como me las había imaginado.
Aquella pobre madre que no quiere aceptar que su hijo ya es adulto —tiene treinta y sigue en la casa de sus padres—. Aquel pobre adolecente que no quiere creer que el amor de su vida ha roto con él (suelen llorar creo). O más trágico quizá, aquella persona que no quiere aceptar que su ser querido ha muerto. No, ninguno de ellos está dispuesto a aceptar que se rompa la ilusión. Algunos excepcionales logran mantenerla, pero en detrimento de la realidad y terminan en el Noguchi o el Larco Herrera.
Lo cierto es que no queremos que se rompa ese hilo, tan delgado. Y es que tenemos necesidad de ello. Somos egoístas y las ilusiones nos hacen bien, quizá sólo a nosotros, es decir, individualmente. El amor de mi vida, es el amor de MI vida, ¡No puede dejarme! La muerte de ese mi ser querido me hace sentir mal, débil, nostálgico, es decir, ME hace sentir mal.
Insisto, no puedo generalizar mis ideas. Pero, piensa en un ejemplo de ilusión y ponme a prueba. Somos egoístas, no sólo yo.
Sea como sea, tenemos necesidad de las ilusiones. Las metas son ilusorias hasta que se hacen realidad, y entonces se pierde el encanto que tuvieron, se convierten en un suceso de tu vida y el tiempo comienza a cubrirlo. Yo quiero que algunas ilusiones sigan siendo ilusiones, pero no todas, más exactamente, ¡no mis metas!
Quizá, la pelirroja se llame Cuchuficienta, pero yo no quiero que se llame así, quiero sea La Pelirroja. Quizá, Zapatos azules es una borracha drogadicta muy bien disimulada, pero yo quiero que le guste leer, que sea proactiva y que adore sonreír. Y bueno, también tengo algunas ilusiones con respecto a la argentina, pero pienso pedirle a Capelletti que lea esto que he escrito. Creo que ya escribí que la argentina es amiga suya.
No pienso que esté de más mencionar que no nos podemos hacer ilusiones de todo o de todos, yo no lo hago. Suelo ser, más bien, realista. Pero necesito tener alguna ilusión siempre. Como creer que muchas personas leerán esto.
—Y por todo eso —dije— no queremos saber sus nombres.
—¡Qué tonto! —dijo Capelletti, o al menos, creo que fue esa la expresión. Pero lo dudo, ella no suele decir eso, ¿no? Usualmente son algo más directos. Es decir, sus calificativos. Es decir, los de Capelletti.
Me cago de sueño. Y se me acabaron los cigarros.
Por cierto, no sé si Capelletti se escribe así, con dos eles y dos tés, pero a mí me gus-ta así, es decir, a MÏ. Yo quiero que se escriba así. Ese nombre es en realidad, para mí, una ilusión (valga decir que sólo el nombre… ¡no quiero problemas!).
Paul Medina.
Ah, las ilusiones. Quizá en este caso me refiera yo a un solo tipo. Del tipo aquel del que no quieres “desilusionarte”. De aquel tipo de ilusión que no quieres saber si es verdad o no, si es alcanzable o no. De aquel que quizá ves lejano, pero, como muchas pinturas magníficas, debes verlo a la distancia exacta, no necesitas estar en contacto directo para poder apreciarlo, adorarlo.
Lo más probable es que aún no me haya hecho entender bien. Sí, suele suceder. Y como siempre, daré un ejemplo para intentar ser comprendido.
—¿Qué fue de tu amiga? —pregunté yo.
—¿Cuál amiga? —respondió Capelletti (¿o preguntó?).
Capelletti es una compañera de mi primer salón de la universidad. Solíamos verla bastante lejana a nosotros. Cuando digo “nosotros” me refiero al cuarteto al cual fui incorporado: Ian, Guillermo, Diego y yo. Aquel día estábamos los dos, sentados en nuestros respectivos sitios, mientras la mayoría de los alumnos había salido al receso. El resto del cuarteto había salido también, por supuesto.
—La Argentina, pues —dije desde mi asiento, detrás de ella—. Esa amiga tuya que siempre viene a verte.
Y sí, la argentina siempre venía a verla. Eso a causa de que la amiga tal, de cabello claro, no estaba en el mismo salón que nosotros. Bueno, quizá haya sido la única amiga suya que venía a buscarla, ciertamente, no me percaté de que hubiera alguien más. Y lo digo porque no tuve que dar mayor definición.
—Pero ella no es argentina —me dijo, con aquella expresión que ponemos todos cuando pensamos “éste está huevón, ¿qué se ha fumado?”.
—Si ya sé —dije, sin mayor cambio —. ¡Pero tiene toda la pinta! —Eso es un prejuicio, y vale decir que fui yo quien comenzó a llamarla argentina—. Además, no sabemos su nombre.
Por un momento pensé que ella me lo diría. No sé por qué se me ocurrió tal asistencia de una chica que apenas y conocía, pero me pareció lo más natural que se haría en un caso así (quizá fuera empatía)
—Pero no me lo digas —dije, y añadí por cautela—, si me lo pensabas decir. —para evitar, quizá, en un caso supuesto, que me dijera: ¡No te lo iba a decir!
Nuevamente la expresión esa. Suelo ser bastante raro a veces (¡¿Sólo a veces?!).
Comencé pues mi explicación para evitar ser tomado por loco, o quizá lunático (por eso de andar cambiando de nacionalidad a la gente sólo por un prejuicio mío)
—Sí, sí la he visto. Creo que vino sólo el primer día, y entró al salón por equivo-cación —dijo Guillermo.
Al parecer, Diego no la había visto. Ian, bueno, creo que no vino el primer día.
—Claro, creo que sí —añadí yo—. Era pelirroja, pero de las verdaderas, y además era muy simpática.
Debo suponer que por eso me acordaba, por lo de simpática obviamente. Ya habría pasado quizá un par de meses desde que las clases empezaran. Los cuatro estábamos en el balcón del quinto piso, tomando los rezagos del sol y, cerca de la puerta del salón, estaba Capelletti conversando con la argentina.
—Oe —intervino Ian—, pero ¿la pelirroja no está en el salón del costado?
Y, sí, ella estaba.
—Oe —dijo nuevamente Ian—, mira esa flaca. Está buena.
—¿Cuál? ¿Quién? —dijo, no recuerdo si Guillermo o Diego. Yo ya estaba mirando en la dirección en la que apuntó la seña sutil que había empleado Ian tras sus palabras.
—La flaca de al fondo —prosiguió Ian, sin tomar en cuenta que estábamos en tiempo de receso y todos los alumnos estaban en el pasillo, donde supuestamente se hallaba la muchacha que él quería que viéramos.
Miramos por un momento y luego repetimos la pregunta que no recuerdo quién la hizo, sólo que aquella vez, pusimos más énfasis, pidiendo, en realidad, detalles.
—La flaca esa, pues, la de cabello negro, chompa roja y zapatos azules.
Miramos hacia el fondo, claro, pero vimos nuestros rostros luego y posteriormente a Ian.
—¿Chompa roja y zapatos azules? —dije—. ¿Zapatos azules? —enfaticé—. ¡Qué huachafa! —dije yo, recontra huachafo, porque debo añadir que esa palabra suena terrible, suena mal, suena, ¿cómo decirlo?… ¿huachafo?
Reímos todos.
—Pero, ¿Por qué no quieres saber su nombre? —me preguntó Capelletti, acomodándose en su asiento, quizá para verme mejor (No tiene nada que ver con caperucita y cierto lobo…)
—Hay cosas de las que no queremos enterarnos para no romper la ilusión —dije, haciendo una de aquellas generalizaciones de mis propios pensamientos—. Verás, yo no quiero conocer a la argentina, sólo quiero verla y percibirla por mí mismo. Sólo quiero saber que está allí. Lo mismo para la pelirroja y Zapatos azules.
Nuevamente el gesto ese en el rostro de Capelletti.
Sonó el timbre y los cuatro volvimos a ingresar al salón.
—Pero no está tan buena que digamos —sentenció Ian.
—Sí y su cabello no es rojo, es teñido —dijo Guillermo.
Y ciertamente, lo es, sí, pero en aquella percepción que tuve yo de ella, en ese pequeño instante en que la vi por vez primera, ella era pelirroja y perfectamente pelirroja. Aún lo es, aunque no se haya vuelto a teñir y se le noten las raíces negras en la cabeza, para mí lo es. Eso es una ilusión. No la he escuchado hablar, no sé cual es su timbre de voz, pero me lo imagino. Y sé que quizá sea mejor así. Lo mismo Zapatos azules. Debo confesar que no la he visto bien, y creo que no sería capaz de reconocerla si la tuviera en frente. Pero la conozco por mi imaginación. Y está bien así. No quiero conocer a aquella persona, ella es sólo el principio de aquello que realmente deseo, aquella ilusión la cual no quiero que desparezca. Diré en realidad pues que sólo conozco el título de zapatos azules y lo demás lo he inventado yo (hablo sólo por mí, no por el cuarteto).
La argentina también. No la he tratado mucho, sólo le he dirigido un par de palabras (cuidado, disculpa), pero la he visto, con el grupo de Las Vikingas, al que, dicho sea de paso, pertenece Capelletti (espero que no sea esto una infidencia), y no es para nada cómo me la imaginé, pero puedo asegurarles, que tampoco es argentina, por eso: está bien así. Quizá sea que no quiero creer que sean de otra manera que como me las había imaginado.
Aquella pobre madre que no quiere aceptar que su hijo ya es adulto —tiene treinta y sigue en la casa de sus padres—. Aquel pobre adolecente que no quiere creer que el amor de su vida ha roto con él (suelen llorar creo). O más trágico quizá, aquella persona que no quiere aceptar que su ser querido ha muerto. No, ninguno de ellos está dispuesto a aceptar que se rompa la ilusión. Algunos excepcionales logran mantenerla, pero en detrimento de la realidad y terminan en el Noguchi o el Larco Herrera.
Lo cierto es que no queremos que se rompa ese hilo, tan delgado. Y es que tenemos necesidad de ello. Somos egoístas y las ilusiones nos hacen bien, quizá sólo a nosotros, es decir, individualmente. El amor de mi vida, es el amor de MI vida, ¡No puede dejarme! La muerte de ese mi ser querido me hace sentir mal, débil, nostálgico, es decir, ME hace sentir mal.
Insisto, no puedo generalizar mis ideas. Pero, piensa en un ejemplo de ilusión y ponme a prueba. Somos egoístas, no sólo yo.
Sea como sea, tenemos necesidad de las ilusiones. Las metas son ilusorias hasta que se hacen realidad, y entonces se pierde el encanto que tuvieron, se convierten en un suceso de tu vida y el tiempo comienza a cubrirlo. Yo quiero que algunas ilusiones sigan siendo ilusiones, pero no todas, más exactamente, ¡no mis metas!
Quizá, la pelirroja se llame Cuchuficienta, pero yo no quiero que se llame así, quiero sea La Pelirroja. Quizá, Zapatos azules es una borracha drogadicta muy bien disimulada, pero yo quiero que le guste leer, que sea proactiva y que adore sonreír. Y bueno, también tengo algunas ilusiones con respecto a la argentina, pero pienso pedirle a Capelletti que lea esto que he escrito. Creo que ya escribí que la argentina es amiga suya.
No pienso que esté de más mencionar que no nos podemos hacer ilusiones de todo o de todos, yo no lo hago. Suelo ser, más bien, realista. Pero necesito tener alguna ilusión siempre. Como creer que muchas personas leerán esto.
—Y por todo eso —dije— no queremos saber sus nombres.
—¡Qué tonto! —dijo Capelletti, o al menos, creo que fue esa la expresión. Pero lo dudo, ella no suele decir eso, ¿no? Usualmente son algo más directos. Es decir, sus calificativos. Es decir, los de Capelletti.
Me cago de sueño. Y se me acabaron los cigarros.
Por cierto, no sé si Capelletti se escribe así, con dos eles y dos tés, pero a mí me gus-ta así, es decir, a MÏ. Yo quiero que se escriba así. Ese nombre es en realidad, para mí, una ilusión (valga decir que sólo el nombre… ¡no quiero problemas!).
Paul Medina.
miércoles, 11 de junio de 2008
Sí te amo...
Dime, corazón, ¿Qué es tu poesía?
Dime, corazón, porque no te entiendo
¿Por qué escribes si no ansías?
¿Por qué tus rimas sin sentimiento?
¿Y por qué en detrimento de tus fantasías?
¿Qué, es acaso poco que te ame sólo yo?
¿Y que lo haga cada día, cada momento?
¿Es acaso poco, para tu alma vacía,
Que no quiera yo tu sufrimiento?
¿Acaso, maldito, yo te miento?
¡Dime si acaso yo te destruiría!
Que no existan pues mañanas
Si sólo, corazón, noches necesitas
Te pintaré paisajes despejados
Alejados de todos, sin visitas
Aquellas, tus historias descritas
Reescribiré para ti, si tú lo dices
Recuerda, triste, las historias malditas
Y yo le escribiré finales felices
Dime, corazón, porque no te entiendo
¿Por qué escribes si no ansías?
¿Por qué tus rimas sin sentimiento?
¿Y por qué en detrimento de tus fantasías?
¿Qué, es acaso poco que te ame sólo yo?
¿Y que lo haga cada día, cada momento?
¿Es acaso poco, para tu alma vacía,
Que no quiera yo tu sufrimiento?
¿Acaso, maldito, yo te miento?
¡Dime si acaso yo te destruiría!
Que no existan pues mañanas
Si sólo, corazón, noches necesitas
Te pintaré paisajes despejados
Alejados de todos, sin visitas
Aquellas, tus historias descritas
Reescribiré para ti, si tú lo dices
Recuerda, triste, las historias malditas
Y yo le escribiré finales felices
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