-Ok. Dejemos las caretas, Paul- me dijo, seria.
Yo terminé de tomar el agua de maracuyá helado sin apurarme, mientras que en mi cabeza iba terminando de cuadrar bien la excusa. Lentamente, regresé el vaso a la mesa, pasé despacio la bebida y le miré esos ojos café tan lindos que tiene.
-¿Cómo? ¿Por qué estás tan seria?- Sonreí estúpidamente con esos gestos del que se desentiende sabiendo de qué le hablas.
Me miró con el gesto de quien sabe que intentas desentenderte.
-¿Qué más va a ser? Quiero que me cuentes en qué lío estás metido ahora.
-¿En líos? ¿Yo?
En esos días en que el sol ahuyenta todas las nubes y el cielo es azul-azul, nunca te puedes imaginar que todo termine mal. De hecho, yo siempre que despierto con el sol en la ventana, me levanto convencido de que todo va ir bien.
-¿Qué es todo eso que está en los periódicos?
-Mentiras- mentí.
-Te quiero creer, Paul. Pero, tiene mucha información sobre ti, sobre tu amigo, sobre todo este asesinato.
-Son mentiras, amiga mía.
-Por favor, dime la verdad. ¿Lo mataste?
-No- mentí nuevamente y tomé otro sorbo helado, miré lo que quedaba. La miré directamente a los ojos, le sonreí y me puse de pie tan tranquilo como podía.
-No te vayas, quiero que me cuentes.
A ella la conocía desde hacía muchos años, entonces. Era una mujer de confianza, pero un poco impresionable. La miré nuevamente y cogiendo el respaldar del asiento, me acomodé frente a ella otra vez.
-Yo le advertí que si se metía con nosotros, estaría en problemas. Sí, es cierto que mi amigo me ayudó, pero la idea siempre fue mía. Le conté que nos lo podíamos cargar si aparecía a joder a Santana. Cuando me enteré que le robó todas sus cosas de la universidad, que le vació la casa porque ella no quería ni siquiera conocerlo, me enfurecí. Ya yo lo tenía entre ceja y ceja desde siempre. Por eso es que los periódicos dicen eso, saben que lo odiaba.
-Paul, tienes que confesarlo, tienes que ir con la policía- me dijo, con un rostro desencajado. Me tomó la mano y, con sus ojos cafés, casi me suplicaba.
Bajé la mirada y recordé que momentos antes de pararme para irme ya había decidido no contarle nada porque no entendería, porque no me entendería. Y en ese preciso momento renegaba de mí mismo ¡¿Por qué no me hice caso cuando debí?! A veces cuando siento esa incomodidad de saber que estoy tomando una mala decisión, debo hacerme caso y corregir: debo hacerme caso e irme, debo hacerme caso y quedarme callado. Esa incomodidad, sin embargo, no la sentí dos días antes.
-Por favor, tienes que hacerlo.
-Es mentira, niña- mentí.
-¿Qué? ¡Pero si acabas de decirme que sí lo hiciste!
-Sí y antes te dije que no lo hice y no me creías. La verdad es que todos estamos dispuestos a creer solo lo que queremos. Llevo negando eso por más de media hora y aún no te convences, pero si digo que sí, que sí lo he hecho, entonces me crees a la primera- le dije, como aleccionándola.
-Solo quiero que me digas la verdad.
-¿Y qué te hace creer que no te la estoy diciendo, que no te la he dicho ya? Lo que pasa es que tú ya estás convencida de lo contrario y para ti la verdad sería solo confirmar aquello de lo que ya estás segura: no importa cuál sea mi respuesta, para ti la verdad es lo que tú creías antes de preguntar y que solo quieres corroborar.
-Lo siento- me dijo. Y comenzó a llorar.
-Tranquila – le dije y le tomé ambos hombros-. No pasa nada. Ya vas a ver que los periódicos encontrarán de qué hablar y se olvidarán de todas estas tonterías. Ya verás que no tienen nada contra mí, que nunca estuve involucrado y que no tengo nada que ver con todo esto- mentí-. Aunque para ser sincero, si hubiese estado en esa situación, quizá lo habría hecho- sonreía sabiendo que no me veía.
Ella comenzó con ese llanto con hipo tan gracioso que tiene y yo estaba disfrutando del sol y pensaba si sería malo que quite una de mis manos de sus hombros para poder tomar un poco más de esa agua de maracuyá.
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