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miércoles, 30 de enero de 2013

El Por qué de las cosas


Jamás completé un álbum de figuritas. Nunca canjeé ningún premio por coleccionar. Lo que pasa es que el entusiasmo siempre me duró muy poco. La cuestión con los álbumes siempre me pareció que debía ser algo personal, algo propio. Pero en mi casa, nada era personal. Si había algo que pudieran hacer dos manos, terminaban metidas todas las de mis hermanos. Y somos cuatro.
En los noventa, no había álbum que no empezáramos. Regresábamos corriendo del colegio con un sobrecito de cinco figuritas sin abrir, la mochila que nos llegaba hasta casi las rodillas no disminuía nuestra carrera y cuando llegábamos era comenzar a rogar al azar. Oh, azar, que nos toque de las que no tenemos.
Frente al colegio había muchas de estas señoras que venden chucherías en el piso, todo sobre un gran plástico azul cuyas puntas aguantaban con piedras para que no se las lleve el viento. Y vendían muñequitos de papel recortables, chipitaps, rotataps, pistolas de plástico con balines, ligas, canchita popcorn con ají, papita rellena (de cebolla china) a veinte céntimos, pequeños tubitos de grajeas, sachets con manjar blanco, caramelos de peritas… en fin. Todo. Y también tenían el álbum y las figuritas de lo que estuviera de moda.
Con el que empezó todo este alboroto en casa fue el álbum “El por qué de las cosas” y lo compró mi papá. Mi viejo es un tipo que si pudiera, se sentaría a enseñarte todo lo que sabe en un día. Le encanta aprender, pero sospecho que le gusta más enseñar. Quien recibió el regalo fue Raúl, mi hermano mayor, pero ya a esa edad sabía que lo terminaríamos por coleccionar entre todos.
Entonces, los sobrecitos costaban treinta céntimos que era más o menos la propina conjunta de mis dos hermanos mayores y la mía. Sí, bueno.
Cuando en casa llegábamos sudorosos con los sobres en la mano y nos encontrábamos con mi padre para almorzar, mi padre sonreía. Pero, no sé si era por ver la inocencia de sus hijos o porque ya sabía que hay figuritas que nunca salen.
Nos juntábamos los tres (mis dos hermanos mayores y yo, porque mi hermana menor era muy pequeña entonces) alrededor del álbum, nos mirábamos a las caras. Si teníamos más de un sobre, los repartíamos lo más equitativamente posible para que cada uno abriera uno, pero si solo teníamos un único sobre, definitivamente quien debía abrirlo, era Ángelo, el hermano con más suerte. No haré un acápite aquí para señalar todas las circunstancias que nos llevaron a esa conclusión porque tendría que hacer otro post, pero de que estaba probado, lo estaba: era estadística pura. Yo por otro lado, cuando no gano nada (que es las más de las veces), digo que no existe tal cosa como la suerte, que es solo el simple, llano y nada mágico azar, luego cuando estoy solo, hundo mi cara en la almohada y lloro mi mala suerte.
Yo no sé, en mi casa la verdad, no ha habido mucho de eso de las cábalas para atraer la buena suerte, o salir corriendo como loco con maletas para que el otro año te vayas de viaje. Pero para abrir los sobres, había un procedimiento que se debía seguir. Se abría siempre con el sobre parado, siempre viendo la parte de adelante, antes de abrir había que sacudirlo cuatro veces para que la magia surta efecto. Los tres mirábamos atentos el único sobre en las manos de Ángelo que golpeaba por cuarta vez, luego, suavecito, suavecito, se rompía con los dedos el envoltorio de papel.
La primera vez que papá y mamá volvieron del Centro de Lima con un ‘paquetón’ fue la locura. Jamás tuvimos tantos sobres sin abrir. En vano, mi madre intentó dosificar la apertura de los sobres a través de los días, cada vez que revisaba habían menos y luego por cada turno nos daba cada vez más sobrecitos. Era interminable. Desde entonces y hasta que dejamos de coleccionar álbumes, no nos volvieron a decir que se iban al Centro porque era solo para que nos tengan colgados de sus pies con súplicas por ‘paquetones’.
El detalle con tener doscientas figuritas (para un álbum de ciento cincuenta números) era que inevitablemente tendrías ‘yalas’. Entonces comenzaba el negocio en el colegio porque quien tenía esa que tú no, te cambiaba dos figuritas por una. Esa tranza era aprendido de las señoras que vendían en sus plásticos verdes. Cada vez que uno iba a cambiar figuritas, ellas tenían torres y torres de ellas. No les importaba tener repetidas, siempre estaban dispuestas a cambiar a dos por uno. Y cuando llegaba alguna de la que no tenía nadie, entonces recién, te lo vendía, pedía dinero en efectivo.
Del álbum El por qué de las cosas yo recuerdo que no lo terminamos. Sé que el fin del álbum era educar porque las imágenes que se correspondía a cada número ya venían en los espacios en los que había que pegarlos, pero estaban en blanco y negro (o buenobulqui y negro, porque de eso estaba hecho el papel), y la descripción también. En las figuritas te venía la misma información pero con la imagen a colores y en un papel más delgadito y un poco más brilloso. Lo que recuerdo también, es uno de los números que explicaba por qué nos soplamos las manos en invierno. Desde entonces, en las noches frías y húmedas de los inviernos de Lima, cada vez que me soplo las manos haciendo dos concavidades con las palmas, sé que lo hago para que el calor de mi exhalación aumente la temperatura de algunos los vasos sanguíneos más alejados del corazón.


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