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miércoles, 6 de agosto de 2014

Camuflajes

Dante sopló sus manos renegando entre dientes por haberse olvidado los guantes, una y otra vez se olvidaba, uno de estos días va a salir sin llave y no tendrá quién le abra la habitación. Sopló una vez más, subió el cuello de su saco y seguía sintiendo frío. Estaba atascado, basta ya, solo estaba buscando excusas para no pensar, se decía a sí mismo, estás atascado en tu historia sin nombres, en tus diálogos desnaturalizados.

Un hombre se acercó a él, le señaló los zapatos bien lustrados con un escobillón negruzco, se los limpio, jefe. Dante miró su reflejo en sus propios zapatos y lo volvió a mirar. Debía tener más o menos su misma edad. Qué dice, jefe, se lo dejo como un espejo. Dante volvió a mirar su reflejo en sus zapatos al final de sus piernas cruzadas. Lo miró sin decir nada, un poco anonadado. Descruzó las piernas y se acomodó para recibir el servicio allí mismo, en la mesa de aquel café.

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