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martes, 28 de enero de 2014

Colegio 2027, alias El Chaparral

Si eres de los que leíste en el título ‘dos mil veintisiete’ y no veinte veintisiete, quiere decir que no conoces el José María Arguedas, el Gran Chaparral. Le decían así porque los vecinos sabían que ese colegio en la urbanización Los Jardines y rodeado de calles con nombres de flor, era tierra de nadie. De allí se graduó la mayoría de los miembros de la terrorífica pandilla noventera Los Primitivos.

‘El Topo’ Guillén era auxiliar del Chaparral a finales de los 90’s. Era de esos tipos que cuidan que los alumnos no se porten mal, ni que estén fuera del aula durante las clases. Tenía los ojos chiquitos y una cabeza muy grande para su estatura. Era chato y regordete y usaba unos lentes muy gruesos. Tenía un Volkswagen escarabajo rojo al que cuidaba con mimos. Muchos de los alumnos que eran parte de Los Primitivos, le jugaban bromas pesadas, lo molestaban a lo lejos y se burlaban de él. Por supuesto, él tomaba represalias a punta de varazos, suspensiones y malas notas. Ellos fueron quienes le prendieron fuego al carro de ‘El Topo’ estando estacionado dentro del Arguedas.

A mediados de los noventa, el 2027 tenía dos turnos para los estudiantes, en la tarde era el Gran Chaparral, de donde, a punto de 6 pm, cerraban las tiendas y escondían a las niñas bien porque salían los estudiantes de secundaria a crear una lluvia de piedras en la misma puerta del colegio en el jirón Alhelí. Una sección contra otra, un grado contra otro; o si pasaban por ahí a buscar pleito, un colegio contra otro. Si no era eso, a veces habían disputas que se solucionaban a punta de puñetazos entre un redondel humano en ‘El Tanque’, el ring del María Arguedas.

En la mañana, era solo Maranguita (por referencia al homónimo centro correccional capitalino para menores de edad más famoso del Perú). Yo estaba en el Maranguita la primera vez que escuché de ‘La casa de la bruja’, un resquicio entre la pared de los vecinos del colegio y la espalda de lo que sería el laboratorio algunos años después, a la que se accedía saltando una valla mal hecha. La casa de la Bruja era una especie de Triángulo de Las Bermudas a donde iban a parar las mesas y las sillas destruidas (muchas de ellas en peleas y ‘apanados’ organizados en los salones). Luego de perder el misticismo, se convirtió en el trampolín para la fuga. Bastaba apilar la cantidad exacta de restos de sillas para hacer una escalera que te permita saltar la pared y llegar hasta el estacionamiento con el que colinda el colegio, casi al frente del parque Perusa, que era el bar arguedino. Allí llegaban los alumnos para beber alcohol en todas sus formas y jugar a la botella borracha.

El arguedino tenía un depredador natural: la 36. No recuerdo si hubo muertos, pero sí, muchos enyesados. Varios de mis amigos y amigas (durante mi estancia en el Maranguita, principalmente) sufrieron del atropello de esta línea de transporte público color rosa que atravesaba el jirón Alhelí a toda velocidad, trepándose en la vereda y frenando en seco. La 36 era una línea de buses, grandes, pero con conductores de combi.

Ya de cara al nuevo milenio, Los Primitivos se habían graduado, ya tenían hijos, tenían que buscar trabajo y dejaron de frecuentarse. Lo mismo pasó con otras pandillas de los alrededores menos famosas como ‘Los Vagos’, ‘Los Charlies’, ‘La Bulla’, etc. Quienes continuaron con esa vida, maduraron en los maleantes de peso, esos tipos con un pasado oscuro y que hoy no necesitan pelear pues les basta el historial para meter miedo.

Las nuevas hordas que escupía el Maranguita hacia el Chaparral, en ese cambio de milenio, eran jóvenes que preferían estar metidos en el internet, en juegos de estrategia en línea, se deslumbraron con el Latinchat, el MIRC y luego con el Messenger.

Todos los que conocían al Arguedas como El Chaparral fueron graduándose y llevándose los recuerdos y pedazos de esa fama tendenciosa que le regaló los noventas. La casa de la Bruja se volvió un Biohuerto. No sé si aún le dicen ‘veinte veintisiete’ o es solo un recuerdo mío.  No sé si aún se pelearan en ‘El Tanque’. No sé si el Perusa sigue siendo el antro que era.

Algunos con el tiempo nos desconectamos de lugares como nuestro colegio. A veces, pensar en ello me pone nostálgico, pero siempre estaré feliz por la cantidad inconmensurable de anécdotas con las que me regaló mi paso por este colegio nacional del que vestí su uniforme gris ‘rata’ e insignia azul y blanco del cóndor, colegio nacional ganador de estandartes de marchas de 28 de julio, por el que pasé once años de mi vida y de la que no aprendí ninguna sola materia. Ni una sola.

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