Recuerdo que alguna vez soñé que conversaba con el diablo, me tomaba una copa con él. Tenía cachos y su piel era roja y brillante, medio plástica. Estábamos sentados frente a frente. Yo estaba apoyado en el respaldar de mi silla como siempre trato de estar para evitar este maldito dolor de espalda que me persigue.
Él tenía los codos sobre la mesa, cogía su vaso con ambas manos como quien trata de calentárselas con una taza de café. Sus hombros estaban caídos y descansaba todo su peso sobre el tablero con desgano. Su cara no tenía esas expresiones de sadismo que siempre le pintan. Ni siquiera tenía las marcas en el rostro que demostraran que siempre anduviera así, como quien finge muecas. No, era solo un tipo con problemas.
Adopté, dios sabe por qué, esa posición de cruzar las piernas que siempre me pareció incomodísima: apoyaba el tobillo izquierdo sobre el muslo derecho apalancando el abductor con todo el peso de mi pierna, lo que invariablemente generaba que se me adormecieran los músculos.
Mientras tanto, pensaba sobre qué hablar con él. ¿Qué le puedes decir a un tipo que te pintaron de lo más terrorífico allí sentado con el desgano de la pena más humana? Él habló primero y me dijo que ser olvidado es jodido. Yo asentí moviendo la cabeza adelante y atrás, adelante y atrás.
-Pero solo te pueden olvidar quienes te conocen ¿no? Yo estoy seguro de que quienes te han visto realmente no podrían olvidarte; primero, porque están muertos y segundo, porque eso es eterno.
- ¿Y tú? – me preguntó
- Yo, no lo sé. Creo que estoy en algún tipo de trance- me sonrió con desgano.
- ¿También vas a contarme todos tus secretos?- me dijo.
- ¿Mis secretos? ¿Por qué? ¿Debería?
- No, no. En realidad no es algo que yo solicite. Lo que pasa es que los secretos afloran solitos cuando las almas buscan redención. Es una especie de necesidad humana muy parecida a esa necesidad de trascender, de existir por siempre, así sea solo en ese escondite sucio que hace el olvido en la mente de quienes nos conocieron o de quienes conocen lo que nosotros quisimos que conozcan nada más.
-¿Entonces no tengo que contarte nada?
-No
-Uff… -suspiré con verdadero alivio-
-No me tienes que contar nada, porque ya lo sé todo- tomo un sorbito de eso que bebía.