A Rosemarie, con afecto
Con tres nombres de pila,
menudita, sonríe sin esconderse.
Lacia u ondeada puede verse
moviendo las caderitas mientras camina.
Ya sea al hueco o a la cabañita, qué decisión.
Anda siempre poniéndole ganas.
De cuatro meses a dos semanas
y al final tres días para la fiscalización.
¡Ah! Chiquita, esa tu emoción,
como aquella vez que te vi:
“¿Así?, Javi. ¡Qué bueno!, amorcín.
No, nada. Le aumentaron la remuneración”
Qué decir de amistades relación.
Con Papi Aldi o con Tin-tin,
un par de panes y Chaplin
y ya tienes fans y afición.
Te embriagas rápido pero tú dale con el ron.
Un par de tapas y ya estás lista pa’ la siesta,
o si aspiras calor, con resaca en plena fiesta,
pero, dale, sigue el culipandeo ¡y contra dos!
Eres artífice de horarios,
ordenada y precavida.
Quizá por eso eres mi medida
porque en eso somos contrarios.
Y aunque pa’ la beca adversarios
bien nos damos una ayudadita.
Por eso, Rosemarie, amiguita,
muchas gracias por los calendarios.
No dejes jamás que te digan que hay algo que no puedes hacer, ni un lugar al que no puedes ir. Lee, escribe.Vive.
lunes, 13 de abril de 2009
XXVI
Pronto el aroma de tu recuerdo
Se acerca y aloja en mí
La pasividad con la que se deslizan los deseos
En el aura transparente de tu devenir
Tras cerrar los ojos y tan sólo sentir
Tu esencia vuelve pálida
Sin colores, sin sabores y sin fin
De tu cuello aquella frescura
A mi mente invade presurosa
De ti, de tu ser, aquel perfume
Que se une a mis recuerdos de locura
Como alcázar que defiende sin rodeos
Te ahuyenta celosa mi alma presta
Pero mi soledad armada de anti-ego
Te trae a mí, como sueño en mi siesta
Y entonces eres real
Cuando de todo soy yo creador
Yo te hago verdadera
Te veo y te siento frente a mí
Posas tus labios en los míos
Y te beso como por vez primera
Un susurro, un lamento
Y vuelven los recuerdos de primavera
Tras el comienzo de verano
Que se alejaron uno a uno los recuerdos
Vuelven pródigos y profanos
A aprovecharse del desmedro
Se acerca y aloja en mí
La pasividad con la que se deslizan los deseos
En el aura transparente de tu devenir
Tras cerrar los ojos y tan sólo sentir
Tu esencia vuelve pálida
Sin colores, sin sabores y sin fin
De tu cuello aquella frescura
A mi mente invade presurosa
De ti, de tu ser, aquel perfume
Que se une a mis recuerdos de locura
Como alcázar que defiende sin rodeos
Te ahuyenta celosa mi alma presta
Pero mi soledad armada de anti-ego
Te trae a mí, como sueño en mi siesta
Y entonces eres real
Cuando de todo soy yo creador
Yo te hago verdadera
Te veo y te siento frente a mí
Posas tus labios en los míos
Y te beso como por vez primera
Un susurro, un lamento
Y vuelven los recuerdos de primavera
Tras el comienzo de verano
Que se alejaron uno a uno los recuerdos
Vuelven pródigos y profanos
A aprovecharse del desmedro
Promesas cumplidas
El muchacho bajó parsimoniosamente las escaleras de madera hasta tocar la alfombra que revestía el primer piso de su casa. Estaba descalzo y vestía un pantalón jean y un polo blanco. Eran las seis de la tarde y había pasado media hora desde que se duchó. Era febrero y el sopor del calor limeño gobernaba la casa. Caminó a través del pasadizo que unía la cocina con la sala de estar. El timbre había sonado y el muchacho no esperaba a nadie. Caminó lentamente con las manos en los bolsillos hasta abrir la puerta, tan lento como había caminado.
— ¿Sí?
— Hola, Daniel.
— ¿Mariella?
Mariella había sido siempre una chica bastante ocurrente, además de alegre, pero siempre olvidadiza. A ella le gustaba gastarles bromas a sus amigos y en especial a Daniel, quien estaba siempre pendiente de cualquier niña que mostrara signos de desarrollo corporal. A sus quince años, Daniel se ocupaba de calificar, junto a su collera, a las niñas desde su balcón en su colegio. Mariella pertenecía a la collera de Daniel, naturalmente, era la única mujer. Ella solía andar más con los chicos que con las chicas.
—Son muy bobas —decía —. Solo piensan en que las ven los chicos y hacen de todo porque eso suceda, pero luego cuando un muchacho se les acerca se hacen las monjas— se burlaba, los demás solían reír con ella.
Daniel era más bien torpe con las chicas, claro, Mariella no calificaba como chica para él.
—Yo creo que las chicas deberían usar las faldas más cortas— dijo Jamir.
—Claro que sí —asintió presuroso Daniel—. Siempre lo he dicho, muy por encima de las rodillas.
—En primer lugar tú nunca has dicho nada parecido— intervino Mariella y Jamir y Miguel se rieron de Daniel—. Y en segundo lugar, en invierno hace mucho frío aquí, pero como ustedes no lo usan, no lo saben.
—Pero tú no deberías usar falda, deberías usar pantalón como nosotros, estás plana como una tabla y por eso te molesta— respondió Daniel, airoso.
—¿Para qué estar de otra forma, para atraer tontos como tú?
—¡Uy, pelea de novios! —dijo Miguel, burlón, mientras frotaba sus manos.
El papá de Mariella trabajaba en Tumbes, quién sabe en qué, ella nunca lo quiso decir. Su mamá trabajaba en la municipalidad de Jesús María y algunos días, después del colegio Mariella iba a buscarla y se iban a su casa a dos cuadras del lugar.
En clase de lengua, la clase más aburrida para la collera, Mariella escribió un intento de carta de amor en una hoja arrancada de su cuaderno. “Quizá me equivoque al escribir esto pero es que ya no puedo aguantar más” comenzaba la carta. Luego de terminar un pequeño trabajo de clase que dejó la maestra, Mariella, encargada de recoger los papeles, infiltró el escrito y lo puso sobre el pupitre de la profesora.
—Esto no es una pelea, Miguel, no seas escandaloso— obviamente, Miguel había hablado en tono elevado.
—Claro, además no creo que Daniel se fuera a pelear con una chica— intervino Jamir, sonriente.
—Ya les he dicho que ella no es una chica, está plana.
—Lo que pasa es que a ti te gustan las chicas super desarrolladas— Mariella pensó un momento— como la profesora de lengua— todos se rieron.
—La maestra Doris tiene las tetas en la cintura— gritó Miguel.
—Cállate— dijo Daniel—. Allí viene la profe.
Todos ingresaron al salón y tras ellos la profesora.
—Muy bien muchachos, saquen una hoja, van a hacer un pequeño trabajo, cuando lo acaben la delegada recogerá los trabajos y lo pondrá en mi pupitre.
La piel de Mariella estaba dorada por el sol y su melena negra llegaba a sus hombros descubiertos.
—Oye me voy a broncear más, ¿no vas a invitarme a pasar?
—Claro, discúlpame.
Daniel se hizo a un lado y la bella joven pasó.
—Qué elegante— dijo Mariella—. Jamir me dio tu dirección. Te hiciste humo todo este tiempo.
—Cómo has venido así sin avisar. Te habría ido a recoger al aeropuerto de haber sabido.
—Bueno, quería darte una sorpresa.
—Vaya sorpresa.
—Y, no es la única.
Luego de ya que los papeles descansaban en el pupitre de la profesora, el bullicio reinaba en el aula. La maestra Doris se colocó los lentes que le colgaban del cuello y se sentó. Comenzó a revisar uno a uno los trabajos.
—Ahora que la veo bien la profe no está tan mal— dijo Jamir.
—Sí, se ve sexy con los lentes— dijo Miguel.
—Vamos muchachos— interrumpió Daniel—, debe tener casi medio siglo en la tierra y además por algo se debe de haber quedado soltera todo este tiempo.
—Es que te está esperando— dijo Mariella, todos rieron.
En un momento, el tono de la conversación se fue tornando un poco menos festivo y entonces Mariella se animó a hablar.
—Muchachos, me voy a vivir a Tumbes. Me voy con mi mamá.
Todos la miraron con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? —murmuró por fin Daniel—. ¿Y por qué no habías dicho nada?
—Bueno, lo estoy diciendo ahora, me voy pasado mañana.
—¿Qué? —gritaron los tres. El salón quedó en silencio, la profesora miró sobre sus lentes al grupo.
—Lo siento, profesora.
—No puede ser, ¿por qué? ¡Estamos a medio año!
—Sí, pero papá quiere que nos vayamos ya.
—Y cuando vas a volver— dijo Daniel.
—No lo sé.
— ¿Pero por qué no nos dijiste antes?
—No lo sé.
— ¿Por qué no me dijiste antes? —dijo Daniel.
—No lo sé.
—¿Es que acaso ya no nos vamos a ver? —insistió subiendo el tono con la pregunta
—No lo sé— gritó Mariella.
El timbre de salida sonó.
—Pueden retirarse— dijo la maestra Doris.
Mariella cogió sus cosas, se paró presurosa y corrió hacia la puerta, detrás de ella corrió Daniel y la detuvo en el quicio de la puerta.
—Mariella, yo…
La muchacha tenía los ojos inundados de lágrimas. Daniel la miró con ternura por vez primera.
—Señor Alcántara, usted quédese un momento— dijo la maestra Doris.
—Sí, profesora, sólo un momento. Mariella…— la volvió a mirar—. Después de todo, llorar como una chica.
La niña sacudía sus hombros y se atoraba con su llanto.
—Haría cualquier cosa porque sonrieras, sabes, vamos, dime qué quieres que haga, lo que sea. — sonreía el muchacho.
Mariella esbozó una sonrisa, enjugó con las mangas de su blusa sus lágrimas y calmándose un poco pensó mirando al cielo, luego lo miró y sonrió otra vez.
—Ten una cita con la maestra Doris.
Daniel rió.
—Tendré una cita con ella, me acostaré con ella, viviré con ella si me juras que no me vas a olvidar nunca.
—Tonto no me voy a olvidar de ti.
—Júralo.
—Lo juro— se acercó y besó sus labios, luego salió corriendo.
Miguel y Jamir se acercaron a él y Miguel puso su brazo alrededor de los hombros de Daniel.
—Le ha crecido el trasero— dijo.
Daniel giró furioso y le plantó un puñetazo en la boca.
El ambiente en la sala estaba cargado, el verano limeño puede ser muy molesto algunos años.
—Así que no es la única sorpresa. Regresas a Lima después de cuatro años y sólo a darme sorpresas. ¿No quieres sentarte?
—La verdad es que pienso volver para que podamos conversar bien, ahora sólo estoy de paso, me están esperando afuera.
Daniel se asomó a la ventana.
—¿El carro rojo?¿Quién es?
—De eso venía a hablarte. Me voy a casar.
Daniel obscureció su semblante y caminó un poco por la sala.
—¿Así? ¡Genial!
—Sí, aún no tenemos fecha pero me voy a casar, es una persona genial, llevamos saliendo dos años y bueno, hemos decidido formalizar.
—Bien, bien, me parece genial.
—Si, bueno, ahora me tengo que ir, pero voy a estar acá por unos meses todavía así que ya tendremos tiempo de conversar, chao.
Mariella besó la mejilla de Daniel, caminó un poco y volteó a verlo.
—Ya ves que no me olvidé de ti—dijo, sonrió y luego salió. El joven cerró la puerta tras ella y miró a través de la ventana cómo se alejaba el carro luego caminó hacia el interior de la casa, descalzo sobre el piso alfombrado.
—Daniel, ¿quién era? Gritaron desde dentro de la habitación.
—Una vieja amiga.
—Oye muchacho, ¿quieres hacer el amor otra vez?
Daniel volvió a subir las escaleras
—¿Daniel?
—No, Doris, no estoy de humor.
El verano tenía aún un par de meses más para seguir sofocando a los limeños incluso con sus bochornos nocturnos.
— ¿Sí?
— Hola, Daniel.
— ¿Mariella?
Mariella había sido siempre una chica bastante ocurrente, además de alegre, pero siempre olvidadiza. A ella le gustaba gastarles bromas a sus amigos y en especial a Daniel, quien estaba siempre pendiente de cualquier niña que mostrara signos de desarrollo corporal. A sus quince años, Daniel se ocupaba de calificar, junto a su collera, a las niñas desde su balcón en su colegio. Mariella pertenecía a la collera de Daniel, naturalmente, era la única mujer. Ella solía andar más con los chicos que con las chicas.
—Son muy bobas —decía —. Solo piensan en que las ven los chicos y hacen de todo porque eso suceda, pero luego cuando un muchacho se les acerca se hacen las monjas— se burlaba, los demás solían reír con ella.
Daniel era más bien torpe con las chicas, claro, Mariella no calificaba como chica para él.
—Yo creo que las chicas deberían usar las faldas más cortas— dijo Jamir.
—Claro que sí —asintió presuroso Daniel—. Siempre lo he dicho, muy por encima de las rodillas.
—En primer lugar tú nunca has dicho nada parecido— intervino Mariella y Jamir y Miguel se rieron de Daniel—. Y en segundo lugar, en invierno hace mucho frío aquí, pero como ustedes no lo usan, no lo saben.
—Pero tú no deberías usar falda, deberías usar pantalón como nosotros, estás plana como una tabla y por eso te molesta— respondió Daniel, airoso.
—¿Para qué estar de otra forma, para atraer tontos como tú?
—¡Uy, pelea de novios! —dijo Miguel, burlón, mientras frotaba sus manos.
El papá de Mariella trabajaba en Tumbes, quién sabe en qué, ella nunca lo quiso decir. Su mamá trabajaba en la municipalidad de Jesús María y algunos días, después del colegio Mariella iba a buscarla y se iban a su casa a dos cuadras del lugar.
En clase de lengua, la clase más aburrida para la collera, Mariella escribió un intento de carta de amor en una hoja arrancada de su cuaderno. “Quizá me equivoque al escribir esto pero es que ya no puedo aguantar más” comenzaba la carta. Luego de terminar un pequeño trabajo de clase que dejó la maestra, Mariella, encargada de recoger los papeles, infiltró el escrito y lo puso sobre el pupitre de la profesora.
—Esto no es una pelea, Miguel, no seas escandaloso— obviamente, Miguel había hablado en tono elevado.
—Claro, además no creo que Daniel se fuera a pelear con una chica— intervino Jamir, sonriente.
—Ya les he dicho que ella no es una chica, está plana.
—Lo que pasa es que a ti te gustan las chicas super desarrolladas— Mariella pensó un momento— como la profesora de lengua— todos se rieron.
—La maestra Doris tiene las tetas en la cintura— gritó Miguel.
—Cállate— dijo Daniel—. Allí viene la profe.
Todos ingresaron al salón y tras ellos la profesora.
—Muy bien muchachos, saquen una hoja, van a hacer un pequeño trabajo, cuando lo acaben la delegada recogerá los trabajos y lo pondrá en mi pupitre.
La piel de Mariella estaba dorada por el sol y su melena negra llegaba a sus hombros descubiertos.
—Oye me voy a broncear más, ¿no vas a invitarme a pasar?
—Claro, discúlpame.
Daniel se hizo a un lado y la bella joven pasó.
—Qué elegante— dijo Mariella—. Jamir me dio tu dirección. Te hiciste humo todo este tiempo.
—Cómo has venido así sin avisar. Te habría ido a recoger al aeropuerto de haber sabido.
—Bueno, quería darte una sorpresa.
—Vaya sorpresa.
—Y, no es la única.
Luego de ya que los papeles descansaban en el pupitre de la profesora, el bullicio reinaba en el aula. La maestra Doris se colocó los lentes que le colgaban del cuello y se sentó. Comenzó a revisar uno a uno los trabajos.
—Ahora que la veo bien la profe no está tan mal— dijo Jamir.
—Sí, se ve sexy con los lentes— dijo Miguel.
—Vamos muchachos— interrumpió Daniel—, debe tener casi medio siglo en la tierra y además por algo se debe de haber quedado soltera todo este tiempo.
—Es que te está esperando— dijo Mariella, todos rieron.
En un momento, el tono de la conversación se fue tornando un poco menos festivo y entonces Mariella se animó a hablar.
—Muchachos, me voy a vivir a Tumbes. Me voy con mi mamá.
Todos la miraron con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? —murmuró por fin Daniel—. ¿Y por qué no habías dicho nada?
—Bueno, lo estoy diciendo ahora, me voy pasado mañana.
—¿Qué? —gritaron los tres. El salón quedó en silencio, la profesora miró sobre sus lentes al grupo.
—Lo siento, profesora.
—No puede ser, ¿por qué? ¡Estamos a medio año!
—Sí, pero papá quiere que nos vayamos ya.
—Y cuando vas a volver— dijo Daniel.
—No lo sé.
— ¿Pero por qué no nos dijiste antes?
—No lo sé.
— ¿Por qué no me dijiste antes? —dijo Daniel.
—No lo sé.
—¿Es que acaso ya no nos vamos a ver? —insistió subiendo el tono con la pregunta
—No lo sé— gritó Mariella.
El timbre de salida sonó.
—Pueden retirarse— dijo la maestra Doris.
Mariella cogió sus cosas, se paró presurosa y corrió hacia la puerta, detrás de ella corrió Daniel y la detuvo en el quicio de la puerta.
—Mariella, yo…
La muchacha tenía los ojos inundados de lágrimas. Daniel la miró con ternura por vez primera.
—Señor Alcántara, usted quédese un momento— dijo la maestra Doris.
—Sí, profesora, sólo un momento. Mariella…— la volvió a mirar—. Después de todo, llorar como una chica.
La niña sacudía sus hombros y se atoraba con su llanto.
—Haría cualquier cosa porque sonrieras, sabes, vamos, dime qué quieres que haga, lo que sea. — sonreía el muchacho.
Mariella esbozó una sonrisa, enjugó con las mangas de su blusa sus lágrimas y calmándose un poco pensó mirando al cielo, luego lo miró y sonrió otra vez.
—Ten una cita con la maestra Doris.
Daniel rió.
—Tendré una cita con ella, me acostaré con ella, viviré con ella si me juras que no me vas a olvidar nunca.
—Tonto no me voy a olvidar de ti.
—Júralo.
—Lo juro— se acercó y besó sus labios, luego salió corriendo.
Miguel y Jamir se acercaron a él y Miguel puso su brazo alrededor de los hombros de Daniel.
—Le ha crecido el trasero— dijo.
Daniel giró furioso y le plantó un puñetazo en la boca.
El ambiente en la sala estaba cargado, el verano limeño puede ser muy molesto algunos años.
—Así que no es la única sorpresa. Regresas a Lima después de cuatro años y sólo a darme sorpresas. ¿No quieres sentarte?
—La verdad es que pienso volver para que podamos conversar bien, ahora sólo estoy de paso, me están esperando afuera.
Daniel se asomó a la ventana.
—¿El carro rojo?¿Quién es?
—De eso venía a hablarte. Me voy a casar.
Daniel obscureció su semblante y caminó un poco por la sala.
—¿Así? ¡Genial!
—Sí, aún no tenemos fecha pero me voy a casar, es una persona genial, llevamos saliendo dos años y bueno, hemos decidido formalizar.
—Bien, bien, me parece genial.
—Si, bueno, ahora me tengo que ir, pero voy a estar acá por unos meses todavía así que ya tendremos tiempo de conversar, chao.
Mariella besó la mejilla de Daniel, caminó un poco y volteó a verlo.
—Ya ves que no me olvidé de ti—dijo, sonrió y luego salió. El joven cerró la puerta tras ella y miró a través de la ventana cómo se alejaba el carro luego caminó hacia el interior de la casa, descalzo sobre el piso alfombrado.
—Daniel, ¿quién era? Gritaron desde dentro de la habitación.
—Una vieja amiga.
—Oye muchacho, ¿quieres hacer el amor otra vez?
Daniel volvió a subir las escaleras
—¿Daniel?
—No, Doris, no estoy de humor.
El verano tenía aún un par de meses más para seguir sofocando a los limeños incluso con sus bochornos nocturnos.
DIRECCIÓN DEL AMOR
A Carmen Zulay Niño
Extraño, sí, tu sonrisa trémula
En ese tu bello rostro
oculto tras tus brazos acongojada
Siendo, muchacha bella, digna de ser amada
ámate a ti misma antes de amar a otro
No te menosprecies, niña de rizos definidos
q' unidos estaremos aunque alejados,
aún viéndonos en el recuerdo, en el pasado
dado q' no hay ahora juntos pues has marchado
Me has comentado de tu momento intranquilo,
del vilo de tu vida y de tu grito desesperado,
de tu imaginar q' no te quieren,
que te han olvidado
Linda niña, te recordaré,
te recuerdo y te he recordado
por no decir q' no te olvidé,
por no decir q' para mi nada ha cambiado
Aún imagino verte llegar
con tu belleza encantadora
y pedirte mi beso acostumbrado,
q' acercas tu rostro y tus labios sonrosados
y tras el beso, tu sonrisa acogedora
Recuerdo que cansada bostezabas
estirando tus delgados brazos
alcanzando el cielo en esperanza,
en tanto más abajo tu ombligo bostezaba
el q' yo tocaba con los dedos,
tu piel digna de alabanza
Q' linda eres, niña, aún sonrío al recordarte
con lápiz o lapicero, escribiendo Cazuni
por todas partes
chica fuerte y sentimental,
peliandera y no cobarde
de sonrisa suave, rizos lindos
q' más q' números prefiere el arte
ámate a ti misma , niña ,
que también he de amarte
Porque amar no sólo es besos y abrazos
es cuando sabes de alguien
y no puedes más q' alegrarte
Extraño, sí, tu sonrisa trémula
En ese tu bello rostro
oculto tras tus brazos acongojada
Siendo, muchacha bella, digna de ser amada
ámate a ti misma antes de amar a otro
No te menosprecies, niña de rizos definidos
q' unidos estaremos aunque alejados,
aún viéndonos en el recuerdo, en el pasado
dado q' no hay ahora juntos pues has marchado
Me has comentado de tu momento intranquilo,
del vilo de tu vida y de tu grito desesperado,
de tu imaginar q' no te quieren,
que te han olvidado
Linda niña, te recordaré,
te recuerdo y te he recordado
por no decir q' no te olvidé,
por no decir q' para mi nada ha cambiado
Aún imagino verte llegar
con tu belleza encantadora
y pedirte mi beso acostumbrado,
q' acercas tu rostro y tus labios sonrosados
y tras el beso, tu sonrisa acogedora
Recuerdo que cansada bostezabas
estirando tus delgados brazos
alcanzando el cielo en esperanza,
en tanto más abajo tu ombligo bostezaba
el q' yo tocaba con los dedos,
tu piel digna de alabanza
Q' linda eres, niña, aún sonrío al recordarte
con lápiz o lapicero, escribiendo Cazuni
por todas partes
chica fuerte y sentimental,
peliandera y no cobarde
de sonrisa suave, rizos lindos
q' más q' números prefiere el arte
ámate a ti misma , niña ,
que también he de amarte
Porque amar no sólo es besos y abrazos
es cuando sabes de alguien
y no puedes más q' alegrarte
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