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jueves, 22 de agosto de 2013

Los tres minutos más largos de mi vida (Parte II)

Un minuto y medio. Ya en este punto estaba aterrado. Ya no quería café, ya no sé qué tomaría cuando ella llegara, estaba en blanco. Me puse de pie intempestivamente. Desde la puerta del local, un hombre miró a la mujer que abrazaba y luego me miraron. Fuera había una cola de personas esperando por entrar. Me volví, me senté. El concho de café pasado reposaba en el fondo de una taza blanca. No había mezclado bien mi azúcar.

No sé en qué momento había cruzado los brazos sobre la mesa, ni desde cuándo había apoyado la frente sobre ellos. En cuanto ella golpeó dos veces el vidrio, reviví. Me sonrió, y caminó, mirándome todavía, hacia la puerta. Me senté, acomodé, revisé mi peinado y esperé. Todos los costados del establecimiento son de vidrio así que podía verla en todo momento. No le quitaba la vista de encima, avanzó tranquila y en la puerta no la dejaron pasar.

El problema cuando estás nervioso es que no piensas muy bien, para mí verla en ese aprieto era mi gran oportunidad. Las personas en la cola pensaban que ella quería adelantar el turno y a pesar de que a todas vistas  indicaba que la esperaban dentro, no se lo permitían. Me levanté de la mesa y caminé lo más elegante que pude, sin apurar el paso hasta tocar el hombro del encargado. “Viene conmigo” dije, casi como James Bond. Abrí la puerta, la hice pasar y la pareja que antes me había visto ponerme de pie, se terminaba de acomodar en mi mesa de la que ya habían levantado hasta mi taza blanca sin café en menos de seis segundos. Mi tan esperada mujer y yo no teníamos dónde sentarnos. Volteé verla, desanimado, ella me devuelve una sonrisita con los labios apretados, pone su mano en la parte baja de mi espalda. “Ahora podemos irnos a donde queramos” me dice, yo sonrío.

Cada vez que he pensado en las oportunidades desperdiciadas con ella, me imagino también lo que haría yo hoy siendo como soy ahora. Sería más caballeroso, menos torpe, más amigable, menos inseguro, más arrebatado y menos avergonzado. Pero anoche, fui el mismo de hace siete años cuando fui a despedirla. Me convertí en un niño jugando a ser grande, con un disfraz que le queda inmenso y un torpe ronquido en la voz que se desafinó con cada una de sus sonrisas.

Fue nuevamente otra oportunidad perdida. Llevábamos juntos sesenta segundos y ya no sabía de qué hablar. No soy más que un farsante. Mi semblante me mostraba despreocupado, como si estuviera junto a una amiga cualquiera. Yo parecía solo un cascarón, solo una fotografía. Pero en realidad quería contarle que había querido hacerlo todo con ella: vivir, trabajar, viajar, existir. Quería que nos hubiéramos comprado un chalecito, haber discutido esas cosas tontas que la convivencia te hace conocer.

Hoy que escribo esto con la esperanza de que lo leas, esperando que recuerdes que ayer puede haber sido cualquier día, quiero decirte que adoré que me tomaras del brazo, que posaras por un segundo tu sien en mi hombro, que mi calor pareciera tu calor, que tu sonrisa contagiara la mía, que pudiera soñar andando que lo que vivía era eterno, que no era un sueño sino mi presente.

Es extraño que a pesar de tantos años, todavía con tu sonrisa tan solo, puedas cambiarme el humor. Eso no lo he encontrado, te confesaré (como no lo he hecho), porque no lo he buscado. Es que mi torpe cabeza cree que ya lo encontré, el problema es que aún no lo tengo. El problema es que aún no te tengo.

El perenne afilador del cuchillo

Al final del frío pasadizo, chillaba la piedra. El viento helaba y recorría los laberintos con su humedad, olía a mar y olía a sal, olía a sangre seca, olía a alma guardada y mohosa.

Cuando pasó por segunda vez el hierro de su cuchillo por la yema de su dedo índice ya sabía que el filo se había gastado hacía mucho tiempo, por eso era que la marca que ensayó en la pared de su celda no era tan clara, no era tan profunda. Se impaciento como también lo hizo la última vez que notó eso y la vez anterior. Se arrodilló y contra el suelo irregular  intentó afilar su cuchillo una vez más.

No quería olvidar cuánto tiempo llevaba en esa celda, no quería olvidar cuántas veces había visto esa misma ventana con barrotes, esa misma puerta con llave y con candado, esa misma cama que le parecía que se achicaba cada vez más. Quería marcar en su pared para que no le dieran un día más de esa condena, para no olvidar él mismo, cuánto le faltaba. Con la palma de la mano izquierda ayudaba al envés de la hoja a llevar una ruta uniforme. O al menos, eso intentaba.

Sus zapatos estaban bajo la cama y también su orinal, y su vergüenza estaba tapada junto a su decisión bajo la almohada esperando a que lo visiten en sus sueños.

A veces pensaba que lo habían olvidado allí, que lo habían abandonado a su suerte con la puerta encadenada, pero a pesar de que no recordaba haber visto al carcelero desde hacía mucho tiempo él aún estaba allí. Encarcelado no podría haber vivido tanto, no podría haber sobrevivido solo.

Tampoco recordaba que el cuchillo fuera de él. Quizá siempre estuvo en ese calabozo. Sí, eso debe ser. En ausencia del carcelero, alguna vez intentó romper la cadena, destrozar el candado. ¡De otras cárceles había escapado! Pero siempre que lo intentaba, el cuchillo lo lastimaba, si lo apalancaba, el cuchillo le cortaba, le hacía cada vez más marcas al candado con cada intento pero no lo lograba. No podía. Y enfadado, aventaba el cuchillo hacia la oscuridad, debajo de la cama, a donde fuera, pero siempre dentro de esa barrera que lo contenía.

Cada vez que pensó en deshacerse del cuchillo, cada vez que de la cólera de no poder romper el candado, deseo aventarlo con todas sus fuerzas, no verlo más, terminaba por desistir. No es que no le servía para nada. Le servía para recordarle que en algún momento todo terminaría, que su condena acabaría. Para eso contaba los días. Y para no olvidar cuánto faltaba, necesitaba el cuchillo. Lo necesitaba para marcar. Finalmente, le ayudaría a no pasar ni un solo día más allí, de una u otra forma, finalmente lo podría librar.

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