Cuando vi que asomaste tu curiosidad y mencionaste uno de mis juguetes, emocionado niño tratando de tener un amigo nuevo, corrí a traerte todo lo que tenía, me movía como loco, llenándote las manos con juguetes iguales al que viste u otros que creía que te podían gustar. Y tengo tantos que no te caben en las manos y como te los traigo todos al mismo tiempo, con ninguno puedes jugar. Y mi entusiasmo te abruma y la emoción me embarga. Y con una sonrisa me dejas saber que te vas justo cuando había construido un juguete para ti.
Así es mi corazón, es un niño tonto y ocioso, tonto y apurado. Un bobo que persigue mariposas de mentira, que sonríe corriendo con las manos hacia el cielo y que no mira esta tierra maldita llena de piedras y baches.
Hoy ese juguete que hice para ti forma parte del montón, etiquetado y olvidado porque los años no pasan en vano. A veces juego a ser grande y frente a mis amigos-grandes me río de los niños pequeños y doy cátedra de adultez. Pero en mi corazón, ese niño pinta con crayolas, de panza en la alfombra, sacando la lengua intentando hacer la línea recta más perfecta que jamás se dibujó, pintando fuera de los bordes, doblando con el codo las esquinitas de mi cuaderno de garabatos.
A veces cuando me detengo a fumar y veo alrededor que otros niños juegan, detengo con mi mano a ese párvulo inquieto y torpe y lo retengo y le prohíbo ir. Pero la verdad es que anhelo algún día ser lo suficientemente maduro como para ser un niño libre.
Y mientras sucede, solo asomará ese pequeño a la ventana a mirar cómo te diviertes, cómo de cuándo en cuándo volteas a verme a los ojos, con tu manita acomodas tu cabello tras tu oreja y sonríes. Escapará otra vez, lo sé, se te acercará solo para hacer el tonto a tu lado. Escapará para verte jugar a lo lejos con esa libertad que no se me contagia.
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