Ya había bebido yo suficiente como para sentir que la vergüenza no pintaría mi rostro de rojo por cosas que sobrio no diría. O sea, ya era un ebrio sin vergüenza. Tenía todavía un vaso de vidrio lleno de vodka con jugo de naranja. Lo repartían como si quisieran que se acabe. Yo ya no quería, pero sentía que debía tomarlo porque había pagado por eso.
Cuando la vi sentada en el piso junto al jardín, recordé que siempre me pareció guapa y tierna e inocente, además. Se veía tan delicada y tan pequeña. Sorbí un poco más de valor de mi vaso y me senté junto a ella.
Alrededor había algarabía, besos furtivos, parejas reconciliadas, parejas peleadas, ex, futuros ex y muchos, muchos indecisos. Había mucha gente y mucho alcohol, la música sonaba a toda potencia, la gente se hablaba al oído, no hacía frío, y había muchas carcajadas. Ella miraba sus zapatos sentada, acurrada bajo el límite de la única área con techo del lugar. La luz cálida de la bombilla iluminaba su espalda. Su trasero en el suelo y sus pies sobre el jardín.
Por esos días, la había visto andar mucho con un compañero de la universidad, un tipo buena onda. Siempre parecía que eran solo amigos, y sin embargo parecía que había algo más. Cada vez que los veía, sentía como que andaban indecisos, que andaban con miedo de decidirse. Algunas veces almorcé con ellos sin saber realmente si eran pareja o no.
Esa noche, ella había llegado con él. Pero en ese momento, él parecía estar más a gusto con otro grupo de amigos. Cuando me senté a su lado, noté que tenía esa cara que ponen los niños cuando intentan en vano no llorar.
-Hey ¿por qué tan sola?- dije yo y ella me sonrió, inclinando levemente su rostro hacia mí y con sus manitas degollaba el gras a sus pies - ¿por qué estás triste?
-Porque él no se decide, dice que no me cree, que piensa que así como él me gusta también me gustan otros y que por eso no está seguro.
Miré hacia otro lado, buscando el rostro de él. Conversaba con otros amigos. Bebí más vodka extrañando la cerveza. Pensé por un momento en mi adolescencia, en mi propia indecisión.
-¿Él te ha dicho eso?
-No.
-¿Entonces?
-En realidad me lo ha dicho alguien más hace un momento, pero es que es verdad, y sé que es verdad por cómo actúa. No me ha dicho nada al respecto y seguimos así, como si fuéramos cualquier tipo de amigos.
-Mira, en serio, no creo que sea cierto. Quizá esté un poco indeciso, pero no creo que sea por ti, creo que es más bien por él mismo, quizá algo le pasó antes que no le permite confiar, quién sabe.
A veces, con las cosas que le pasan a uno reconoces rostros que hablan, que dicen cosas, reconoces muecas, un leve guiño con los labios. Su rostro decía “no sabes de lo que hablas”.
-Sabes, realmente creo que quien te dijo eso fue en realidad porque está enamorado de ti a escondidas- le dije, y le sonreí.
-No te burles de mí, Paul- me dijo-, ¿quién se podría enamorar de mí?
-Pues yo creo que quien te dijo que él no te quería está enamorado de ti.
Por eso te dijo eso, para que ustedes se pelearan y tuviera una ínfima oportunidad- le dije, animado, animándola. Me miró, me sonrió y volvió a decapitar la grama bajo sus zapatitos.
-Yo creo que nadie se puede enamorar de mí- me dijo, bajito, bajito.
Sorbí lo último del vodka naranja que quedaba en mi vaso.
-Pues, déjame decirte que te equivocas, primero porque estoy seguro de que quien te dijo eso, está enamorado de ti a escondidas y además está borracho. No le deberías hacer caso a la gente borracha- me miró y me sonrió. Secó su mejilla derecha con la manga de su polo-. A excepción de mí, claro. A este borracho sí le debes hacer caso. O si quieres, no. Al final, queda en ti.
Volví a llevarme el vaso vacío a los labios y simulé que bebí un poco más. Me di cuenta de que me temblaban un poco los brazos.
-Además, te equivocas también en eso de que no le gustas a nadie. Tenme a mí por ejemplo. A mí me gustas mucho- me miró ella-. Siempre me pareciste muy guapa y muy inocente. Ahora, puede que yo te lo diga porque, bueno, ya no estoy como para estar ocultando estas cosas, ya yo me he prometido no andar dejando pasar las oportunidades como si las tuviéramos infinitas.
Ella ya no lloraba. Aún me miraba. Me veía, creo, con algo de escepticismo, con algo de esperanza a ver a qué hora termina la broma. Yo seguí.
-Y te lo digo por una razón: para que lo sepas. No hay más detrás. Se ve que al broder le gustas, pero que no se decide. Tú lo conoces más que yo y más que quien te dijo que él no te quería. ¿Tú qué decides? Yo creo que deberías darle una oportunidad y te lo digo así, sin nada detrás: ya lo sabes, estoy borracho y me gustas y ya sabes lo que pienso, así que ¿qué piensas hacer?
Sonrió, mirándome. Dejó en paz al gras. Secó su mejilla izquierda con la misma manga y puso ambas manos sobre sus rodillas.
-Tienes razón- me dijo.
-Voy por más vodka.
-Ok.
Me puse de pie y me fui. Ya no la volví a ver triste esa noche. La siguiente vez que me acerqué a ella, su enamorado la cogió de la mano y se la llevó lejos de mí. Y lo mismo la siguiente vez.
A veces, cuando pienso en esa noche no puedo dejar de creer que crecí un poquito, que ella inspiró en mí dejar de ser egoísta. Y eso es bueno. Claro que es bueno.
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