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viernes, 25 de febrero de 2011

Amor en La Cantín

Apareces y me sonríes, y te acercas despacio.
-¿Quieres un café?
La barra es de madera, oscura y mate. El brillo murió hace mucho, escuchando los mismos saludos, los mismos pedidos. Es caoba, lo sé por su olor. Donde siempre van las manos del moreno cantinero, la madera ha ennegrecido. Las paredes son rojas, o marrones, depende si es de día o de noche. Frente a la barra hay un vitral muy grande. Madera hasta media altura y de allí un ventanal dividido en cuatro cristales traslúcidos.

Suenan el saxo y el piano.

El piso es de baldosas, asperas y viejas. Limpias, sí, limpias. Y caoba también son las sillas y las mesas y la fila de columnas que van desde el fondo hasta casi la puerta pasando por un claroscuro creado por las lámparas en la noche. Y las lámparas cuelgan desde el techo. Solo en la entrada hay un tapete.
- Quiero lo que me puedas dar.
- Cántame una canción al oído con esa tu voz melodiosa, mi negra.
Era de noche entonces. Y por fuera, las luces de neón caminaban dentro de su moldura, son morado y rojo, y no prendía la última a.
Pedro, el cantinero y dueño del café, era un hombre de pensamientos básicos y poca imaginación. Cuando abrió el negocio, la ciudad no era lo que era hoy y tampoco lo era él, ni sus bolsillos tenían lo que tenía ahora. 
De pronto se prende una luz cenital. Todas las mesas están ocupadas en la oscuridad abrasadora y en el calor tenue brillan luciernagas de vez en cuando y luego bajaban su intensidad suavemente. También los bancos junto a la barra están ocupadas. Todos menos uno en la que todos saben que está prohibido sentarse pero no hay ningún anuncio cerca. La luz ilumina a la morena con su blanco vestido con una larga abertura que muestra su pierna desde el muslo hasta el tacón. La mujer coge el micrófono sobre la barra y le manda un beso con la mano al cantinero que sonríe mientras limpia un vaso. Sonríe y no se ven sus dientes. La gente aplaude. Las luciérnagas se iluminan sin patrón alguno. La batería comienza a sonar suave, suave.
La mujer camina sensual, con su melena cayéndole a un lado de la cara. Y su voz, esa voz comienza con un tono bajo y precioso. Se pasea por las mesas y la luz no parece querer dejarla y la sigue. Qué negra, Dios, qué mujer. Pasa tras mi banco junto a la barra y desliza su mano sobre el espaldar.

Pedro compró las luces de neón en una mercado de pulgas. Entonces eran dos líneas de texto, pero él solo conservó la primera parte porque quería que sobre su puerta solo dijera La Cantina. Así de simple, como él, sencillo. Y sin embargo, la última a nunca brilló. Y la gente conoció su barra. Y también conoció a Amor, la morena del dueño.

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domingo, 20 de febrero de 2011

Inocencia, inspiración

Miguel mira en sus adentros. Y no ve nada. Y se odia y odia el trabajo que ha hecho. Y sin embargo, por enésima vez, lo vuelve a leer. ¿Dónde quedó su potencial? ¿Dónde, su capacidad de narrar, de resumir, de hacer llorar, de hacer enojar a su lector, o al fin, a sí mismo? Ya son cuatro años en que todo lo que escribe le parece que va de mal en peor. Cuando vuelve a leer sus textos ya no se emociona, no siente, no se inspira, no nada. O no todo.

Vuelve a abrir el primer libro que le publicaron. Narraciones sencillas, divertidas, amenas. Mientras lee sonríe. Y luego maldice su actual sequedad. Maldice sus cuatro años, su trabajo de oficina, su cátedra de universidad. Se avergüenza cuando ve ojos atentos a sus palabras y él no se cree lo que dice, no lo ejerce. Se odia, se ataca, llora y se maldice. Y maldice su mente escurrida que solo da a luz palabrería barata de a sol cien páginas.

Lee y llora donde debe reír, en la frase más hilarante de su comedia primaria, llora. Y llora porque no puede reproducir con su actual pluma la felicidad, ni la tristeza, ni la vergüenza de sus personajes, de las personas, de sus otras facetas ocultas. No se puede describir a sí mismo. Y lee una carta de amor a un amor imaginario y sonríe. Y siente que es de alguien más. Abre el segundo libro y llora. Pero no se inspira. Recuerda.

¿Cómo es que sucedió? ¿Cómo es que podía escribir entonces, en sus días de colegio, esas historias no convencionales con universo copiado de la realidad? Con las manos en sus libros, mirando el cielo, descalzo, con el sol en su cara, los ojos cerrados, siente. Sí, siente. El sol le calienta la piel y piensa. En aquel entonces todo era nuevo para él. Nuevo. Abre los ojos. Nuevo. Y su rutina lo hundió en lo que ya sabía, lo dejó cómodo sobre lo que ya era, olvidando lo que quería ser. Miró en derredor y todo lo que vio lo conocía. Sonrió. Porque todo a su alrededor lo conocía, absolutamente todo. Y sonrió porque comprendió. Sus textos eran el reflejo del camino que andaba con paso inseguro sobre lo desconocido y su ilusión se fue pudriendo con su imaginación mientras sus pies echaban raíces en el suelo. Era hora de avanzar, de cambiar, de ir por lo desconocido, de viajar, de salir de su rutina, de abandonar su silla, de respirar de otros aires, sentir otros vientos, de perderse, de vivir una vez más.

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El alma de lo que morirá

¿Existe acaso fórmulas perfectas para todo? El azar puede ser enemigo o amigo pero siempre será. Así como existen caras que te dicen todo, hay de las que te dicen cosas que pueden no ser ciertas, o pueden no decirte todo. Y si debes escoger dependerá de tus opciones basadas en ese mundo estrecho y abierto creado en ti, no necesariamente por ti. Algunas veces lo que te tenemos en la mente parece llenado por alguien más. Una cubeta en la que se avientan cosas y situaciones y oscuridad y luz y amor y odio y rencor y frustación y...

¿Existe acaso fórmulas perfectas para todo? ¿Dónde queda la decisión? Algunas veces la mente se empeña en buscar la solución perfecta a una situación determinada y luego por asociación intenta solucionar algo parecido de la misma forma. Pero no siempre se puede. No, no siempre. Y es que los seres humanos somos muy diferentes porque vivimos cosas diferentes y las percibimos de diferente manera. Aunque existen patrones de conducta establecidas y generales, medibles, cuantificables, pueden unirse un sinfín en un azar temeroso que crean cadenas infinitas que no se atan a descripciones repetibles.

Todos erramos y algunas veces nos enamoramos de nuestro error. Pero, son y deben ser tratados como tal. Deben servir para ayudarnos a avanzar, a mejorar. Sin embargo, no hay peor error que cometer el mismo por segunda vez. Y sin embargo, el azar. Sí, el azar. Algunas cosas escapan de nuestras manos como la arena de playa, como el agua de mar, como la briza matutina, como el aire que respiramos, como el alma de los que morirán.

Hay frustaciones muchas, propias. Que a pesar de tener lo que querías, lo que tienes no trabaja como debe. Pero ¿cómo buscar la perfección? ¿No es acaso solo un concepto que busca hacernos mejorar y solo eso? ¿No es la perfección individual acaso, encontrar algo imperfecto para todos y volverlo casi perfecto para ti? ¿No es eso acaso? Y yo me pregunto a veces si es factible, quizá, preguntarse cómo hacerlo. Pero termino preguntándome si acaso existen fórmulas perfectas para todo.

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miércoles, 16 de febrero de 2011

Vístela de tu imaginación

Ella es de sonrisa fácil. Y su mayor arte es cruzar sus piernas.Bebe solo cocteles vírgenes y prefiere los que tengan sabor a dulce. Su silueta siempre fue envidiada y el gusto de saberse en esa posición la impulsó a dietas y estrictas rutinas de ejercicios solo para ver el placer de ojos envidiosos siguiéndola. Fuma. Pero, de mentira. Siempre pensó que tener un cigarrillo en la mano era atractivo. Sin embargo, jamás pasó humo a sus pulmones, aprendió a hacer parecer que lo hacía.

El su primer trabajo, había una secretaria que le buscaba cualquier error a todo lo que hacía, pero principalmente era que mantuviera esa sonrisa coqueta suya. Así que ella aprendió a no hacerla, solo cuando la secretaria aparecía.

No, ella no busca problemas, es más, intenta por todos los medios evitarlos. Pero, claro, no deja que la ofendan. Como aquella vez que un joven, en un bar, le preguntó si era noctámbula y ella lo golpeó por herir su honra con una pregunta tan maleducada.

Solo se enamoró una vez. Tenía siete años, tres meses y dos días. No recuerda la hora porque no le gustaba las matemáticas, no se le daban bien, y no sabía multiplicar los numeritos que veía en su reloj de pulsera Barbie. Fue su primer beso. Fue un amor en silencio. Y acabo el mismo día, horas después, cuando Kitty, su gatita, le arrancó la cabeza a mordiscos a su único Ken.

Luego idolatró a Elvis Presley hasta que se volvió gordo. Le gustó Jhon Travolta hasta que se volvió gordo. Aún le gusta Clint Eastwood.

Su cabello dorado se volvió cano. El carmín en sus labios ya no le sienta bien y ya no lo usa. Pero aún tiene una mirada coqueta y sigue fingiendo fumar.

jueves, 10 de febrero de 2011

El sol que baila

Los hombros le duelen. No sabe si están hinchados, no lo podría saber. El agua le cubre los brazos que casi no siente y solo de vez en vez ve salir uno para volver a hundirse. Pero ya no puede más. Respira fatigado, cansado. Deja caer las manos, las relaja y también relaja los músculos de las piernas. Está exhausto. Gira sobre sí mismo y queda boca arriba casi mirando directamente al sol.

"El mar es tan inmenso", piensa, ahora que no lo ve. Y es tan azul el cielo. Y el sol tan arreciante. Su cuerpo flota debido a su respirar controlado. No se ha desesperado. Aún parece estar seguro de poder lograrlo, pero sus brazos no le creen, ni sus piernas, ni su piel. Cuando cierra los ojos, ve el traslucir de la luz a través de sus párpados y entonces todo se vuelve rojo. Pero, es aún un rojo que hiere. Levanta lentamente su brazo izquierdo y con su mano se cubre los ojos. Y su piel está arrugada, resentida, vencida.

Piensa en morir. ¿Qué será? Cuando un oceano lo rodea y ya su humanidad no le alcanza para aferrar fuerte a su alma e impedirle el escape ¿qué será? Flota. Flota en silencio y a solas. Y controla su respirar. Y entonces juega. Con los miembros sin respuesta, comienza a botar el aire de sus pulmones lentamente hasta que, con el mecer del oceano, comienza a atravezar esa línea delgada entre el aire y el agua que contornea su cuerpo sin entrar en él.

No llegó a cubrirle el agua la punta de la nariz chata que tiene. Piensa que ya el sol que lo quema no podría broncear más su piel cetrina. Y su cabello largo y lacio sigue bajo el agua meciéndose como las olas. Su vientre se contrae y saca la cabeza casi sin fuerzas ya. Y llora. Y se calma para poder controlar su respirar. Pero en su mente sigue llorando. Así que, toma un gran respiro... y exhala. Todo hasta el final. Y nuevamente, la línea traspone la concavidad de sus ojos, cubre su boca y su nariz. Las burbujas suben, lentamente. Lentamente. Cuando abrió los ojos, allí al fondo, tratando de exhalar hasta el último poco de oxígeno, vio al sol bailar. Y vio que el oceano cubrió el mundo.

Y entonces aspiró, lo más profundo que pudo. Sin arrepentimientos, sin desesperarse. Totalmente agotados, sus brazos fueron soltando lentamente a su alma hasta que ésta pudo escapar.

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