La araña en el techo tiene ocho candelabros y la luz ilumina toda la habitación con esa su luz amarilla. El ambiente es cálido por que la chimenea está encendida.
-Dime si tienes frío, amor- dice Roberto con una sonricita complaciente como de niño mimoso. La rica alfombra con sus detalles de flores y rombos, con sus tonos de rojo y negro, con sus motivos abstractos entre líneas tapiza todo el suelo de la habitación. Las paredes son blancas y todas tienen filos y detalles. La ventana que se opone a la chimenea es casi un balcón y las puertas son de abrir de par en par y están flanquedas con preciosas cortinas de seda que se sostiene de una barra bañada en oro.-Sé que los ruidos te molestan, pero ya he ido a hablar con los de la construcción de al lado y no han hecho caso. Pero, voy a volver a ir ahora si lo deseas- Roberto está inclinándose sobre el brazo izquierdo de su banco. Hay junto a la puerta de roble, que da salida de la habitación, un bar lleno de los más exquisitos licores. Se respira dentro un aroma a riqueza. Y sin embargo, Roberto sentado sobre su sillón de cuero hecho a mano, conversa con otro sillón de cuero, más femenino, vacío. Y el hombre viste arapos. Su corbata está sucia y su camisa que antes fue blanca ahora luce percudida, arrugada, vieja y parchada. Su pantalón no debe valer más de dos centavos. Y sus zapatos ya parecen chanclas.
-Voy a ir ahora, justo ahora, mi amor. Y si no me quieren escuchar, si se vuelven a burlar, si vuelven a decir que estoy loco, que tú has muerto, los golpearé, mi amor, los golpearé.
Y, firme, Roberto se pone de pie, acaricia el respaldo vacío de ese mueble exquisito y camina hacia la puerta de roble macizo. Coje su empuñadura de oro y abre. La corriente de aire que entra hace que las llamas en los candelabros de la araña del techo se inclinen en sentido contrario y casi se extingan, pero el hombre, tísico, enconrvado, con la barba desaliñada y crecida ya cerró la puerta tras de sí. Y fuera de la habitación, es todo penumbra. La luz ingresa por las ventanas rotas. Las paredes antes parte más vistosa de la mansión, por sus dimensiones, son ahora muestras de miseria y abandono, horadados por muchos lugares y criadero de un sin número de alimañas. Desiende él por unas escaleras de madera honguedas y deformes y se sostiene de la baranda mohosa a ratos marrón a ratos verde. Los techos son altos y toda la estancia está vacía. La mansion está vacía. Vacía y olvidada. Y tras la puerta desvensijada que Roberto cierra tras de sí, los trabajadores de la construcción de enfrente comienzan a pasarse la voz que allí vuelve a la batalla ese rico loco que tras la muerte de su mujer perdió todo. Y que ahora la cree viva en una sola habitación en la que nadie entra porque creen que allí quedan sus miserias.