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jueves, 3 de enero de 2013

Adiós desde el olvido

Cociendo recuerdo olvidados se armaba una mujer una chompa, condenada a alimentarse de la miseria de los conocidos, condenada a la retribución piadosa de los desconocidos. Sus rencores no conocían rostros, era un todo, una masa informe.

Aquel abril sin lluvias que parecía que jamás se iría a extinguir abrigaba su brazo derecho aquella noche y su brazo izquierdo encontraba calor en la noche en que conoció aquel hombre por el que dio su vida pero a buena suerte de ella, no la tomaron. Se lamenta porque a pesar de ser tan grande su dádiva, solo constituía un pedacito de la chompa, solo un pedacito. Su vida, pensaba, entregar su vida, debió estar loca.

Todo su torso estaba lleno de oportunidades perdidas. Esos eran los recuerdos que más extensa superficie tenía esa chompa. Las oportunidades perdidas, pensaba. Y se acurrucaba sobre sí misma para ver si ese verano en la costa le daba algo más de calor que su propio cuerpo decrépito no podía generar por falta de alimento.

La mañana en que apareció muerta, tapado su rostro con una chompa mugrienta, todo su cuerpo acurrucado dentro de la mugre, ese día, su tarrito seguía cosechando limosna. Solo su cabello entretejido de plata y petróleo, aquel que fue alguna vez un hermoso cabello que constituyó gran parte de lo que aquel pintor que llegó a ser famoso pintó al óleo y que fue su obra maestra, ese cabello caía por el cuello de la chompa tocando el suelo. Solo por eso tal vez los transeúntes imaginaban que era una mujer y sus prejuicios sociales les indicaban que debían tener acaso más piedad y aumentaban cinco lastimeros centavos a la limosna que constituía su buena acción del día. Así desviaban los ojos de Dios, pensaban.

La mañana que apareció muerta, nadie lo supo. Nadie se detuvo a ver si la chompa se seguía moviendo. Tan olvidada como viva hallábase muerta, de costado en posición fetal. Se divisaban unos piececitos magullados. Quién diría que vistieron el glamour del que muchos otros ni siquiera soñaron. Que anduvieron por casi todo el mundo y fue casi porque la vida humana no alcanza ni siquiera para ver todo lo que la humanidad ha creado, mucho menos para ver lo que el infinito crea. Cuando estaba en el punto más alejado de su cuna y no sabiéndolo, miró a los ojos del gran amor de su vida antes de entregar la vida por él, que en cuanto esté frente a las puertas más grandes que ojos hayan visto preguntará quién le puso fin a su historia.

Lo primero que le respondió Dios fue algunas historias no terminan con la heroína muerta.

Cuando la escritora inglesa Farrah Donawell le dijo a ese periodista que “hacer que el lector haga algo debido a lo que escribiste, has hecho algo bien”, definitivamente sabía de lo que hablaba.

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