LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

martes, 15 de enero de 2013

La eterna tienda nueva

Supe el nombre de la calle Imperial cuando cumplí los quince. Y esto es extraño porque viví en Nápoles toda mi vida, a media casa de donde empieza. Pero no sabía el nombre. Me enteré porque alguien que por ahí no conocía me preguntó por la calle Imperial y le respondí que dónde será eso, que por allí no era. Para mala suerte mía, pasaba por ahí una vecina de esas que les gusta arruinarle el día a los chicos y le dice “pero si Imperial es esta que está en sus narices”, yo estaba parado en la puerta de mi casa.
Cómo me habrá odiado ese tipo pensando que, chibolo majedero seguro, lo estaba enviando al desvío. Entonces me interesé por saber los nombres de las calles, al menos de las que están por mi barrio. Primero me di con la sorpresa que la calle Nápoles es una L y no una recta. De eso no me olvidaría. Para no olvidarme de las otras calles, les puse referencias. La calle Florencia, donde vive Toño; Savonna, donde vive Alejandro, mi amigo de primaria; Marco Polo, donde está la librería Poseidón; Imperial, la de la tienda nueva.
La tienda nueva, no es nueva realmente. De hecho, en ese tiempo ya no era ni tienda, era una farmacia. Pero antes fue tienda por casi diez años. En mi casa, se le conocía como tienda nueva, así como estaba la tienda del Satanás, la tienda donde-todo-lo-que-venden-está-vencido, o la tienda del viejito. Nadie sabe por qué se quedó con “tienda nueva”, no fue la última que abrió, no siempre fue la más nueva, de hecho un mes luego de abrir, a media cuadra antes de llegar al final de la L de Nápoles abrieron otra tienda pero a esa nunca la bautizamos en casa. Algunas veces pensaba que era porque no teníamos otras referencias. Pero no era así. Allí había una abuelita bien bonachona que nos atendía muy bien cuando comprábamos caramelitos a dos por diez céntimos y los cincos todavía eran dorados y valían algo. Pero no era la tienda de la abuelita. De hecho, era una tienda familiar, todos los miembros de esa familia atendían, incluidas las trillizas. En el barrio les decíamos las Shakiras porque, cuando eran jóvenes, se parecían a la colombiana (ya luego, no). Pero tampoco era la tienda de las trillizas o de las Shakiras.
La tienda nueva dejó de ser tienda cuando una de las Shakiras se graduó de farmacéutica. Entonces se convirtió en una farmacia y ya íbamos cada vez menos. Antes era la tienda más surtida. Luego, ya no parábamos allí porque casi no nos enfermábamos. Además de que para mi madre, cuando se hablaba de farmacia solo había una: el Pedro Urraca. La farmacia sí tenía nombre comercial. La tienda nueva nunca pudo ser la farmacia nueva y entonces en unos meses comenzó a vender galletas junto a la aspirina y chocolates bajo esas cosas terribles para inyectar medicina (no las nombro porque no vaya ser como Bitelljuice y me toque una inyección por llamarla tres veces: odio las inyecciones).
Luego de ese experimento golosino-farmacéutico, la tienda nueva cerró. Cerró sus rejas blancas. Cerró su ventana del costado. A veces, desde entonces, he visto caminar sola por la calle a la abuelita, ahora soy más alto que ella, tan alta que siempre me pareció. Ya no veo a las Shakiras y frente a aquella casa de esquina, abrieron otra tienda. Pero no sé cómo se llama. Recién se están abasteciendo de las cosas y suelen no tener mucho de lo que pido. Ahora hay dos gorditos que no se parecen en nada a Shakira. Es una tienda y es nueva, pero no sé cómo se llamará. Por lo pronto, también está en la calle Imperial.

No hay comentarios:

Los más leídos!