El día que decidí ir a pedir formalmente la mano de mi novia, yo tenía siete años. Estaba sentado, la espalda recta, las manos en las rodillas, miraba mis pies. Sentado, las manos cruzadas sobre su pecho, la espalda apoyada en el respaldar de su gran sillón, la mirada fija en mi peinado de niño chiquito estaba el papá de mi novia.
-¿Y bien?
Mis manos comenzaron a sudar y mis rodillas temblaban y se humedecían, recuerdo que encogí un poco más la cabeza entre los hombros y respiraba agitado, la mirada siempre en mis zapatos mal lustrados. "Oh, no, tengo una mancha, debí empezar más temprano, y ahora, no, no es el momento, ya el señor habló, debo responder, es ahora o nunca". Eché una miradita, subí rápido de mis zapatos a sus ojos, de nuevo a mis zapatos. Apreté mis rodillas con mis manos, él me estaba mirando. La ventana estaba abierta y entraba una brisa. Me sentía un poco sofocado porque era primavera y yo tenía mi ropa negra de gala con saco y todo. Además, la corbata michi roja en mi cuello se me ajustaba al cogote con un elástico y me apretaba un poco. Tragué saliva con dificultad. Vi por la ventana que tras el patio había un sinfín de rejas verdes, no podría escapar. Respiré hondo.
-Señor Roberto-dije y tragué saliva-, tenemos que hablar.
-Claro, Paul, por eso estamos acá, para hablar de hombre a hombre.
Levanté mi mano y enjugué mi sudor con la manga.
-Señor Roberto, su hija y yo nos vamos a casar- dije engruesando la voz.
-¿Y ella sabe?
-No, señor Roberto. Pero ya llevamos yendo a la escuela juntos dos años y varias veces nos hemos regresado juntos.
-¿Solo los dos?
-No, señor, de ninguna manera, siempre acompañados de otras niñas con quienes somos amigos los dos. Usted las conoce porque también vinieron este año al cumpleaños de su hija, fue este año y lo recuerdo porque hubo dos payasos y la piñata era grande- aquí me di cuenta de que me estaba yendo del asunto. Me quede callado un momento. Sobre su sillón, asintió el hombre.
-Paul ¿ya has hablado con ella?
-No, señor Roberto, pero pensaba contárselo durante el baile de hoy según lo que usted me dijera.
-Bueno, es que primero tienes que hablar con ella y de acuerdo a lo que te diga yo te voy a poder responder sobre esto.
En este punto, en ese momento, me sentí un poco más relajado porque asumí que lo más difícil era convencer al padre de la novia. De hecho, yo me llevaba muy bien con la familia de ella porque mi madre los conocía. Pero cuando salimos rumbo al baile del colegio, aquella mañana de primavera, yo pensaba y juraba que lo más difícil ya estaba hecho: el padre de la novia estaba informado. Jamás me imaginé que me tomaría once años para proponerle a aquella niña que sea mi novia y luego huir para que no me respondiera.
Si te gustó, compártelo. Dale, no te cuesta nada.
Si te gustó, compártelo. Dale, no te cuesta nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario