Es bastante raro esto del sentido de las palabras, o más bien, el hecho de que pierdan el sentido las palabras más familiares cuando las repites muchas veces. Mamá. Mamá ¿Qué es mamá? En realidad es solo la primera sílaba que puede pronunciar un bebé en cualquier parte del mundo, dos veces. Y sin embargo, mamá, mamá, mamá… ya no sé qué es mamá. Incluso si uso algo más familiar todavía: el nombre de mi madre. Irene, Irene, Irene. Qué miedo.
Alguna vez pensé que esto se parecía en algo a la vida misma, eso de repetir algo tantas veces que pierde el sentido. La rutina, pensé. Faltaban solo un par de meses para cumplir diecinueve. Había dejado de estudiar porque no me alcanzaba el dinero para seguir en más cursos de idiomas, el alemán cerró por falta de alumnos. Ya no quería trabajar con mi padre, de hecho ya no quería estar vinculado a mi familia, no quería vivir en mi casa, los días lejos de ser terriblemente largos por el aburrimiento, eran tremendamente cortos y fugaces y los días pasaban muy rápido.
Un quince de junio cogí una mochila y me fui a vivir a Cuzco.
Pienso que en realidad eso de que las palabras pierdan el sentido tiene que ser una versión chiquita de lo que nos pasa en la vida, pero igual sigue siendo extraño, no lo sé. Creo que con tonterías así uno termina preguntándose cosas existenciales que terminan dándote miedo y te cubres la cara en la noche para no ver sombras.
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