Cada vez que me encuentro con un tipo que se ha leído mil libros solo por decir que los ha leído, primero dudo que lo haya hecho, y segundo pienso que no hay nada mejor que leer por el placer de hacerlo, de encontrar un autor porque quieres.
Yo tengo un no-sé-qué con eso de leer a “los clásicos”. Muchas veces, de hecho, he dejado de comprarme La Odisea o El gato negro porque todo el mundo te dice que hay que leerlo porque hay que leerlo. La razón es un deber. Yo he llegado a muchos libros por cuestiones del azar. En muchos artículos, muchos escritores hacen referencia a entrar a las librerías y dicen por qué les gustaron y entonces me dan ganas de comprobarlo y así.
Cuando el deber mandaba que leyera algo, lo que más me gustaban eran los libros de bolsillo, de esos yo recuerdo cuál fue el primero que leí porque no lo terminé a pesar de ser pequeñísimo y además porque cuando, algún tiempo después, leí la versión completa, hubiese deseado que fuera un libro de mil páginas. La ciudad y los perros de Vargas Llosa fue el primer libro gordo que leí.
Cuando deseas que los libros sean increíblemente largos porque te parecen muy cortos, cuando empiezas a desear el libro más gordo, sabes que lees por placer.
Una vez, alguien en la universidad me preguntó casi con lo que interpreté como una falsa excitación de escritor en un bar parisino, si recordaba la primera frase con la que arrancaba Márquez su novela Cien años de soledad. Muy esperanzado en recordarlo exactamente cómo estaba escrito, miraba como idiota el techo, cogía con su mano izquierda su codo derecho y con la mano derecha se sobaba una barba inexistente.
-No lo he leído.
-¿Qué? ¿Cómo no vas a leer Cien años de soledad si es un clásico? Es lo que le valió el premio Nobel al gran Gabo.
-No lo he leído, porque la verdad no he llegado al libro. Y los Nobel de literatura los dan por trayectoria literaria (y política), no por uno de los títulos.
-Pero, ¿en serio no lo has leído?
-Es lo que te digo.
-Pero si es un clásico.
En fin. Al final, nunca me dijo la bendita frase que lo había excitado tanto y por lo que imaginaba yo que era una máxima de García Márquez, algo inolvidable. Un par de años después, leí el libro. Y llegué a él de la siguiente manera: Mientras no me miraban en el trabajo, terminé de leer en pdf La guía del autoestopista galáctico de Adams. Mientras buscaba el resto de la serie, me topé con una entrevista y por ahí saltó una mención bastante rara de Cien años de soledad. Si has leído ambos títulos, encontrarás dificultades para vincularlos. El libro de García Márquez es me gustó mucho, y me alegraron dos cosas: primero, no leerlo porque un idiota me preguntó si me acordaba de la primera oración del libro y, segundo, que fuera un libro que mientras vas leyendo pides que sea gordo (y lo es).
Para los que no han leído el libro y para los que lo leyeron pero no para memorizarlo y dárselas de conocedor sobándose la barbilla calata, y no recuerdan la primera oración, Gabo escribió así:
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Sí, no dice nada. Entonces comprendí que ese tipo, además de fanfarrón, tenía mala memoria. Porque no creo que haya sido tan idiota que esperara que me acuerde de esto.
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