Hace algunos años mis metas exclusivamente se limitaban a traspasar fronteras, más precisamente, las fronteras de mi país. Enfrascado en este intento, estudié, luego de aprender los colores en el colegio, en un instituto de inglés. De hecho el inglés me gustaba, me gusta aún. Me gusta, de hecho saber que podría comunicarme con otra persona, frente a una tercera, en un idioma distinto y que no me entendería. Podría secretear en su cara. Sonrío para mí mismo con esa ilusión.
Pero hoy en día, y entonces también, los jóvenes como yo ya conocen el inglés, de hecho muchos lo hablan bien o lo entienden bien (que la cuestión del acento de un idioma extranjero es un punto aparte). Entonces empecé con algo más alejado, un idioma que no se pareciera al mío; que no sea una lengua romance, para empezar. Y luego pensé, pues que no tenga el mismo abecedario ¿qué tal? Estudié japonés. Pero solo poco.
Esta era la época en la que universidad y cárcel tenían significado similar, ambos eran una especie de castigo, un quite de tiempo. Yo quería viajar, ir por el mundo, conocer, yo quería ser bartender.
Tenía poco menos de dieciocho cuando empecé a hacer más real esa ilusión. Ya hablaba inglés, estaba estudiando japonés y además me había inscrito en un cursito con nombre rimbombante: Bartender Clásico Profesional.
De hecho, lo de clásico no te lo dicen pero es el que está parado como pingüino. Yo me había imaginado ser un tipo que hacía piruetas con botellas, cuchillos y fuego, de esos que sonríen de lado mientras menean el shaker un rato junto al hombro, el pelo engominado y polos sin mangas para que se vean los bíceps; la barra llena de señoritas que compran cocteles solo para que les sonría. Pasaría así todas las noches de mi juventud, viajando de un lado para otro, y regresaría cada tanto a Perú a visitar a la familia solo con una mochila sobre el hombro.
La falla que no noté entonces es que yo me desconecto del mundo real a partir de las diez de la noche. Esto es un tormento, porque si logro quedarme despierto, me veo más achinado todavía y mis ojos toman un rojo de sueño terrible, mis cejas se contraen y mi cuerpo se pone pesado (hablando del cuerpo, claro, no tengo los bíceps del imaginario).
Muchas veces, jugando videojuegos con mis amigos, mi mando se caía sobre mi propio cuerpo desde mis manos inmóviles y entonces el personaje que yo debía comandar hacia el éxito, lo enviaban pronto al vacío. Entonces era gracioso. Eran mis amigos, los mismos con los que fumaba y bebía los fines de semana, con los que puedes hacer estupideces (como dormirte a las 10pm) y no pasa nada porque no tienes que impresionar.
Una vez, en casa de una novia mía, durante su cumpleaños, con sus padres y sus tíos a la mesa, conversábamos y pasábamos un buen rato. Vi la hora: 9:30pm. No hay problema, me dije. Lo siguiente fue abrir de pronto los ojos y ver que todos conversaban y que yo había pestañeado. Estaba avergonzado. Pero claro, eso no impidió que un segundo más tarde me despertara mi cuello jalado por la inmovilidad de mi cabeza. Fue un espanto porque todos en la mesa se dieron cuenta de que me caía de sueño muy a mi pesar. Apenado, volví a ver la hora: 10pm. Tenía 22 años.
- Ya vamos que Paul tiene sueño- sentenciaron.
Me hundí en la vergüenza.
No me imagino qué habría sido de mí si hubiese terminado en otro país siendo bartender solo hasta las diez. Tal vez habría tenido que ir a algún país con el horario diferente de Perú, donde la noche sea la mañana y hacer el esfuerzo tremendo de no habituarme a ese horario sino más bien mantener el de siempre. Tal vez así, habría podido lograr lo que imaginaba. Eso y mucho, mucho ejercicio.
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