En mi adolescencia hacía mucho eso de decir, cuando me presentaba, a ver cara de qué tengo, como si fueran a adivinar. Creo que lo que quería era que pensaran un poco en mí o que se les quedara bien fijada mi cara (qué pena con ellas). Lo que siempre hay y sí le atinan es a tener la cara de la edad.
Cuando era un niño muy pequeño para su edad, funcionaba de maravillas cuando preguntaba y me respondían una edad menor que la que tenía, qué emoción, me gustaba saber que se equivocaban (qué horror conmigo) y rápido les decía mi edad verdadera.
Lamentablemente, con el paso del tiempo, mi rostro comenzó a ganarle al cuerpo y a pesar de ser flaco tengo cara de ser más viejo.
“¿Qué edad crees que tengo? ¿A ver, suelta una edad, a ver si le atinas?” muchas veces le han atinado a la primera, pero no siempre terminaba allí. El truco estaba en poner cara de no ocultar nada. Cuando tenía dieciséis, decían dieciséis y yo decía que no. Cuando tenía diecisiete, decían diecisiete y yo decía que no, simplemente por seguir con el juego hasta que ya se hacían las sospechas de que estaba mintiendo y terminaba diciendo que bueno, adivinaron a la primera. Sí, claro, siempre me han faltado un no-se-qué social. Tino, creo que le dicen.
Cuando estudiaba en el instituto de inglés, conocí a una chica, tez blanca, cabellera morena, más bien flaca, finitos los labios, bonita la cara. Me tocó hacer con ella la presentación durante la primera clase. Pusimos las carpetas frente a frente, yo la miraba más que ella a mí. Un segundo antes de empezar, el profesor se disculpó y abandonó el aula algo apurado.
Estábamos allí, igual que muchos otros que entre ellos empezaban a hablar. Ella me miró y me sonrió, volvió a mirar sus manos sobre la carpeta. Era realmente delgada, no debía ser mayor que yo, su cabello recogido tras la oreja, su polo blanco a tiras, un short, unas sandalias. No sé bien por qué pero para mí ella tenía cara de Elizabeth, tenía cara de que le decían Eli o algún diminutivo bonito.
-No me llamo Elizabeth- me dijo.
-Perdón- dije yo y empecé a palidecer.
-Es que dijiste que tengo cara de Elizabeth- y sonrió- Me llamo Fiorella.
-No tienes cara de Fiorella- le dije, sin gracia y por dentro en un momento me sentía como atrapado en un Don Juan de pacotilla, en un remedo de galán desganado. Hice silencio mordiéndome la lengua.
-¿Tú cómo te llamas?- me dijo muy paciente ella.
-¿Cara de qué tengo?- para ser sincero ya no sé qué pensaba en ese momento, pero espero no haber arqueado una sola ceja. Creo que cualquier chica habría dicho “tienes cara de zopenco”
Pensó Fiorella por un momento, mirando el techo y no mi cara. Algunas veces cuando recuerdo esta escena de ella intentando adivinar, trato de pensar en qué cara puse, qué gesto hice, si apreté los labios, si entrecerré los ojos, qué hice. Ella bajó la mirada, inclinó un poco la cabeza como para encontrarle alguna forma a mi rostro.
-Tienes cara de Paul- sentenció.
Y palidecí nuevamente.
Nadie adivinó ni antes ni después. No pregunté entonces por qué me caía ese nombre. Me quedé pensando en que si a través de mi cara hay gente que puede saber quién soy, estoy perdido.
El profesor regresó entonces tan apurado como se fue.
-Do not speak in Spanish- dijo jadeante.
Yo miraba a Fiorella, ella esperaba. Tragué saliva.
-My name is Paul- dije un poco sintiendo que me habían ganado.
-I know- me dijo. Y fue un jaque mate.
No hay comentarios:
Publicar un comentario