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lunes, 2 de enero de 2012

Déjame tiempo, Tiempo.

Te doy todo lo que he perdido. Te regalo las distancias que he volado con mis propias alas. Te doy todo el tiempo que he respirado bajo las aguas y los pasos andados desde la muerte hasta acá. Te doy todo lo que no es mío, te doy todo por lo que jamás pelearé. Te regalo reinos perdidos que jamás conquisté. Son tuyos los ocasos que no he visto y las lágrimas que no lloré.

Mereces mi arrepentimiento de las cosas que hice bien. Y el papel que dice que estoy absuelto de las condenas que impusiste a otro. Ten a bien arrancar de mis manos los dedos tuyos y coger de mis cosas las cosas de otros. Llévate esos besos de tu cuello que no son los míos, y ahoga en los ríos las huellas mías mal marcadas. Quizá muera por error, pero preferiría matar yo a ese ente sin nombre que posee lo que no poseo y que es ahora suyo lo que no era justo cuando perdí lo que era mío. Maldito él.

Y fumando un habano puro de la pura habana, se ríe a carcajadas y brillan en sus dientes de oro esos soles consumidos y arrastrados por él a su guarida de la nada donde termina todo.

Y yo pienso que siendo yo tan pequeño, me presta atención como a los soles, como a los cielos, como a los mundos, a los mudos y a los ciegos. Termina mi día tanto como se extingue una estrella que aún brilla en mi cielo pero que ya no existe. Realmente, el tiempo es terrible.

Llévate, pues, mi inmortalidad y mi capacidad de revivir. Toma mis distancias recorridas y los hombres que maté. Pero déjame las horas que me faltan respirar, los pasos que no he dado, las alturas a las que no he llegado, los saltos que no he saltado, los riesgos que aún no tomé. Déjame tiempo, Tiempo. No te pido más del que me han asignado, solo el que es mío y que será invariablemente tuyo después.

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