Un cadaver en el suelo. Una barriga protuberante bajo un gigante mostachón parado sobre dos piernas regordetas dirige todo. Sí, lo hace la barriga que apunta con un botón cogoteado por el ojal y un hilo casi a punto de morir. La mirada perspicaz del hombre de la barriga prominente ve colgar el auricular del teléfono de discado. Duda, las manos en donde debería estar la cintura. Piensa y cavila y duda la cabeza sobre el mostachón, hace los ojos chiquitos, chiquitos como midiendo algo. Sí, es la distancia. Por fin resuelve que no se cansará tanto en llegar hasta el teléfono descolgado y revisar. Si allí está la respuésta al asesinato, será felicitado, exaltado, mimado y adorado (y también odiado, pero eso no le dirán) y hasta quizá lo inviten a algún almuerzo. Sí, almuerzo. Le da hambre.
Camina decidido, que para el caso es un paso a la vez y respirando agitado. Llega y suspira. Primero mira por todos los lados al auricular que colgaba sostenido por ese cable torcido como rabo de puerco. Buscaba alguna huella, alguna mancha de sangre o la respuesta escrita. Agachado hasta lo que su barriga chocando contra sus muslos le permitían, midiendo siempre poder levantarse solo. Algo buscaba, pero nada encontró. Alguien tosió al otro lado de la señal.
-¿Aló?-Dijo el sargento un poco preocupado.
-Señor Alberto, pensé que se había olvidado usted de mí. Creo que no me entendió cuando le dije que hoy le sacaría la promesa de pago o que no le colgaría. Le repito que yo soy infalible, Señor Alberto.
-No soy el señor Alberto.
-Vamos, pensé que era usted un hombre más caballero. Hacerse pasar por otra persona y decirme que no es usted es francamente mucho menos de lo que esperaba.
-Oiga, el señor Alberto está muerto.
-Señor Alberto, pensé que se había olvidado usted de mí. Creo que no me entendió cuando le dije que hoy le sacaría la promesa de pago o que no le colgaría. Le repito que yo soy infalible, Señor Alberto.
-No soy el señor Alberto.
-Vamos, pensé que era usted un hombre más caballero. Hacerse pasar por otra persona y decirme que no es usted es francamente mucho menos de lo que esperaba.
-Oiga, el señor Alberto está muerto.
-Ahora, eso sí es nuevo.
-Pero, al parecer usted fue la última persona con la que habló el señor.
-Será porque ya va casi 10 horas que me tiene en espera y como me cuelgue le volveré a llamar.
-Yo soy policía y le aseguro que será inutil su acción.
-No lo creo, yo tengo mucho tiempo haciendo esto y estas acciones terminan por disuadir al individuo a pagar.
-Será a uno vivo.
-Claro porque de ser tonto seguirá empecinado en no pagar.
-No, digo que vivo de estar con vida.
-No importa con quién esté, la vida privada de las personas no me interesan en absoluto.
-Digo que está muerto.
-Mire, señor, de amenazas, nada ¿estamos?
-No, hombre, que el señor al que intenta cobrar está muerto.
-Mire, señor, debe usted ser el hermano o el cuñado o quien sea que ya esto me lo han dicho miles de veces. Muerto mis narices. Conmigo siempre terminan pagando.
-Bueno, pues en serio que eso me gustaría verlo.
-Pues tendrá que pagar, porque la función no es gratis.
-¿Cómo?
-Pues si le alcanza para la canchita, comerá. Por lo pronto la cháchara no le va a salir de gratis. Ya me debe usted por conversar conmigo.
-Pues, adelante, cóbremelo. No sabe siquiera quién soy.
-Sargento Godoy, ¿qué hace al teléfono?- le dijo un subalterno acercándose a él por detrás.
-Pues ya ve que yo soy infalible, sargento Godoy- dijo burlona la voz al otro lado de la línea, mientras que el sargento encolerizado lanzaba una mirada asesina a su subalterno (experto, por cierto, en asesinatos).
-Mire, señor...
-Señor, está bien.
-Pues, esperaba que me diera su nombre.
-No lo haré hasta que me ponga con el señor Alberto.
-Oiga, cobrador, tengo al señor Alberto, o lo que queda de él, cerca de mis pies con más sangre fuera que dentro de él. Y es usted el último que habló con él.
-No, no el último, ese habrá sido quien le sacó la sangre, no.
-Pero habrá escuchado usted lo que pasó con esas diez horas a la espera.
-No escuché nada.
-Pues, dese cuenta de que puedo acusarlo de haberlo matado.
-¿Yo?
-Sí.
-¿Y de qué murió el hombre, de una hemorragia en el oído? Sé que hablo fuerte, pero tanto no.
-No se haga el gracioso.
-Pues si usted se hace el payaso...
-Ya basta.
-Señor- dijo el experto en asesinatos-. Este no ha sido un asesinato. Ha sido un burdo accidente, de los más tontos. De esos de tropezarse con canicas mientras juegas con ellas.
-Lo voy a encontrar, cobrador, lo voy a encontrar- lo dijo tan despacio junto al auricular que solo escucharon el cobrador y el mostacho.
-Pues eso espero, Sargento Godoy, cuando le vea la cara le cobraré la cháchara.
-No podrá huir de mí, cobrador de pacotilla- dijo Godoy claramente encolerizado, la cara roja y redonda como la nariz de rodolfo, el reno.
-Claro que podré hacerlo y lo haría hasta caminando porque con lo gordo que está no me alcanzaría.
-Se equivoca-dijo el gordo con vergüenza y tapando con la otra mano el teléfono para que nadie escuche-. Yo soy un tipo atlético y joven. No podrá huir.
-No me equivoco, Sargento Godoy, es usted un gordo mostachón. Lo veo desde donde estoy- Y se rio burlonamente-. Recuerde que me debe.
Y colgó.
-Pero, al parecer usted fue la última persona con la que habló el señor.
-Será porque ya va casi 10 horas que me tiene en espera y como me cuelgue le volveré a llamar.
-Yo soy policía y le aseguro que será inutil su acción.
-No lo creo, yo tengo mucho tiempo haciendo esto y estas acciones terminan por disuadir al individuo a pagar.
-Será a uno vivo.
-Claro porque de ser tonto seguirá empecinado en no pagar.
-No, digo que vivo de estar con vida.
-No importa con quién esté, la vida privada de las personas no me interesan en absoluto.
-Digo que está muerto.
-Mire, señor, de amenazas, nada ¿estamos?
-No, hombre, que el señor al que intenta cobrar está muerto.
-Mire, señor, debe usted ser el hermano o el cuñado o quien sea que ya esto me lo han dicho miles de veces. Muerto mis narices. Conmigo siempre terminan pagando.
-Bueno, pues en serio que eso me gustaría verlo.
-Pues tendrá que pagar, porque la función no es gratis.
-¿Cómo?
-Pues si le alcanza para la canchita, comerá. Por lo pronto la cháchara no le va a salir de gratis. Ya me debe usted por conversar conmigo.
-Pues, adelante, cóbremelo. No sabe siquiera quién soy.
-Sargento Godoy, ¿qué hace al teléfono?- le dijo un subalterno acercándose a él por detrás.
-Pues ya ve que yo soy infalible, sargento Godoy- dijo burlona la voz al otro lado de la línea, mientras que el sargento encolerizado lanzaba una mirada asesina a su subalterno (experto, por cierto, en asesinatos).
-Mire, señor...
-Señor, está bien.
-Pues, esperaba que me diera su nombre.
-No lo haré hasta que me ponga con el señor Alberto.
-Oiga, cobrador, tengo al señor Alberto, o lo que queda de él, cerca de mis pies con más sangre fuera que dentro de él. Y es usted el último que habló con él.
-No, no el último, ese habrá sido quien le sacó la sangre, no.
-Pero habrá escuchado usted lo que pasó con esas diez horas a la espera.
-No escuché nada.
-Pues, dese cuenta de que puedo acusarlo de haberlo matado.
-¿Yo?
-Sí.
-¿Y de qué murió el hombre, de una hemorragia en el oído? Sé que hablo fuerte, pero tanto no.
-No se haga el gracioso.
-Pues si usted se hace el payaso...
-Ya basta.
-Señor- dijo el experto en asesinatos-. Este no ha sido un asesinato. Ha sido un burdo accidente, de los más tontos. De esos de tropezarse con canicas mientras juegas con ellas.
-Lo voy a encontrar, cobrador, lo voy a encontrar- lo dijo tan despacio junto al auricular que solo escucharon el cobrador y el mostacho.
-Pues eso espero, Sargento Godoy, cuando le vea la cara le cobraré la cháchara.
-No podrá huir de mí, cobrador de pacotilla- dijo Godoy claramente encolerizado, la cara roja y redonda como la nariz de rodolfo, el reno.
-Claro que podré hacerlo y lo haría hasta caminando porque con lo gordo que está no me alcanzaría.
-Se equivoca-dijo el gordo con vergüenza y tapando con la otra mano el teléfono para que nadie escuche-. Yo soy un tipo atlético y joven. No podrá huir.
-No me equivoco, Sargento Godoy, es usted un gordo mostachón. Lo veo desde donde estoy- Y se rio burlonamente-. Recuerde que me debe.
Y colgó.
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