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martes, 3 de enero de 2012

El cuarto que recuerda

Estaba dormido sobre su lado derecho. Su propio brazo pasaba bajo su cabeza y respiraba tranquilamente, no hacía ni frío ni calor. Estaba oscura la habitación y había silencio. Pero se desperto suavemente. Abrió los ojos despacio y parapadeó un poco. Y sonó el celular.
Él no se movió, porque no era el suyo.

-Aló. Sí, sí. Ya estaba dormida. Sí, amor. Espérame en la catedral, yo te alcanzo.
Él cerró los ojos también suavemente y sonrió despacio sin mover su cuerpo desnudo bajo las sábanas.
-Estaba durmiendo, amor. Pero ahora me cambio y te doy el encuentro. Sí, sí, sé que debes estar cansado por el trabajo. Ya voy a salir justo ahora. Un beso, un beso.
Colgó.
Suspiró profundo ella mirando hacia el techo, sonrió él mirando hacia el lado opuesto a ella.
-No seas mala, no lo hagas esperar.
-Estás despierto.
-Siempre lo estoy, ese celular ya parece despertador. Cámbiate.

Y en la oscuridad de la noche, se levantó ella con su desnudez. Caminó en la cama y pasó sobre él. Llegó hasta el guardarropas. Se puso unas bragas negras. Él la miraba.

Y pensó que por primera vez, era él quien no pertenecía realmente a la relación. Era él quien disfrutaba de lo que socialmente se le debía consentir solo a uno que no debía ser él por supuesto. Sonrió.

No era la primera vez que debería salir él de la habitación después de ella, por eso no le dijo nada la cerrar la puerta tras de sí. Sabían ambos que sucedería lo mismo al día siguiente. Giró sobre su propio cuerpo y miró el techo. Respiraba tranquilo, recostado en una cama ajena tan suya como el calor que generaba, tan suyo como el sudor en ese cuerpo que salió por aquella puerta. Él sabía que quizá como algunos días, ella llegaría acompañada. Así que decidió salir a caminar por las frías calles de esa ciudad que no duerme.
Cuando cerró él la puerta tras de sí, la habítación volvió a quedar en silencio, a oscuras, pero con recuerdos.

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