Lee y se va sintiendo seducido. Y los signos de admiración le erizan los bellos. Sus ojos se abren más y más mientras sigue el cuento y las letras toman forma y andan las o como ruedas de carretas. Las s son cinturas cuasiperfectas, que seducen: la i es una vela aromática con perfume de mujer.
Cierra los ojos e imagina un momento, pero le faltan a sus imágenes texto. Ilumina y lee. Y la palabra mar va inundando de agua todo el párrafo y la soledad está separada por doble espacio a cada lado. Se acerca más a las hojas e intenta ver si del valle de la m nace acaso un sol que iluminé un prado de íes tildadas movidas por el mismo viento que arrancó la bandera del mástil de la F.
Respira agitado y suda. Se enjuga la frente con las mangas y sigue. Sujeto del escritorio vuelve a sumergir la cabeza en esa cubeta plana llena de letras y llega tan hondo que casi toca el cielo. Y ve, como en vuelo, un río sin meandros, ve una seguidilla de eles en minúscula, y luego úes que se besan de un solo lado.
Y ve un punto en suspenso, solo y aislado. "Dos son compañía y tres son... suspensivos", piensa. Y ve una doble r y una doble l y dos puntos pero algo le parece mal. Saca su cara con violencia, casi se olvida de respirar. Y hay pes que, sacadas por casualidad de ese mar abecedario, se sacuden agonizantes, saltan mucho y luego menos... y luego menos. "Bueno, al fin la pe está en Paz ¿no?", piensa mientras mira a una que no se mueve y trata de salvar las que aún pueden saltar.
Mientras mastica una erre piensa en que se parecen la u y la c, y la p y d y la q y la b. Y mientras maquina su mente, imagina que en algún momento alguien no supo darle explicación a todo esto y lo puso del modo en que más le convino porque estaba trabajando quizá contra el reloj. "Si la A y la B son las primeras", pensó, "no es la U sino la O la última en el abecedario".

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