El 4032 es un colegio solo de chicas. Y yo aún sigo pensando que para mala suerte de ellas, queda frente a mi casa. O quizá la mala suerte está en que vive con nosotros mi abuelo o que a este le encanten las minifaldas.
Cuando era más joven, siempre me incomodó encontrarlo con su silla junto a la puerta, sentado y fumando. Parecía estar en el estreno de la película. Un estreno diario. Nunca la misma película, pero cada cierto tiempo las mismas actrices. Y yo con mi mochila y mi uniforme de colegio fiscal, gris como el cielo de Lima.
Corría el rumor en el colegio de que él raptaba muchachas y que se había llevado siempre a las que tenían las faldas más cortas. Las maestras, sí, un ejemplo de alguna extraña forma de enseñanza. Un rumor más cierto, y que había sido iniciada hacía mucho por alguna adolescente avezada, era que si le hablabas, desaparecía la lujuria de su mirada.
Alguna vez le pregunté al abuelo por qué hacía eso, de mirarlas con detenimiento, que si no se daba cuenta que las incomodaba, que lo pensara bien, que podían ser sus hijas o sus nietas. Y me dijo que no las conocía, no sabía cómo se llamaban; a sus hijas, a las cuatro, sí las conocía. Cuando Genny se plantó frente a mi abuelo y se presentó, él dejó de mirarla con ojos lujuriosos y la miraba con ojos de papá. Y la saludaba y alguna vez botó a jóvenes afanosos por invitarla a salir.
Hoy, el abuelo tiene casi veinticinco hijas, todas producto de creer en ese rumor que prometía salvarlas de las miradas del anciano. Muchas de ellas ya no están en el colegio pero lo vienen a visitar. Madres ahora, primero esparcen el primer rumor y años después el segundo.

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