Es un hombre desterrado y errante; una golondrina forzada a olvidar en mitad de su travesía, su orientación natural, su migrar. Es una brújula con su norte dibujado pero perdido, con su sur en el oeste. Su mediodía ya no es cenital, lo reconoce apenas por la falta de sueño, porque el sol pasa siempre a lo lejos, nunca sobre él. Pero se queda más tiempo en el cielo, por lo menos más de lo que él recuerda que debería. Pero no es su tierra, no lo es.
Allí la tierra es roja, no gris. Las cumbres no llegan a las nubes. Las nubes no se pueden comer, las gaviotas no son de chocolate y ni siquiera son gaviotas. Los bastones de dulces no son rallados, ni rojos y blancos, y saben amargo. El dulce no es dulce y lo salado no es salado. Aquí no se vuela con saltar, ni te sonríen si sonríes. Aquí no puedes plantar arboles en el mar, ni hablar con los delfines.
Allí se escribe en arcoíris, no en papel timbrado. Las plumas son blancas, muy blancas y no le pesan nada. Es más, lo llevan a volar, lo abrazan, lo calientan, le hablan y le dicen que le quieren. Acá no. Acá su alrededor es pálido y frío. Sus paredes son de madera y no de seda. Desterrado, arrastrado a lo monocromático, expectorado de su fantasía multicolor. Su brújula no sirve aquí, porque estar loco no está bien. Acá lo normal es ser igual que todos o al menos parecer.
Acá ahogarse en un vaso de agua no está bien y ni siquiera es acaso posible. Hay una bruja con muchas cuerdas tensas que quieren liberar sus presos, pero la mujer se ríe, se burla, se mofa, y se hace a sí misma reina. ¿Respirar bajo el agua? La mujer se ríe y una cuerda se tensa. ¿Que lluevan gotas de alegría? Mofa y cuerda tensa. ¡Que no haya más hambre! Burla y tensión.
Y sin embargo, está su lugar en el que puede vivir entre burbujitas, donde puede beber el agua de mar; en el que la lógica está atada con sus propias cuerdas y tiene en la cara un antifaz. Allí no tiene que mentir ni llorar; no tiene que tragar pastillas, según dicen para ser, feliz. Era feliz hasta que lo despertaron y lo hicieron porque no soportaron ver su sonrisa, porque no lo entendían, porque lo envidiaban. En su tierra también el sol sonríe y los campos crecen verdes, verdes. Y los árboles tienen brazos para abrazar a quien los necesite.

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