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miércoles, 21 de septiembre de 2011

El amor se mandó mudar

Ya el tiempo ha desaparecido las marcas de los abrazos, de los deseos de besar, de morder los labios y la piel con pasión. Los veinte veranos, otoños, inviernos, los hijos, los amigos, las familias, las peleas, los conflictos, las discusiones, las disculpas… las repeticiones… la monotonía… la casa… los pagos…las deudas…

Ella se oculta cuando se viste, se incomoda que él  la abrace por detrás, ya no quiere besos en el cuello y hasta ya no se deja besar. El mismo mueble, del mismo color, en la misma posición tiene ya la forma del trasero de él, tiene el respaldar su calor y hasta su aroma. Y las gracias y bromas salen solo del televisor, encadenado al tomacorriente, alimentado de un reproductor de dvd, traga discos día tras día. Ya no bailan, ya no se divierten, las conversaciones son rutinarias. Veinte años, veinte años.

Prolongan la unión como un salvavidas, como un resguardo en caso de urgencias. La puerta de la habitación es un cristal para romper en caso de emergencias. Los cuerpos de ambos traen impregnados de la calle otras esencias, otros aromas. Pero, la puerta sigue intacta. Su dinero le costeó sesiones de spa. Su dinero le costeó sesiones de compañía.

Primero le cargaba doscientos ochenta soles por la sesión. Al ser un cliente habitual, el negocio era redondo. Pero hoy por hoy, ella ya no le cobra las interminables noches de pasión furtiva y excitante, las faltas al trabajo para poder amarla en las tardes, poder morderle la piel y los labios, peinarla con la mano de la frente hasta la nuca, verla gemir frente a él, que le respire en la boca, que se sacuda, que se mueva, que descargue sobre ella pasión reprimida a fuerza de que no le dejen amar como sabe. Ya no le cobra porque siente ella que él la ama aunque no la ama, a ella que nadie amó pero que utilizan. Ella siente que recae sobre su cuerpo, su piel, ese amor por otra que fue reprimido. Y entonces a ella no la ama, pero le da el amor que otra olvida.

Y la relación ha mutado en algo más natural de lo que ellos quieren aceptar, pero que no quieren cambiar. Porque con su juventud, ella sigue cobrando a otros. Porque él sigue regresando a la monotonía de casa de la puerta rosa, de piso de parqué de treinta sueldos, de los muebles que no quiere, del almuerzo que no almuerza, de la esposa que no besa, del amor que se mandó mudar.

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