-Tengo mucho pudor para escribir cosas tan insanas- pensaba rascándose la cabeza, meciéndose el cabello, parándose, sentándose y parándose otra vez-. Una mano puede ser, a veces, tan buena y tan mala.
-Sí, de hecho, pero para eso ni loca te doy una mano.
-No te la estoy pidiendo.
-¡Igual no te la daría, ni antes, de prestado, ni después para saludarte! Te haría un saludo militar no más- y meciendo rígidamente su mano derecha sobre su frente, puso una mueca de seria.
-Voy a bañarme que me quiero quitar todo de la cabeza. Regreso en tres minutos.
-¿Tres minutos? ¡Ni que fueras un té filtrante!
Echada de espaldas sobre una bola de cuerina rellena de bolitas de tecnopor, la cabeza colgando sin tocar el suelo, llegó a darse cuenta de una hoja doblada bajo el mueble en el centro del cuarto. Parecía un secreto llamándola. Rodó despacio sobre sí misma. Bajó, de pecho contra el suelo y comenzó a avanzar a rastras, escuchando la ducha al final de la habitación. Despacio se mueve, los ojos en el papel, ahora en la puerta cerrada, nuevamente en esos dobleces, en ese rectángulo blanco bajo ese mueble. ¿Estará allí adrede? ¿lo habrá olvidado? ¿ocultarán algo
sus dobleces?
Estiró su brazo, tocó con la punta del dedo medio una esquina del papel.
-¿Qué haces?
Se elevó su mirada desde el suelo, y sonrió. Él siguió el camino que era su brazo que escondía su mano bajo el mueble.
-Supongo que estás metiendo algo ¿verdad?-dijo sarcástico.
-Meto mi curiosidad- sonrió coqueta- Entonces ¿lo dejaste adrede?- su cuerpo estaba estático, tal y cómo estaba cuando él la sorprendió. Su dedo aún tocaba una esquina del papel y jugueteaba, pero no cogía más.
Avanzó él secándose la cabeza. Se sentó sobre la cama frente al mueble y veía de ella toda la espalda, de bruces como estaba, con la mano estirada.
-Es el final de un cuento.
-¿Y el resto?
-Aún no lo he escrito.
Recogió ella la mano vacía, giró sobre sí misma pero aún seguía echada. Lo miró.
-La escribiré, no te preocupes, pero ya sé cómo va a terminar.
-no puedes estar seguro de eso. En la literatura y la creación de los espacios irreales y fantasiosos también habita, sin ocultarse, la casualidad. Y la causalidad también, así que bastaría que algo como que una amiga tuya encontrara el final de tu cuento bajo un mueble para que se altere tu mente y lo que ella produzca y el comienzo no sea el mismo, ni el nudo y por ende, ni el final.
-Lees demasiado- Sonrió.
-Eso no es posible.
Se levantó él y sonriendo caminó hacia las puertas del walk-in closet en silencio. Ella lo miraba desde el suelo, sobre la alfombra blanca que cubría toda la superficie. Blanca la alfombra como blanco era toda la habitación, toda la segunda planta del duplex en el que él habitaba. Giró sobre sí misma y cruzando los brazos haciendo un apoyo para su mentón, miró nuevamente la esquina del doblez de aquel papel que momentos antes había acariciado curiosa.
-¿Ya no quieres leerlo?
-No.
-¿Sientes que de cierta manera te he dado el permiso de verlo y por eso ya no lo quieres leer? ¿maté el misterio?
-Sí.
-¿Sí lo primero o sí lo segundo?
-Sí.
Terminó de abotonarse la camisa, de acomodarse el cuello y puso el blazer sobre sus hombros, la miró allí recostada en el suelo moviendo los pies, los muslos apoyados en el suelo. Le miró el trasero, el brassier que se podía descubrir bajo ese jirón que usaba de polo, vio su cuello descubierto, sus cabellos eran finos.
-Sí creo que leo demasiado a veces. Quizá es que quienes creamos historias podemos tener al fin lo que queramos aunque no lo vivamos realmente. No sé si eso es triste, no lo creo.
-Yo tampoco.
-Lo que sí creo es que en la vida, los finales felices no existen porque el final de la vida siempre es la muerte y nunca llega en el momento adecuado.
-¿Y los que mueren en su gloria?
-Siempre alguien llorará.
-Son dos finales.
-Es uno solo, son dos puntos de vista- y giró sobre sí misma, lo miró, cerró acaso un poquito los ojos y sonriendo, el rostro de costado-, ¿me estabas mirando el trasero?
La miró a los ojos, guardó la compostura, pero la naturaleza es la naturaleza y sabe de qué color pintar cada situación.
-En mi defensa: tienes un lindo derrier.
-¿Y dices que tienes mucho pudor para escribir ciertas cosas?
Hay momentos en los que la cabeza formula y reformula ciencias, misterios y mentiras que cambian de forma tan rápida que la boca no los puede formular o emitir algún sonido o siquiera quedarse quieta. Cambió de pie de apoyo, metió y sacó las manos de los bolsillos, se miró en el espejo, peinó su cabello con sus dedos y finalmente, mirándola a los ojos, suspiró. Ella comenzó a reír a carcajadas y la naturaleza tomó nuevamente su pincel y dio rienda suelta para que su muñeca pintara.
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