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lunes, 16 de julio de 2012

La chica en el tren

El sueño cerraba sus ojos, parado, rodeado de gente. Los triángulos que parecían de gimnasia eran su único sostén, su unico asidero a esa masa oscura que creaba para sí el velo en su mirada. Se detienen los vagones con un frenazo. Se abren las puertas. Se abren sus ojos. Y entre el cúmulo de gente, entra una joven con la mirada perdida, va directo hacia el lateral del vagón, apoya la espalda y mira el suelo, pestañea despacio. Está casi frente él.

Se resguarda del frío cruzando los brazos sobre sí misma, la mirada sigue en el suelo, un entretejido de frío hierro, habían huellas de lodo en la entrada, la lluvia no cedía y el vagón era una sinfonía de silencio. La única voz era la llamada en el andén que hacían en cada parada y que irremediablemente se quedaba atrás al partir, se difuminaba en el aire, se perdía, desaparecía y otra vez el silencio y cada vez menos gente.

Sus guantes eran negros y casi no se distinguía de su sobretodo. Se había maquillado poco ese día. Pero sus pestañas eran paraguas de unos bellos ojos tristes. Otro frenazo, la voz en el andén, suben dos, un hombre y

una mujer con mil sonrisas sobre ellos. El la besa y sonríe y ella sonríe y lo besa. Ella los mira con sus ojos tristes cambiando de cuando en cuando de dirección para que no la descubran. Sus labios se levantan ligeramente, aparece la envidia.

El coge con las dos manos el rostro de la mujer que sonríe frente a él y le clava un beso sin mucha pasión, pero estaban llenos de ternura, con un resoplido, los ojos tristes miraron las vías del tren que estaban por venir. Una mano en el triángulo de gimnasia apretó el puño, miró los ojos tristes, sonrió apenas. Bajó
ella los brazos, fundió las manos en los bolsillos, miró a un costado. Completamente despierto ahora, él la miró fijamente, ella miraba a los enamorados de pies a cabeza. Miró otra vez el suelo, la voz llamó en el andén y los novios bajaron y sus risas quedaron atrás junto a la locución. Los ojos tristes miraban el porvenir dejando ir su ira junto al amor y al andén tras ella.

La mano soltó el triángulo y se acercó a la puerta, la siguiente parada era la suya. A su espalda, seguía ella apoyada sobre el costado. Ya casi no había gente en el vagón, la lluvia había cesado, sonaba el aviso de apertura de puertas y al dar el primer paso, volteó él a verla, tras una leve giro, se encontraron los ojos tristes de ella con los ojos triste él, y se sonrieron. Ya parado fuera, solo le quedó ver cómo se cerraban las puertas y cómo ella nuevamente miraba el porvenir y cómo él se quedaba con la voz del andén.

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