Desesperado, un hombre buscaba sin resultado dónde habría dejado su sonrisa. Triste sin remedio se puso a llorar. Anudado por sí mismo, abrazaba sus rodillas y sus pies se movían. Caían ríos sin hacer cauces en su ropa, los ojos cerrados y el corazón roto.
Y una mano amiga desempolvada por la magia tocó su hombro. Levantó el rostro para ver hacia atrás y la mano amiga detuvo el retroceso.
- Mira hacia adelante.
Y hacia adelante miró.
- Escucha mi voz.
Y la escuchó.
Y las manos amigas pasaron suavemente
desde atrás de su cuello y ambas rutas tocaron todo el camino desde las muñecas hasta que los finos dedos quedaron a la vista de él y su corazón fue embestido por latido de otro cuerpo. El pecho de ella tocó suavemente la espalda de él y los brazos tranquilamente se anudaron en un lazo sobre su pecho.
- Eres un regalo - susurró a su oído izquierdo.
Existían cuatro ojos, pero ninguno veía.
Era solo su imaginación quien lo acarició, fue su deseo de alguien más, fue lo que quiso que alguien hiciera y nadie hizo. Fue él, solo él.
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