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martes, 6 de diciembre de 2011

Navegante

Hay un extraño hombre de torso desnudo mirando siempre el horizonte subido en su barco encallado. El mar aún baña sus maderas podridas, mohosas. El hombre con su pantalón raído hasta las pantorrillas se asoma todos los días como esperando a que llegue algún barco más grande o que funcione siquiera y que lo rescate de esta isla que solo su mente circunscribe, porque esta parte del continente no tiene límite sino hasta el otro oceáno, miles de kilómetros al este.

La municipalidad no lo puede remover porque al parecer está en un vacío legal. Se podría decir que necesita ayuda, pero no la quiere. Y también al parecer, no se le puede obligar a recibir ayuda porque a pesar de la situación en la que se encuentra, su salud es envidiada por todos en la ciudad. El invierno pasado pensaron que habría muerto congelado, pero solo estaba en alguna parte del interior de su barco, imaginando, quizá sonriendo, quizá llorando, pero estaba. Oh, sí, estaba allí.

Y con el sol salió también él y se quitó su polo a rayas y mostró nuevamente su torso desnudo. La gente lo ha visto con admiración ya no con miedo. No emana de su barco ningún olor desagradable y nadie se acercó antes lo suficiente como para comprobar si quizá el hombre sí olía mal. 

Hoy por hoy, la gente se avecina a ver cómo vive. Muchos le comenzaron a pagar para poder pasar con él algunos días viviendo como vive. Y lo único que solicita él (que por supuesto acepta el dinero generoso que le dan) es que no comente a nadie fuera el secreto de su supervivencia. Y entonces, el deseo de saber lleva a muchas otras personas a llegar cada tres o cuatro días a pelearse con otras, a intentar ser los señalados por ese dedo con olor a mar que escoje al azhar su compañero.

Vive bien y muchos envidian su salud, su dinero y su barco mohoso, su terquedad, su no querer ayuda. Cuando los de la cadena de televisión nacional le preguntaron que por qué no quería recibir ayuda de la municipalidad para regresar su barco al agua o para que lo sacaran completamente de una buena vez, él respondió "lo peor de no pedir ayuda es necesitarla". La imagen de sorpresa e incomprensión de la reportera fue tan hilarante que se reprodujo en muchas parodias en la red. Y él, con su barba crecida y su sonrisa sincera sigue saliendo todos los días a mirar al horizonte a ver si acaso hoy lo rescatan de esta isla de locos curiosos.

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