Miguel mira en sus adentros. Y no ve nada. Y se odia y odia el trabajo que ha hecho. Y sin embargo, por enésima vez, lo vuelve a leer. ¿Dónde quedó su potencial? ¿Dónde, su capacidad de narrar, de resumir, de hacer llorar, de hacer enojar a su lector, o al fin, a sí mismo? Ya son cuatro años en que todo lo que escribe le parece que va de mal en peor. Cuando vuelve a leer sus textos ya no se emociona, no siente, no se inspira, no nada. O no todo.
Vuelve a abrir el primer libro que le publicaron. Narraciones sencillas, divertidas, amenas. Mientras lee sonríe. Y luego maldice su actual sequedad. Maldice sus cuatro años, su trabajo de oficina, su cátedra de universidad. Se avergüenza cuando ve ojos atentos a sus palabras y él no se cree lo que dice, no lo ejerce. Se odia, se ataca, llora y se maldice. Y maldice su mente escurrida que solo da a luz palabrería barata de a sol cien páginas.
Lee y llora donde debe reír, en la frase más hilarante de su comedia primaria, llora. Y llora porque no puede reproducir con su actual pluma la felicidad, ni la tristeza, ni la vergüenza de sus personajes, de las personas, de sus otras facetas ocultas. No se puede describir a sí mismo. Y lee una carta de amor a un amor imaginario y sonríe. Y siente que es de alguien más. Abre el segundo libro y llora. Pero no se inspira. Recuerda.
¿Cómo es que sucedió? ¿Cómo es que podía escribir entonces, en sus días de colegio, esas historias no convencionales con universo copiado de la realidad? Con las manos en sus libros, mirando el cielo, descalzo, con el sol en su cara, los ojos cerrados, siente. Sí, siente. El sol le calienta la piel y piensa. En aquel entonces todo era nuevo para él. Nuevo. Abre los ojos. Nuevo. Y su rutina lo hundió en lo que ya sabía, lo dejó cómodo sobre lo que ya era, olvidando lo que quería ser. Miró en derredor y todo lo que vio lo conocía. Sonrió. Porque todo a su alrededor lo conocía, absolutamente todo. Y sonrió porque comprendió. Sus textos eran el reflejo del camino que andaba con paso inseguro sobre lo desconocido y su ilusión se fue pudriendo con su imaginación mientras sus pies echaban raíces en el suelo. Era hora de avanzar, de cambiar, de ir por lo desconocido, de viajar, de salir de su rutina, de abandonar su silla, de respirar de otros aires, sentir otros vientos, de perderse, de vivir una vez más.
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1 comentario:
Máce gusta tu texto. Es de una prosa ligera y de fil lectura, así que lo puedo leer en poco tiempo, como ahora. Me gusta también ese proceso de introspección, la proyección de la frustración que siente Miguel, de la propuesta de solución. Gracias Paul por tu texto.
Andrés Blue González
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